Alan Rosas
Poeta recién llegado
El caballero con saco de marca
y pantalón de otra,
se queda modorro sobre la cera
que le da figura
a su única compañera.
Con lo único que dispone
para firmar un pacto de paz,
entre la tranquilidad y la confianza
que nos otorga el día
cuando se las ve negras,
son con sus manos
que acogieron otras
en algún cine.
Y la comodidad de su casa que arrastra
como borrando lo que deja atrás,
como borrándole el camino
a la soledad.
Cuando el día
se abstiene de darle calor,
la soledad es tan fresca
a esa hora.
Con los scherzos
a las paradas,
y el viento que le susurra
cosas lindas,
mira al cielo
porque no tiene techo
que le estorbara
poder contemplar,
a las cinco únicas estrellas
que llega a poder contar,
hasta quedarse dormido.
Cuando al día se le acaba
su encanto,
mi cuarto se viste de negro,
como la viuda
cuando está de luto.
Me recuesto en el firmamento
bordado con mis utopías
de tu apariencia,
y algunos cabellos
que se me caen.
Y la soledad se abstiene de hablar
porque quedo afónica
de tanto cantar rancheras.
Esta se me acurruca
en el lado de la cama
que no ocupo,
y eso que duermo
entre la orilla y la ribera,
como toda una amante.
Espero y vaya a medirle
la circunferencia a la luna
con una regla plana,
porque necesito que vuelvas,
y vuelvas a necesitarme...
y pantalón de otra,
se queda modorro sobre la cera
que le da figura
a su única compañera.
Con lo único que dispone
para firmar un pacto de paz,
entre la tranquilidad y la confianza
que nos otorga el día
cuando se las ve negras,
son con sus manos
que acogieron otras
en algún cine.
Y la comodidad de su casa que arrastra
como borrando lo que deja atrás,
como borrándole el camino
a la soledad.
Cuando el día
se abstiene de darle calor,
la soledad es tan fresca
a esa hora.
Con los scherzos
a las paradas,
y el viento que le susurra
cosas lindas,
mira al cielo
porque no tiene techo
que le estorbara
poder contemplar,
a las cinco únicas estrellas
que llega a poder contar,
hasta quedarse dormido.
Cuando al día se le acaba
su encanto,
mi cuarto se viste de negro,
como la viuda
cuando está de luto.
Me recuesto en el firmamento
bordado con mis utopías
de tu apariencia,
y algunos cabellos
que se me caen.
Y la soledad se abstiene de hablar
porque quedo afónica
de tanto cantar rancheras.
Esta se me acurruca
en el lado de la cama
que no ocupo,
y eso que duermo
entre la orilla y la ribera,
como toda una amante.
Espero y vaya a medirle
la circunferencia a la luna
con una regla plana,
porque necesito que vuelvas,
y vuelvas a necesitarme...
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