Chris hoe
Poeta recién llegado
Sentado en la pradera del viejo horizonte, me acompañaba un aldeano sin nombre.
Me decía: que el viejo viento le amargaba su corazón, hasta que me menciono: que el cordero que se comió, moría en su estómago, no de hambre sino de dolor.
Pero sin entender que me dijo, el menciono: charlemos hasta que el sol, el último rayo me diera en la espalda, volamos en cada palabra sin rastro de nosotros.
Como la boca del aldeano me relata, que no era hora de irse sino de escuchar lo que la gente no lo dejaba.
Por temor a la algarabía más bien me dijo: que era su dicho de todos los días.
Dándole el humano una razón más, de que el cordero prometía venganza por el atragantamiento de sus hechos del bien ajeno, así me daba su amenaza.
Aquel desplante que se volvió su nuevo color de piel y me dijo: este es mí semblante nuevo, entre tanto tropiezo, ella es como un amante.
Con una carta y sin perder aquella vista que se apagaba del viejo horizonte decía:
Mis ojos lloran por la traición, así como lo hacen muchos cuando escuchan una triste canción.
Mi oído escucha solo el silencio que algún día me dijo: el necio.
Mi gusto se fue por el lado de la desesperación y ahora me veo hasta en caso extremo llegando a la depresión.
Y mi olor no reconoce aromas, como aquel que ama y se siente orgulloso de la mano que toma, por no herir y hacerle caso a la razón.
Perdí la grandeza de ser quien era. Entre tanta guerra que me daban las palabras, por fin escondí mi miedo bajo la trinchera.
Y murió la tarde; el viejo horizonte se apagó! Hasta ahí termino la carta! y pregunte: aldeano! ¿Quién es el cordero que te comiste? Y muy triste me respondió: fue aquel que me dijo: amigo, hermano o amor!
Lo perdí por no valorar su corazón aquel cordero se llamaba: traición!
Me decía: que el viejo viento le amargaba su corazón, hasta que me menciono: que el cordero que se comió, moría en su estómago, no de hambre sino de dolor.
Pero sin entender que me dijo, el menciono: charlemos hasta que el sol, el último rayo me diera en la espalda, volamos en cada palabra sin rastro de nosotros.
Como la boca del aldeano me relata, que no era hora de irse sino de escuchar lo que la gente no lo dejaba.
Por temor a la algarabía más bien me dijo: que era su dicho de todos los días.
Dándole el humano una razón más, de que el cordero prometía venganza por el atragantamiento de sus hechos del bien ajeno, así me daba su amenaza.
Aquel desplante que se volvió su nuevo color de piel y me dijo: este es mí semblante nuevo, entre tanto tropiezo, ella es como un amante.
Con una carta y sin perder aquella vista que se apagaba del viejo horizonte decía:
Mis ojos lloran por la traición, así como lo hacen muchos cuando escuchan una triste canción.
Mi oído escucha solo el silencio que algún día me dijo: el necio.
Mi gusto se fue por el lado de la desesperación y ahora me veo hasta en caso extremo llegando a la depresión.
Y mi olor no reconoce aromas, como aquel que ama y se siente orgulloso de la mano que toma, por no herir y hacerle caso a la razón.
Perdí la grandeza de ser quien era. Entre tanta guerra que me daban las palabras, por fin escondí mi miedo bajo la trinchera.
Y murió la tarde; el viejo horizonte se apagó! Hasta ahí termino la carta! y pregunte: aldeano! ¿Quién es el cordero que te comiste? Y muy triste me respondió: fue aquel que me dijo: amigo, hermano o amor!
Lo perdí por no valorar su corazón aquel cordero se llamaba: traición!