Isidro Dichter
Poeta recién llegado
I.
Te hablé una sola vez y recuerdo que me mirabas
tan liviana, como un ave celeste en el cielo.
Desembocaste luego, hermosa y hecha éter,
vertiéndote en mí, en este pozo oscuro y terrenal;
hecha luz dulce, fresca y nueva,
llena de dulzura y de esplendor ideal.
Tan lejos de ti, en este hades me he quedado,
tan lejos, desde entonces enojado y celoso,
lleno de odio contra el destino que te alejara,
que envidioso y mezquino nos separara,
y me encerrara a mí en este oscuro calabozo...
II.
Es que esa sola y única vez vi tus diamantes azules,
y los rubíes frescos de tu boca,
dos instantes tendidos fueron, eternos, tan eternos;
de mi alma que chapoteaba en tus ojos valacos,
de mis ojos españoles sobre tu faz de azúcar porcelana,
de nuestro ruborizante y taciturno ideal,
saeta de nuestra sacrosanta complicidad,
apuntada a porvenires vivos e inocentes...
III.
Dos momentos fueron, creo, o una vida,
aquella vida, tan, tan otra;
por fin vida bien vivida, campestre y montañesa.
Yo nos vi en Sololá entre montes imponentes,
tomados de las manos entre lagos y rocas;
tal vez tú nos viste en tu sublime Transilvania,
dos instantes aquellos, tan eternos,
tan guarnecidos fueron de imperios y de hontanares.
IV.
Sin piedad, sin condición, sin salida ni alternativa,
la fuerza del destino te ha alejado de mi lado;
te ha condenado al oriente gris de esta ciudad,
donde eres como una liebre entre el estruendo
de innoble y perpetua tempestad,
entre las máquinas roncas e incansables,
fresca e incólume como una flor de loto,
amenazada entre estronudos enfermizos e industriales.
V.
Celoso, este mi corazón machista,
de finquero motaraz, provinciano y anticuado
te reclama aún, apasionado, encendido y fervoroso.
Él quiere ser tu héroe y liberarte de ese infierno,
verte feliz, femenina, dichosa y floreciente;
y te quiere, -pues es injusto e impetuoso-,
engalanada sólo con mis presentes
viviendo en mi hogar, en nuestro hogar,
gobernado por tus dedos delicados de mujer...
VI.
Muero por honrar el inefable porvenir
que vi aquella vez en tus ojos de hielo tibio,
ven, hermosa, a inyectar en mi progenie
la sangre eslava de tus nobles ancestros,
oigamos en nuestras noches del lobo gris
los románticos, nostálgicos aullidos,
y déjame devorarte como un lobo alemán,
besar y morder tu conquistada carne,
y embriagarme, hecho hombre, en tu éter espiritual.
VII.
Me niego aún a aceptar, débil y resignado,
que en estos días en mí te apagarás,
que volverá en mí otra vez la tiranía del desencanto,
un vida sin ti, desazonada y sin substancia.
Ver tu imagen nebulosa disiparse en el recuerdo,
verte mudar en historia fugaz y borrosa,
luego en misterio, luego en leyenda,
y luego en el vulgar consuelo de un sintagma...
VIII.
No, aún no se apaga mi alegre sed de amarte,
pero inicia la lucha larga, tortuosa y final
de crearte y descrearte, de no poder desnudarte,
y de arder por volver a verte, y de vivir muriendo;
de padecer de fiebres por acariciarte en crescendo
como el sol naciente a la amapola vesperal.
Ven por fin, luchemos juntos contra el destino,
aunque perdamos. Mi esperanza ya agoniza y enflaquece,
pero aún lucharé hasta que se apague en su heroismo
este corazón que hace poco fue tuyo eternamente.
Te hablé una sola vez y recuerdo que me mirabas
tan liviana, como un ave celeste en el cielo.
Desembocaste luego, hermosa y hecha éter,
vertiéndote en mí, en este pozo oscuro y terrenal;
hecha luz dulce, fresca y nueva,
llena de dulzura y de esplendor ideal.
Tan lejos de ti, en este hades me he quedado,
tan lejos, desde entonces enojado y celoso,
lleno de odio contra el destino que te alejara,
que envidioso y mezquino nos separara,
y me encerrara a mí en este oscuro calabozo...
II.
Es que esa sola y única vez vi tus diamantes azules,
y los rubíes frescos de tu boca,
dos instantes tendidos fueron, eternos, tan eternos;
de mi alma que chapoteaba en tus ojos valacos,
de mis ojos españoles sobre tu faz de azúcar porcelana,
de nuestro ruborizante y taciturno ideal,
saeta de nuestra sacrosanta complicidad,
apuntada a porvenires vivos e inocentes...
III.
Dos momentos fueron, creo, o una vida,
aquella vida, tan, tan otra;
por fin vida bien vivida, campestre y montañesa.
Yo nos vi en Sololá entre montes imponentes,
tomados de las manos entre lagos y rocas;
tal vez tú nos viste en tu sublime Transilvania,
dos instantes aquellos, tan eternos,
tan guarnecidos fueron de imperios y de hontanares.
IV.
Sin piedad, sin condición, sin salida ni alternativa,
la fuerza del destino te ha alejado de mi lado;
te ha condenado al oriente gris de esta ciudad,
donde eres como una liebre entre el estruendo
de innoble y perpetua tempestad,
entre las máquinas roncas e incansables,
fresca e incólume como una flor de loto,
amenazada entre estronudos enfermizos e industriales.
V.
Celoso, este mi corazón machista,
de finquero motaraz, provinciano y anticuado
te reclama aún, apasionado, encendido y fervoroso.
Él quiere ser tu héroe y liberarte de ese infierno,
verte feliz, femenina, dichosa y floreciente;
y te quiere, -pues es injusto e impetuoso-,
engalanada sólo con mis presentes
viviendo en mi hogar, en nuestro hogar,
gobernado por tus dedos delicados de mujer...
VI.
Muero por honrar el inefable porvenir
que vi aquella vez en tus ojos de hielo tibio,
ven, hermosa, a inyectar en mi progenie
la sangre eslava de tus nobles ancestros,
oigamos en nuestras noches del lobo gris
los románticos, nostálgicos aullidos,
y déjame devorarte como un lobo alemán,
besar y morder tu conquistada carne,
y embriagarme, hecho hombre, en tu éter espiritual.
VII.
Me niego aún a aceptar, débil y resignado,
que en estos días en mí te apagarás,
que volverá en mí otra vez la tiranía del desencanto,
un vida sin ti, desazonada y sin substancia.
Ver tu imagen nebulosa disiparse en el recuerdo,
verte mudar en historia fugaz y borrosa,
luego en misterio, luego en leyenda,
y luego en el vulgar consuelo de un sintagma...
VIII.
No, aún no se apaga mi alegre sed de amarte,
pero inicia la lucha larga, tortuosa y final
de crearte y descrearte, de no poder desnudarte,
y de arder por volver a verte, y de vivir muriendo;
de padecer de fiebres por acariciarte en crescendo
como el sol naciente a la amapola vesperal.
Ven por fin, luchemos juntos contra el destino,
aunque perdamos. Mi esperanza ya agoniza y enflaquece,
pero aún lucharé hasta que se apague en su heroismo
este corazón que hace poco fue tuyo eternamente.
Última edición: