Cruzaba lentamente la vereda
cubierto por la sombra de los años,
llevando entre los pliegues del silencio
las voces que dejaron los fracasos.
Miraba cómo el viento de la tarde
deshoja las certezas del verano,
y en cada hoja muerta comprendía
la inútil vanidad de los atajos.
Entonces vio a lo lejos un anciano
sentado junto al borde de un remanso,
mirando cómo el agua de la acequia
seguía su camino sin descanso.
—La vida —dijo, no nos pertenece,
tan solo somos barro entre sus manos;
quien lucha contra el curso de las horas
termina prisionero de su engaño.
Y el hombre, al escucharlo, guardó dentro
la paz que no encontró buscando tanto,
pues supo que el destino de la tierra
consiste en florecer… y marchitarnos.
cubierto por la sombra de los años,
llevando entre los pliegues del silencio
las voces que dejaron los fracasos.
Miraba cómo el viento de la tarde
deshoja las certezas del verano,
y en cada hoja muerta comprendía
la inútil vanidad de los atajos.
Entonces vio a lo lejos un anciano
sentado junto al borde de un remanso,
mirando cómo el agua de la acequia
seguía su camino sin descanso.
—La vida —dijo, no nos pertenece,
tan solo somos barro entre sus manos;
quien lucha contra el curso de las horas
termina prisionero de su engaño.
Y el hombre, al escucharlo, guardó dentro
la paz que no encontró buscando tanto,
pues supo que el destino de la tierra
consiste en florecer… y marchitarnos.
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