BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay muchos espacios
con sangre y rosas derogadas
y resplandecientes mejillas
con carne infinitamente leve.
Hay muchas adhesiones concretas,
y racimos de lluvia golpeando alcantarillas,
y victoriosos ramos de alhelís, con hermosos
colgantes en los labios divididos.
Y una plaza con reminiscencias
de lidias populosas, y hemisferios destronados,
y cubos y palancas ofreciendo su ternura
a una luna de puro violeta.
Y un cuerpo que enorgullecido
muestra su alma volitiva, y una tenacidad
de acero que forma violentos arranques
de espuma marítima.
Y todo se descuelga, y todo se desprende,
y vuelve y ulula su canto adolescente.
Las plazas arrebolan su incansable bandera
de muerte, con soles agónicos demostrando
su fortaleza insigne.
Hay muchas lunas, muchos planos perpendiculares,
y muchos astros eméritos, y muchas cosas
que vomitan sonidos de laúd despectivo.
Y fragancias, y grúas, y tullidos que comban
sus espaldas enardecidas.
Vulvas, terciopelos, y cansancio de llaves.
Un mosaico de teselas desunidas, y cobradores
enérgicos que enseñan sus facturas por las puertas.
Todo regresa a la calma, tarde, tardíamente.
Cuando retornan las cosas nocturnas, en crepúsculos
desollados, o en crucifijos de rosas momentáneas.
En escapularios fijos que invaden los dedos
húmedos de agua.
Mientras el cielo declina, y se anegan
los llantos hasta los garajes invisibles,
una mujer llora su desventura, con candados
en la pelvis.
Enternecen esas memorias viejas de soldados.
De cosas muertas sobre las plazas abandonadas.
De flores espantosas que abren su boca
de polen seco.
No se abren más carnes
que en el silencio, y hay una fórmula
que añade monedas al estanque petrificado.
Un mundo de originales fosas
contamina las acequias sin rigor,
un mundo que permanece estanco,
clausurado en tierra.
©
con sangre y rosas derogadas
y resplandecientes mejillas
con carne infinitamente leve.
Hay muchas adhesiones concretas,
y racimos de lluvia golpeando alcantarillas,
y victoriosos ramos de alhelís, con hermosos
colgantes en los labios divididos.
Y una plaza con reminiscencias
de lidias populosas, y hemisferios destronados,
y cubos y palancas ofreciendo su ternura
a una luna de puro violeta.
Y un cuerpo que enorgullecido
muestra su alma volitiva, y una tenacidad
de acero que forma violentos arranques
de espuma marítima.
Y todo se descuelga, y todo se desprende,
y vuelve y ulula su canto adolescente.
Las plazas arrebolan su incansable bandera
de muerte, con soles agónicos demostrando
su fortaleza insigne.
Hay muchas lunas, muchos planos perpendiculares,
y muchos astros eméritos, y muchas cosas
que vomitan sonidos de laúd despectivo.
Y fragancias, y grúas, y tullidos que comban
sus espaldas enardecidas.
Vulvas, terciopelos, y cansancio de llaves.
Un mosaico de teselas desunidas, y cobradores
enérgicos que enseñan sus facturas por las puertas.
Todo regresa a la calma, tarde, tardíamente.
Cuando retornan las cosas nocturnas, en crepúsculos
desollados, o en crucifijos de rosas momentáneas.
En escapularios fijos que invaden los dedos
húmedos de agua.
Mientras el cielo declina, y se anegan
los llantos hasta los garajes invisibles,
una mujer llora su desventura, con candados
en la pelvis.
Enternecen esas memorias viejas de soldados.
De cosas muertas sobre las plazas abandonadas.
De flores espantosas que abren su boca
de polen seco.
No se abren más carnes
que en el silencio, y hay una fórmula
que añade monedas al estanque petrificado.
Un mundo de originales fosas
contamina las acequias sin rigor,
un mundo que permanece estanco,
clausurado en tierra.
©
Última edición: