Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Cuando jugamos a mamá y papá,
yo te decía “tú haces que llegas cansado del trabajo”
y tú decías “tú haces que me das un beso sin ganas.”
Nos reíamos.
Repartíamos roles como quien reparte caramelos,
sin saber que los caramelos se acaban
y los roles duelen cuando ya no se puede salir del juego.
Jugábamos en la sala,
poniendo almohadas como camas,
una muñeca por hija,
y un vaso de agua por cena.
Éramos madre y padre,
sin saber de insomnios,
de recibos vencidos,
de pañales de madrugada,
de silencios que matan más que los gritos.
Nos explorábamos con la inocencia
con la que los niños descubren el fuego:
curiosos, temblorosos,
sin saber que también quema.
Nos tocábamos sin tocar,
con la urgencia de lo que no se entiende
pero se siente.
Ahora que soy papá de verdad
—y no por juego—
me acuerdo de ti,
de tus coletas mal hechas,
de tu voz diciendo “me toca trabajar”,
de la manera en que jugábamos
a la vida sin saber vivirla.
Ahora sé que papá no es solo un nombre,
ni mamá un papel que se finge.
Ahora sé que hay días en que uno quisiera
volver a poner almohadas en el piso,
y decirte: “Vamos a jugar otra vez.”
Pero tú ya no estás.
Y yo ya no juego.
Solo vivo.
Como adulto.
Como padre.
Como el niño que todavía busca a su mamá
entre las sombras de los deberes.
Como el que aún recuerda
cuando jugábamos a querernos
sin saber lo que quererse duele.
yo te decía “tú haces que llegas cansado del trabajo”
y tú decías “tú haces que me das un beso sin ganas.”
Nos reíamos.
Repartíamos roles como quien reparte caramelos,
sin saber que los caramelos se acaban
y los roles duelen cuando ya no se puede salir del juego.
Jugábamos en la sala,
poniendo almohadas como camas,
una muñeca por hija,
y un vaso de agua por cena.
Éramos madre y padre,
sin saber de insomnios,
de recibos vencidos,
de pañales de madrugada,
de silencios que matan más que los gritos.
Nos explorábamos con la inocencia
con la que los niños descubren el fuego:
curiosos, temblorosos,
sin saber que también quema.
Nos tocábamos sin tocar,
con la urgencia de lo que no se entiende
pero se siente.
Ahora que soy papá de verdad
—y no por juego—
me acuerdo de ti,
de tus coletas mal hechas,
de tu voz diciendo “me toca trabajar”,
de la manera en que jugábamos
a la vida sin saber vivirla.
Ahora sé que papá no es solo un nombre,
ni mamá un papel que se finge.
Ahora sé que hay días en que uno quisiera
volver a poner almohadas en el piso,
y decirte: “Vamos a jugar otra vez.”
Pero tú ya no estás.
Y yo ya no juego.
Solo vivo.
Como adulto.
Como padre.
Como el niño que todavía busca a su mamá
entre las sombras de los deberes.
Como el que aún recuerda
cuando jugábamos a querernos
sin saber lo que quererse duele.