palomeque
nadando entre versos
Crucé la frontera de mi serenidad.
Desde entonces pierdo los nervios.
Cojo el vaso de tubo,
atizo largo sorbo,
golpeo la mesa con él al soltarlo
y vomito todo lo que hice,
todo lo que debí no hacer.
Crucé la frontera de mi autoestima.
Desde entonces no me quiero.
Plasmo lo que mi boca dice en un papel,
mis oídos se avergüenzan al leerlo,
y mis ojos no quieren ni escuchar.
Mis manos no modelan para perfeccionar,
Quieren mutilar y dañar a su propia raíz.
Crucé la frontera de la comprensión.
Desde entonces no veo ninguna lógica
para quererme
ni para no quererme,
para estar tranquilo
ni para estar nervioso.
Y comprendí que el sentido de la vida
no tiene sentido.
Que matemáticamente soy cero, eterno.
Que no hay buenos poetas, solo lucidez.
Que la suerte es un mito, por casualidad.
Que dormir es un permiso
para nuestra condenada alma
y que cuando se hace de noche
es porque llegará el alba.
Desde entonces pierdo los nervios.
Cojo el vaso de tubo,
atizo largo sorbo,
golpeo la mesa con él al soltarlo
y vomito todo lo que hice,
todo lo que debí no hacer.
Crucé la frontera de mi autoestima.
Desde entonces no me quiero.
Plasmo lo que mi boca dice en un papel,
mis oídos se avergüenzan al leerlo,
y mis ojos no quieren ni escuchar.
Mis manos no modelan para perfeccionar,
Quieren mutilar y dañar a su propia raíz.
Crucé la frontera de la comprensión.
Desde entonces no veo ninguna lógica
para quererme
ni para no quererme,
para estar tranquilo
ni para estar nervioso.
Y comprendí que el sentido de la vida
no tiene sentido.
Que matemáticamente soy cero, eterno.
Que no hay buenos poetas, solo lucidez.
Que la suerte es un mito, por casualidad.
Que dormir es un permiso
para nuestra condenada alma
y que cuando se hace de noche
es porque llegará el alba.