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Cuando era joven

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Cuando era joven, libres eran mis manos,
cual viento entre árboles, risueños, ufanos,
y mi risa, melodía sin sombra ni velo,
un canto que brotaba sin miedo del suelo.

Corría por campos, abrazando al sol,
soñando con cielos, sin límites, sin rol,
con la inocencia de un niño en sus albores,
ajeno al peso de lágrimas y dolores.

En aquellos días, mi corazón jardín,
donde florecían esperanzas sin fin,
cada amanecer traía un milagro nuevo,
y la noche estrellas, cómplices en su juego.

Pero la juventud, con su paso fugaz,
trae lamentos, adioses y un pesar tenaz,
preguntas sin respuesta, sueños quebrados,
y el amor que se quiebra en cristales dorados.

Mis manos, que el mundo sostenían sin fin,
tiemblan ahora bajo nostalgia en su trajín,
mi risa, aunque aún suena, lleva en su eco
melancolía de un tiempo, recuerdos en hueco.

Creía que el amor era eterno en su luz,
una llama perenne sin sombra, sin cruz,
pero aprendí que el amor también se quiebra,
como cristal delicado en manos que tiemblan.

Ahora, miro atrás con ojos sabios, curtidos,
el corazón marcado por tiempos ya idos,
y abrazo esos días de luz y de sombras,
con gratitud y lamento en sus hondas.

Ser joven es don efímero, flor de estación,
se abre y se marchita en breve, en canción,
pero en su esplendor enseña a vivir,
la belleza y tristeza, el eterno sentir.

Aunque el tiempo robe esa inocencia dorada,
queda en mi alma el recuerdo en su alborada,
como poema escrito con tinta invisible,
testimonio de risa y llanto, indivisible.
 
Cuando era joven, libres eran mis manos,
cual viento entre árboles, risueños, ufanos,
y mi risa, melodía sin sombra ni velo,
un canto que brotaba sin miedo del suelo.

Corría por campos, abrazando al sol,
soñando con cielos, sin límites, sin rol,
con la inocencia de un niño en sus albores,
ajeno al peso de lágrimas y dolores.

En aquellos días, mi corazón jardín,
donde florecían esperanzas sin fin,
cada amanecer traía un milagro nuevo,
y la noche estrellas, cómplices en su juego.

Pero la juventud, con su paso fugaz,
trae lamentos, adioses y un pesar tenaz,
preguntas sin respuesta, sueños quebrados,
y el amor que se quiebra en cristales dorados.

Mis manos, que el mundo sostenían sin fin,
tiemblan ahora bajo nostalgia en su trajín,
mi risa, aunque aún suena, lleva en su eco
melancolía de un tiempo, recuerdos en hueco.

Creía que el amor era eterno en su luz,
una llama perenne sin sombra, sin cruz,
pero aprendí que el amor también se quiebra,
como cristal delicado en manos que tiemblan.

Ahora, miro atrás con ojos sabios, curtidos,
el corazón marcado por tiempos ya idos,
y abrazo esos días de luz y de sombras,
con gratitud y lamento en sus hondas.

Ser joven es don efímero, flor de estación,
se abre y se marchita en breve, en canción,
pero en su esplendor enseña a vivir,
la belleza y tristeza, el eterno sentir.

Aunque el tiempo robe esa inocencia dorada,
queda en mi alma el recuerdo en su alborada,
como poema escrito con tinta invisible,
testimonio de risa y llanto, indivisible.
Muy bueno.

Saludos
 
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