Javier Alánzuri
Poeta que considera el portal su segunda casa
Era un día soleado
cuando esperaba en la acera
y escuché un extraño diálogo
que desconcierta a cualquiera.
Porque la sombra de un coche
decía a la de un abuelo…
“muy buenas, ¿qué tal lo llevas
tú… compañera de suelo?,
llevo tiempo aquí aparcada
y estoy bastante aburrida.
Si no te importa, me cuentas...
¿qué haces por esta avenida?
- Pues... esperando a mi dueño,
que enseguida se apalanca.
Quiere ver a sus amigos
y jugar a la petanca
pero, como encuentre un banco,
eso es bastante peor
porque ya termina el día,
¡madre mía, qué sopor!
- Bueno... mejor ir despacio
que yo siempre me atraganto
porque el mío duda mucho,
¿ahora qué?.¿freno?, ¿adelanto?
Venga viajar y viajar
conduciendo como un loco,
y por eso me parece
que duraré muy, muy poco.
- ¡Ja!, qué me vas a contar,
éste... se queda alelado
y yo pensando... “ya está,
ahora sí que la ha palmado”.
No me imagino otro dueño,
¿a quién se la prestaría
si todos tienen la suya?...
dos sombras es brujería.
Entonces llegó un tranvía,
justo el que estaba esperando.
Allí tuve que dejarlas
mientras seguían hablando.
Más tarde, con los amigos,
según lo iba relatando
todos dijeron lo mismo…
“calla, siempre estás soñando”.
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