Dedicado a la ciudad de 1Guanta
Hay la bóveda elíptica y celeste;
y, en el mangle, el cangrejo que trajina
con el mismo perfil vivaz y agreste.
El azul desengancha su vitrina
que da a la mar. En tanto, el escondite
del crustáceo, la ola arremolina.
Los dos actores plasman el convite
que la astuta naturaleza opera:
el mar, el elemento de la elite;
al otro humilla, pues, de vil manera.
***
1 Era una vez un pequeño pueblo, ubicado en un valle, que tenía enfrente un mar tranquilo, azul, con unas islas dormidas. Nació quien sabe cuando y sus habitantes eran los Tagare, pescadores y agricultores. No nació con la espada y la cruz como los demás pueblos de Venezuela. Fue una decisión de hombres nómades para pasar al sedentarismo. El tiempo caminó, como siempre lo hace por las trochas del mundo, y la historia lo encontró a comienzos del siglo XVI cuando un Santo Monje, llamado Bartolomé, lo descubrió con su pluma y poeta, Juan de Castellanos, lo versificó en sus octavas. “Largo fue el recorrido y hoy, a finales del siglo XX, lo reencontramos todavía caminando y con sus zapatos gastados…” Al llegar a una bahía llena de tranquilidad y de cielo, pusieron sus plantas sobre las raíces de los mangles, puentes entre el mar y la tierra, y quedaron prendados para siempre con el valle que tenían enfrente, que derramaba su quebrada en el mar y tenía unos cangrejos inmensos caminando lentamente desde un terreno cenagoso hasta inmensidad azul. Por ello lo llamaron Guantar “Valle de los Cangrejos” y con el sufijo “ar” quisieron sugerir el agua inmediata de
la quebrada.