Corazón marinero.

Juan Palacios

Poeta recién llegado
Hombre de sien blanca y tatuajes de marinero
Sale del portón, y acompañándole dos,
Él va atado, pero nunca prisionero.

Por amar a la hija de Don Amador
Le han acusado, y bajando la cuesta hacia el lazo,
Pisando adoquines que explotan en llanto,
Fabrica y recita, vestido de ardor,
Un canto sabor a canela y amianto.

-¡ Tú me quisiste, Ángeles, querida,
Y moriré con tu amor atado a la camisa,
Y cuando muera, volveré, y apoyado en tu cornisa,
Al Sol creciente cantaré ciento y una mañanitas!.

Y pasaron uno y cien años de barbechos remiendos,
Y murió Don Amador de amor a los espejos.
De seda fina cubrió su pena la hija del ausente,
Sabiendo que quien se va no vuelve,
Que solo vuelve sonoro el recuerdo.

Más una mañana caliente recordó la camisa de un marinero,
Y usó la dama dicho trapo como si fuese pañuelo,
Y al limpiar el polvo la tela el alfeizar del sosiego,
Sonó un bravoso, calado y sentido requiebro:

-Amada, despierta, que ya amaneció,
El Sol se levanta y augura calor.
Me mataron a mí, pero no a mi corazón,
Que ahora habita en tu pecho
Y cada latido es su voz.
Las cien mañanitas él te las cantó,
Y ahora la una te la estoy cantando yo.

-Tuya soy yo-dijo Ángeles-, pues tu corazón me tiene a mí,
Viajando en tu barco con rumbo infebril.
Miradas atrás me dejan, se van,
Que más dan las estelas sobre la mar,
Eso son recuerdos, pasado y nada más.
Vivir quiero ahora, navegar la alta mar,
Vivir historias, volar muy lejos,
Contigo ahora soy libre,respiro contigo libertad.
 
He disfrutado leer tus versos marineros
gracias por regalar tu inspiración
estrellitas de mis mares y bendiciones.
 
Hombre de sien blanca y tatuajes de marinero
Sale del portón, y acompañándole dos,
Él va atado, pero nunca prisionero.

Por amar a la hija de Don Amador
Le han acusado, y bajando la cuesta hacia el lazo,
Pisando adoquines que explotan en llanto,
Fabrica y recita, vestido de ardor,
Un canto sabor a canela y amianto.

-¡ Tú me quisiste, Ángeles, querida,
Y moriré con tu amor atado a la camisa,
Y cuando muera, volveré, y apoyado en tu cornisa,
Al Sol creciente cantaré ciento y una mañanitas!.

Y pasaron uno y cien años de barbechos remiendos,
Y murió Don Amador de amor a los espejos.
De seda fina cubrió su pena la hija del ausente,
Sabiendo que quien se va no vuelve,
Que solo vuelve sonoro el recuerdo.

Más una mañana caliente recordó la camisa de un marinero,
Y usó la dama dicho trapo como si fuese pañuelo,
Y al limpiar el polvo la tela el alfeizar del sosiego,
Sonó un bravoso, calado y sentido requiebro:

-Amada, despierta, que ya amaneció,
El Sol se levanta y augura calor.
Me mataron a mí, pero no a mi corazón,
Que ahora habita en tu pecho
Y cada latido es su voz.
Las cien mañanitas él te las cantó,
Y ahora la una te la estoy cantando yo.

-Tuya soy yo-dijo Ángeles-, pues tu corazón me tiene a mí,
Viajando en tu barco con rumbo infebril.
Miradas atrás me dejan, se van,
Que más dan las estelas sobre la mar,
Eso son recuerdos, pasado y nada más.
Vivir quiero ahora, navegar la alta mar,
Vivir historias, volar muy lejos,
Contigo ahora soy libre,respiro contigo libertad.

un corazón que navega de par en par, grato leerle
 

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