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Crimen y ¿castigo?

A

Alexandro Borgia I

Invitado
Una tarde, hermosa y esplendida, con las hojas otoñales barriéndose suavemente por el aire como bailarinas de una obra teatral japonesa, con la luz naranja y rojiza filtrandose fugazmente por las ventanas de la sala principal, Marisol; llena de odio, de represión y de una ira incalculable, decidió cambiar su vida, y apuñaló a su esposo 14 veces por la espalda. De eso hacía ya casi veinte minutos... hacía veintiún minutos el estaba parado allí, dándole la espalda, bebiéndose un té frío, de esos enlatados, con el perfil perfecto que siempre había tenido, bañado por la luz del atardecer, y al instante siguiente, ella lo había derribado a golpes de cuchillo. Y veinte minutos más tarde, Marisol estaba de rodillas, con la cara, las manos y el pecho bañados en sangre, con su inmaculada sala pintarrajeada de sangre, litros y litros de sangre, sus rodillas sumergidas en un charco de sangre. Y ni una gota era de ella, alzó el rostro, se quitó un mechón de cabello que le caía en la mejilla izquierda y el rojo atardecer le beso la mejilla, por la que una gota perezosa de sangre carmesí se deslizaba lentamente, tenía los ojos llenos de lagrimas, ¿lloraría? le temblaban las manos, entonces comenzó a recordar, su mente iba saliendo del pozo viscoso del shock, comenzó entonces a deslizarse sobre el fino hilo de sus recuerdos, y recordó el día de su boda, una sonrisilla irónica se le plantó en los labios, se vio a si misma otra vez vestida de blanco, luego los primeros días, los primeros meses, los primeros años y todo era bueno, todo parecía una infinita novelilla cursi donde ella se casa con el, y viven felices por siempre.

Por siempre... por siempre puede ser un tiempo tan corto, a los 4 años de casados y aún sin hijos, el comenzó a portarse raro, se comenzaba a enamorar de sí mismo, y poco a poco ella fue opacada por la imagen que el veía de sí mismo en el espejo. Y la maldita iglesia. Su machismo se iba alimentando poco a poco, tragando palabras de aquel libro negro, y torciéndolas a su santo antojo. Las humillaciones fueron comenzando poco a poco, y fueron en aumento, él, en su rol de ser superior, le recordaba a ella a cada poco el mínimo valor que tenia, que no era nadie, que no servia para nada.

Un rayo de sol rojizo, como la sangre que la alfombra se bebía con avidez, le rozó los labios tiernos y carnosos, era una imagen sensual y sádica al mismo tiempo, su silueta marcada contra la brillante y decadente luz del atardecer de octubre, sosteniendo un cuchillo, arrodillada junto al hombre que acababa de matar. Y más recuerdos la punzaron, la acuchillaron, con una especie de represalia por su crimen, y recordó aquella noche en la cena de fin de año, cuando la humilló públicamente haciéndola quedar como una idiota, sus risotadas resonaban como un eco en su cabeza. Y seguía arrodillada, sobre aquel charco de sangre, una cigarra solitaria comenzó a plañir lánguidamente, sus chirridos aumentando poco a poco, la luz comenzaba a palidecer, de rojo intenso a un rosado un poco más pálido, con notas de azul ligero, el sol moría, y en el suelo, él yacía boca abajo, ya muerto.

