Évano
Libre, sin dioses.
Desde entonces llevo losas
en mis bolsillos del tiempo.
Son rocas de un espigón de Barcelona.
Las redujo el abismo de las olas retirándose
a la desnudez del horizonte,
para luego volver como gigantes
que emergieron sobre las cabezas
de dos seres diminutos,
diminutos ante el mundo.
Barridos, ahogados, exhaustos,
viendo de lejos, entre las aguas, las puertas
de aquel restaurante, de aquella ciudad
donde las luces difusas impasibles
nos cerraban un futuro imposible.
Todo fueron luces de neón
sobre dos niños del alba.
Desde entonces, las piedras de dentro,
titilan, chocan, revientan
entre mis dedos guardados para siempre.
Soy todo mar
ahora,
todo viento,
todo roca,
desde entonces.
Se ha borrado hasta la línea lejana
que apuntaba la mirada incierta.
Ya no siento en mi brazo los hombros
temblorosos sentados enfrente
de un mar de miedo infranqueable.
Soy paseo solitario de arenas
ahora, que me tragan poco a poco.
Cada vez la sal revolotea más
entre los ojos del espejismo de un instante.
Abrazados a la entrada del océano,
desnudos, sin nada, dos niños.
Izar, desenterrar, poner en pie
a besos y abrazos, crear
castillos de arena en medio
de un huracán de salvajes modernos.
No habrá más cielo que el que pisamos.
No habrá más sol que el de aquella ciudad.
Ahora somos nosotros las luces de neón
iluminando un paseo marítimo vacío.
Solo queda el recuerdo recorriendo
ese caminito de rocas encerrado
y dos manos temblorosas soltándose
una y otra vez
entre las miradas ahogadas de una despedida.
La sombra del amor es la tristeza
y es más inmensa que el universo.
Debimos lanzarnos a las olas gigantes del mar.
en mis bolsillos del tiempo.
Son rocas de un espigón de Barcelona.
Las redujo el abismo de las olas retirándose
a la desnudez del horizonte,
para luego volver como gigantes
que emergieron sobre las cabezas
de dos seres diminutos,
diminutos ante el mundo.
Barridos, ahogados, exhaustos,
viendo de lejos, entre las aguas, las puertas
de aquel restaurante, de aquella ciudad
donde las luces difusas impasibles
nos cerraban un futuro imposible.
Todo fueron luces de neón
sobre dos niños del alba.
Desde entonces, las piedras de dentro,
titilan, chocan, revientan
entre mis dedos guardados para siempre.
Soy todo mar
ahora,
todo viento,
todo roca,
desde entonces.
Se ha borrado hasta la línea lejana
que apuntaba la mirada incierta.
Ya no siento en mi brazo los hombros
temblorosos sentados enfrente
de un mar de miedo infranqueable.
Soy paseo solitario de arenas
ahora, que me tragan poco a poco.
Cada vez la sal revolotea más
entre los ojos del espejismo de un instante.
Abrazados a la entrada del océano,
desnudos, sin nada, dos niños.
Izar, desenterrar, poner en pie
a besos y abrazos, crear
castillos de arena en medio
de un huracán de salvajes modernos.
No habrá más cielo que el que pisamos.
No habrá más sol que el de aquella ciudad.
Ahora somos nosotros las luces de neón
iluminando un paseo marítimo vacío.
Solo queda el recuerdo recorriendo
ese caminito de rocas encerrado
y dos manos temblorosas soltándose
una y otra vez
entre las miradas ahogadas de una despedida.
La sombra del amor es la tristeza
y es más inmensa que el universo.
Debimos lanzarnos a las olas gigantes del mar.