Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
CREO SIEMPRE
Creo siempre que escribiéndote estas lúgubres palabras
tú vuelves a mí
como sonámbula,
bella y serena.
Otra mujer se desmaya ante el espasmo vertiginoso
de mi cóncava sencillez.
No vendrás;
la llama incendiada, malherida,
el viento enmudecido y quieto
azotándome el rostro,
un trasplante de día a noche
o mil conjunciones de estrellas solares.
¡Acaso no piensas venir!,
Devuélveme el aliento que desvistió tu boca,
ese empalidecer infructuoso que atrajo tu hermosura;
el altar meritorio donde oficiaste la misa
de mi última resurrección.
Yo te espero
en la esquina inicua, débil
de mi inquietud;
las manos acarician tu aire,
tus cabellos sin memoria,
la estación del tiempo donde llueve incesante el verano,
la crispación de mis entrañas
cuando el hierro candente del recuerdo
calcina mi piel.
¡Acaso no vas a venir!
Te estoy esperando:
calmado,
quieto,
desesperado,
brusco,
salvaje,
nómada.
Ven,
se dispersa el eclipse.
Creo siempre que escribiéndote estas lúgubres palabras
tú vuelves a mí
como sonámbula,
bella y serena.
Otra mujer se desmaya ante el espasmo vertiginoso
de mi cóncava sencillez.
No vendrás;
la llama incendiada, malherida,
el viento enmudecido y quieto
azotándome el rostro,
un trasplante de día a noche
o mil conjunciones de estrellas solares.
¡Acaso no piensas venir!,
Devuélveme el aliento que desvistió tu boca,
ese empalidecer infructuoso que atrajo tu hermosura;
el altar meritorio donde oficiaste la misa
de mi última resurrección.
Yo te espero
en la esquina inicua, débil
de mi inquietud;
las manos acarician tu aire,
tus cabellos sin memoria,
la estación del tiempo donde llueve incesante el verano,
la crispación de mis entrañas
cuando el hierro candente del recuerdo
calcina mi piel.
¡Acaso no vas a venir!
Te estoy esperando:
calmado,
quieto,
desesperado,
brusco,
salvaje,
nómada.
Ven,
se dispersa el eclipse.
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