Los años pasaron frente a Marisol en solo minutos, y llegó a la parte donde él la engañaba, primero con la hija del ministro, apenas una muchachita, de unos 19 años. Y a los pocos meses, la niña resultó embarazada, y la mandaron al extranjero, lanzada lejos como un trapo sucio que ya no quieres volver a ver, y luego el estúpido del ministro, dándoles platicas de consejo marital "salvando" su matrimonio. Y era obvio, todo el mundo se había enterado, todos sabían que el nieto del ministro era el hijo del esposo de Marisol, que ella era una cornuda. Y en vez de recibir simpatía, o aunque fuera lástima, recibió desprecio, y las otras mujeres en la Iglesia murmuraban cosas, la culpaban a ella, "si fuera una esposa más atenta, el pobre Dionicio no tendría que buscar en otro lado lo que tendría que tener en casa..." y los rumores, de que ella tenía amoríos... ella... amoríos, la idea la hizo soltar una risita tonta, miró el cuchillo que sostenía en la mano derecha, y entonces recordó el segundo engaño, con esa maldita perra de Gabriela, la cantante principal del coro, cuando Marisol se enteró, Dionicio llevaba con Gabriela casi ya 8 meses. Y en ese punto el pueblo entero lo sabía. Un día lo confrontó con la verdad y el le respondió con bofetadas. Y entonces llegó aquel día, un día que, muy para su disgusto, descubrió que no podía aguantarse ni un segundo más, se levantó de su silla, el bebía un té frío, de esos que vienen en lata, le hablaba dándole la espalda, como siempre, le decía cínicamente que iría a ver a Gabriela, ya que ella se negaba a cumplir sus obligaciones de esposa, "SUS OBLIGACIONES", fue la gota que rebalsó el vaso, se levantó, ágil como era y tomó el cuchillo mas grande que tenía en la cocina, no estaba segura de que iba a hacer hasta que le asestó la primera cuchillada, no estaba segura de que iba a seguir atacándolo hasta que, sacó el cuchillo con fuerza de entre sus carnes y lo volvió a hundir, la sangre comenzaba a salpicarlo todo, alegre bailarina escarlata, besaba la cara de Marisol, mientras que el cuchillo besaba la carne de Dionicio. Así era como los fantasmas y los dementes se hacían el amor, con un cuchillo en mano. No estaba segura de si lo mataría o no, hasta que el se desplomó y ya no se movió más, y la sangre estaba ya en todos lados, jadeante, Marisol se desplomó de rodillas, junto a su marido, ahora reducido a un cuerpo sangrante, ya no tenía nada de que regodearse nada que presumirle, y jamás se acostaría ni con ella ni con ninguna otra. sonrió satisfecha, aunque claro, todo el asunto habría resultado mejor con un poco de planeamiento previo, pensó que había sido más conveniente el improvisar de la nada. Ahora era cuestión de deshacerse del cuerpo y esperar a que nadie hiciera preguntas inútiles. Y entonces sucedió, que la buena esposa del Ministro pasaba por allí paseando a su perro, cuando se asomó por la ventana, la fisgona obtuvo más de lo que esperaba, y corrió despavorida al ver a Marisol bañada en sangre. La policía sería convocada al lugar y llegarían raudos, con sus esmerados uniformes azules, en sus flamantes patrullas, que ululan como valquirias malditas en el Vallhalla, y la meterían en una prisión maloliente, este mundo no tenía respeto por las mujeres, solo respetaban a los varones muy machos y a cualquier oveja sin voluntad propia que se sometiera a la voluntad de su pastor. Pensó en pasar por loca, pero que clase de demencia fingiría, que diría para sonar demente... la cuestión tenía que resolverse rápido. Y entonces vio, que en el bolsillo izquierdo de la chaqueta de Dionicio, asomaba aquel pequeño libro negro de bolsillo, aquel que ella juró "ni loca" leería. !Eso era! era ideal.

Los policías no tardaron en llegar, tal y como ella lo había predicho, al entrar, un oficial barrió la sala con su arma apuntando para todos lados como un falo metálico, mientras que el otro, más joven y comedido, se acercó a ayudarla, "¿que paso aquí? ¿se encuentra usted bien?" pregunto el joven de unifrome, ella sabía que aquel era el momento de actuar, la llevaría a un manicomio, primero estaría incomunicada pero al pasar un par de meses le bajarían a la seguridad, podría escribir un libro con su anécdota además de reclamar la fortuna que Dionicio había hecho vendiendo autos. Así que sacó su casta de actriz, sonrió lo más retorcidamente que pudo, señaló a su marido con un dedo despreocupado, y con la mirada perdida exclamó, casi maquinalmente "Dios me ordenó que lo hiciera", dijo mientras miraba de soslayo aquel librillo. negro.
 

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