jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
miro mi viejo álbum de fotos
algunas ya amarillentas
otras me hacen pensar en la edad de los dinosaurios
qué joven era yo entonces
qué deshinchada tenia la cara
qué brillo despedían mis ojos
¿qué le hizo la vida mientras tanto
a ese tipo sonriente que me mira
con aire un tanto ingenuo desde el fondo del pasado?
parezco incluso feliz
¿era feliz realmente?
me inclino a pensar que no
pero tenía la juventud
tenía el futuro por delante
-y el desconocimiento por lo tanto de toda la mierda
que con el paso del tiempo me iría encontrando por la vida-
juro que nunca he sido feliz
sí, quizás en ciertas ocasiones
al besar a una mujer sentí quién sabe qué...
o al abrazar a mis hijas cuando aún gateaban
o quizás algún ya lejano atardecer junto al mar
alguien, por un instante, me haría abrigar una ilusión...
pero feliz, no
feliz nunca he sido
y sin embargo, qué bien perfilada aparece mi barbilla
qué lustre irradia mi cabello
¡y cuánto pelo crece en mi cabeza!
yo sé, con todo, que en ese entonces no era feliz
(siempre hay un jodido coño donde no puedes meterla)
tampoco soy feliz ahora, desde luego
y todo parece indicar que a su debido tiempo
moriré siendo un hombre terriblemente infeliz;
en medio de este vasto océano, pese a todo
de infelicidad y amargura que rodea mis actuales circunstancias
una cosa aparece cada vez más clara en mi cabeza
a medida que la sombra gélida del espectro de la vejez
va cayendo irremisiblemente sobre mis hombros ya medio abatidos:
si pudiera tener 30 años menos
y recuperar aquel brillo que imbuía mis ojos
y la firmeza del contorno de mi cara
y el pelo que se me cayó, ay;
solo con eso
solo con ese pequeño milagro bastaría
para que yo me convirtiese de inmediato y sin reparo alguno
en el tipo más feliz del mundo
y los putos coños que se vayan a tomar por culo
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