Alberto Alcoventosa
Poeta adicto al portal
Era un torero valiente,
de todos, el más genial,
admirado por la gente
por un arte sin igual.
Ajustábase los machos
el día de San Isidro,
se enfrentaba a seis morlacos
que entrañaban gran peligro.
En la capilla rezaba
a la Virgen Macarena
a la cual le reclamaba
protección en la faena.
Mientras en éstas estaba,
inclinado de rodillas,
fuera el público esperaba,
observando a la cuadrilla.
A eso de las cinco en punto
dio su comienzo el festejo
y, al cabo de dos minutos,
al toro se vio a lo lejos.
Era de color zaíno,
de astas muy finas y fuertes,
tenía instinto asesino
y en su mirada, la muerte.
Pesaba seiscientos kilos:
¡no era su día de suerte!
El diestro con el capote
trazó unos pases de altura
y el animal, fiero y noble,
embistió con gran bravura.
Marcaban las seis y diez
los relojes del albero,
cuando iniciaba el torero
la suerte del volapié.
Y en aquel maldito instante
el astado se arrancó
y, revirtiendo tal lance,
el cuerno en su pecho hundió.
La sangre tiñó la arena
y la plaza enmudeció.
En el texto de su esquela
se rogaba una oración.
de todos, el más genial,
admirado por la gente
por un arte sin igual.
Ajustábase los machos
el día de San Isidro,
se enfrentaba a seis morlacos
que entrañaban gran peligro.
En la capilla rezaba
a la Virgen Macarena
a la cual le reclamaba
protección en la faena.
Mientras en éstas estaba,
inclinado de rodillas,
fuera el público esperaba,
observando a la cuadrilla.
A eso de las cinco en punto
dio su comienzo el festejo
y, al cabo de dos minutos,
al toro se vio a lo lejos.
Era de color zaíno,
de astas muy finas y fuertes,
tenía instinto asesino
y en su mirada, la muerte.
Pesaba seiscientos kilos:
¡no era su día de suerte!
El diestro con el capote
trazó unos pases de altura
y el animal, fiero y noble,
embistió con gran bravura.
Marcaban las seis y diez
los relojes del albero,
cuando iniciaba el torero
la suerte del volapié.
Y en aquel maldito instante
el astado se arrancó
y, revirtiendo tal lance,
el cuerno en su pecho hundió.
La sangre tiñó la arena
y la plaza enmudeció.
En el texto de su esquela
se rogaba una oración.
NOTA: Aunque no me gustan los toros, ayer, viendo una película española: Blancanieves, en blanco y negro, muda y basada en el famoso cuento infantil pero trasladada al mundo del toreo, las primeras escenas, que me impresionaron mucho, me inspiraron este poema de hoy, al que he tratado de dar un aire lorquiano.
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