Con un llameante cuchillo en mano,aquella moza de mofletes enrojecidos,se abalanzó como una loca ménade sobre su descarado amado.Quería hacerle pagar las varias infidelidades que él,contumaz e irónico,había realizado a las espaldas de su negra diosa del Amor.Entonces,cuando ya lo tenía impotente sobre el lustroso pavimento,al oírlo gemir como un defenestrado diablo,le entró la tristeza de una fuente vaga y perdida en el horizonte de la encapotada perdición.Dejó caer la malévola daga y lo fue cubriendo de besos en la luminosa faz de Narciso arrepentido.Ambos se acostaron esa misma noche,en la alcoba con olor a azufre y con colgaduras en el lecho mortuorio de aberrantes murciélagos pardos.Hicieron el amor.Pero cuando ya estaban llegando al divino orgasmo,él,cruel y despiadado,se rió del semblante desencajado de la mujer,dejándola en un infinito y poderoso mar de dudas.