Z. Gómez
Poeta recién llegado
Siempre quise saber a qué sabe el azul; quise morder el cielo, tocar una nube, correr hasta alcanzar el horizonte pero siempre era más rápido que yo.
Un día, frustrado, desolado, mientras me encontraba sentado en una roca de río, viendo el agua fluir, vino a mí...
-¡Cronos! -le dije no tardando mucho en reconocerlo. Y tal como debe hacerse en esos casos postré una rodilla y bajé la mirada.
-¡De verdad quieres tocar el cielo? -preguntó con voz grave
-Nada deseo más.
-Yo te dejaré tocar el cielo. Yo te dejaré probar el sabor de una nube...
-Pero como siempre, habrá una prueba, supongo.
-¿Sabes? No es muy sabio interrumpirme, todo aquél que lo hace nunca sabrá de lo que se pudo haber perdido por no dejarme concluir.
Avergonzado, bajé de nuevo la vista y me propuse no volverlo a interrumpir.
-Pero hay sabiduría en tus palabras. Efectivamente, tendrás que superar muchas pruebas por dejarte beber un poco de azul: Tendrás que pelear con mis hijos, con cuantos te mande, y cada vez que venzas a alguno te daré un poco más de ese licor que hoy deseas. No preguntes por qué, no preguntes qué gano yo, no hay almas de por medio ni mucho menos, no hay diversión, no hay saña; los dioses hacemos estas cosas simplemente porque sí, es nuestra naturaleza.
Mi cuerpo estaba frío en ese momento, sabía muy bien lo difícil que era vencer a los Titanes, los hijos de Cronos. Sabía muy bien que la sensación de pelear contra ellos era igual de asfixiante que pelear contra Poseidón; sabía, además, que la única arma realmente efectiva contra ellos era la que menos domino.
Yo, un gran guerrero, milenario, debía volverme experto en el manejo de Paciencia, algo que es por demás difícil.
-No te muevas - dijo él.
Como si comprendiera la razón de mi desconcierto ante sus nuevas palabras continuó.
-Esa es la clave contra mis hijos: No te muevas.
Como si no lo supiera ya. Pelear contra Cronos o sus hijos, en realidad era un eufemismo; la verdad es que contra ellos no es una pelea, es una resistencia. Cuando Cronos golpea no hay absolutamente nada que se pueda hacer sino resistir, no ahogarse, aguantar los golpes -y además, inmóvil.
Vaya lucha que estaba por vivir. Si al menos hubiera sabido contra cuántos hijos tendría que pelear... Pero si algo tiene Cronos es que jamás se sabe cuánto es suficiente, cuánto es mucho.
-Sólo espero que al final valga la pena -Me arriesgué a decir tibiamente, creyendo que esta vez podía hablar.
-Bien sabes que no te daré esa garantía.
-Sé que no me asegurarás que al final habrá regocijo -si es que hay un final- pero al menos ratos agradables que me hagan sentir que debo seguir luchando...
Y en ese momento Cronos ya no dijo nada, se limitó a extender su mano izquierda hacia mí y girarla, guiando mi mirada hacia un panorama totalmente diferente: De pronto el río donde estaba había desaparecido, mi ropa ya no era la misma y el lugar donde estaba me resultaba muy extraño. Era una construcción relativamente alta, no tanto como aquellos castillos que alguna vez defendí contra los invasores, pero era alto.
Ahora yo estaba ahí, en el último nivel, en una especie de terraza, frente a un cristal corredizo. Intuí que detrás de ese cristal estaba el pedazo de cielo que Cronos prometió. Y así fue. Casi al instante el vidrio se corrió y el cielo apareció ante mis ojos, el pedazo de cielo más hermoso que jamás hubiera visto, el hermoso trozo de cielo que nunca imaginé podría ver así, tan cerca.
Pero no venía sólo: casi quedé ciego cuando subí la mirada y vi que un sol radiante emanaba de él. Y lo mejor de todo, ese cielo tan lindo me ofrecía su mano... y la toqué. Ningún orgasmo podrá jamás compararse a lo que sentí cuando por fin toqué el cielo
Y desde entonces no he sido... Cronos cumplió su promesa: me dejó tocarlo, satisfacer mi deseo; pero lejos de acabar con él, lo incrementó. Y también sus hijos vinieron, uno tras otro, como advirtió -quince, al menos, logré contar-; y tuve que luchar contra ellos, resistir, más bien.
Pero a la pregunta que yo mismo hice, sí, por supuesto que ha valido la pena:
Tocarte, Cielo, es lo mejor que me ha pasado.
Un día, frustrado, desolado, mientras me encontraba sentado en una roca de río, viendo el agua fluir, vino a mí...
-¡Cronos! -le dije no tardando mucho en reconocerlo. Y tal como debe hacerse en esos casos postré una rodilla y bajé la mirada.
-¡De verdad quieres tocar el cielo? -preguntó con voz grave
-Nada deseo más.
-Yo te dejaré tocar el cielo. Yo te dejaré probar el sabor de una nube...
-Pero como siempre, habrá una prueba, supongo.
-¿Sabes? No es muy sabio interrumpirme, todo aquél que lo hace nunca sabrá de lo que se pudo haber perdido por no dejarme concluir.
Avergonzado, bajé de nuevo la vista y me propuse no volverlo a interrumpir.
-Pero hay sabiduría en tus palabras. Efectivamente, tendrás que superar muchas pruebas por dejarte beber un poco de azul: Tendrás que pelear con mis hijos, con cuantos te mande, y cada vez que venzas a alguno te daré un poco más de ese licor que hoy deseas. No preguntes por qué, no preguntes qué gano yo, no hay almas de por medio ni mucho menos, no hay diversión, no hay saña; los dioses hacemos estas cosas simplemente porque sí, es nuestra naturaleza.
Mi cuerpo estaba frío en ese momento, sabía muy bien lo difícil que era vencer a los Titanes, los hijos de Cronos. Sabía muy bien que la sensación de pelear contra ellos era igual de asfixiante que pelear contra Poseidón; sabía, además, que la única arma realmente efectiva contra ellos era la que menos domino.
Yo, un gran guerrero, milenario, debía volverme experto en el manejo de Paciencia, algo que es por demás difícil.
-No te muevas - dijo él.
Como si comprendiera la razón de mi desconcierto ante sus nuevas palabras continuó.
-Esa es la clave contra mis hijos: No te muevas.
Como si no lo supiera ya. Pelear contra Cronos o sus hijos, en realidad era un eufemismo; la verdad es que contra ellos no es una pelea, es una resistencia. Cuando Cronos golpea no hay absolutamente nada que se pueda hacer sino resistir, no ahogarse, aguantar los golpes -y además, inmóvil.
Vaya lucha que estaba por vivir. Si al menos hubiera sabido contra cuántos hijos tendría que pelear... Pero si algo tiene Cronos es que jamás se sabe cuánto es suficiente, cuánto es mucho.
-Sólo espero que al final valga la pena -Me arriesgué a decir tibiamente, creyendo que esta vez podía hablar.
-Bien sabes que no te daré esa garantía.
-Sé que no me asegurarás que al final habrá regocijo -si es que hay un final- pero al menos ratos agradables que me hagan sentir que debo seguir luchando...
Y en ese momento Cronos ya no dijo nada, se limitó a extender su mano izquierda hacia mí y girarla, guiando mi mirada hacia un panorama totalmente diferente: De pronto el río donde estaba había desaparecido, mi ropa ya no era la misma y el lugar donde estaba me resultaba muy extraño. Era una construcción relativamente alta, no tanto como aquellos castillos que alguna vez defendí contra los invasores, pero era alto.
Ahora yo estaba ahí, en el último nivel, en una especie de terraza, frente a un cristal corredizo. Intuí que detrás de ese cristal estaba el pedazo de cielo que Cronos prometió. Y así fue. Casi al instante el vidrio se corrió y el cielo apareció ante mis ojos, el pedazo de cielo más hermoso que jamás hubiera visto, el hermoso trozo de cielo que nunca imaginé podría ver así, tan cerca.
Pero no venía sólo: casi quedé ciego cuando subí la mirada y vi que un sol radiante emanaba de él. Y lo mejor de todo, ese cielo tan lindo me ofrecía su mano... y la toqué. Ningún orgasmo podrá jamás compararse a lo que sentí cuando por fin toqué el cielo
Y desde entonces no he sido... Cronos cumplió su promesa: me dejó tocarlo, satisfacer mi deseo; pero lejos de acabar con él, lo incrementó. Y también sus hijos vinieron, uno tras otro, como advirtió -quince, al menos, logré contar-; y tuve que luchar contra ellos, resistir, más bien.
Pero a la pregunta que yo mismo hice, sí, por supuesto que ha valido la pena:
Tocarte, Cielo, es lo mejor que me ha pasado.
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