Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Cuando nos volvamos a encontrar
—porque te juro que eso va a pasar aunque se nos mueran todos los relojes—
no quiero promesas ni discursos,
quiero tus manos viejas de ternura,
tu voz gastada de tantas noches sin mí,
y esa forma tan tuya de romper el silencio con un suspiro.
Nos vamos a mirar con los ojos heridos
de tanta espera, de tanto aguante,
con el corazón zurcido con hilos de otros
que no supieron cosernos.
Pero ahí estaremos.
Tú, yo,
y este amor que nunca aprendió a obedecer al calendario.
Cuando nos volvamos a encontrar,
no hablemos del tiempo.
No digamos “te extrañé”
porque nos va a doler hasta el aire.
Mejor dime algo simple, algo bobo,
como si apenas nos hubiéramos separado por un café.
Tal vez me abraces
como si estuvieras leyendo la última página del libro más triste,
y yo me calle,
porque la alegría también sabe morder la garganta.
Vamos a reír,
pero con esa risa que trae lágrimas escondidas.
Vamos a tocarnos despacio,
con miedo de romper lo que todavía tiembla.
Y no va a importar cuántos inviernos cargamos,
ni los nombres que escribimos en otras pieles,
ni los trenes que perdimos por no saber despedirnos.
Cuando nos volvamos a encontrar,
seremos dos sobrevivientes del amor.
Dos locos que aún creen
que lo imposible a veces regresa,
que lo perdido tiene memoria,
y que tú y yo,
aunque tarde,
aunque rotos,
todavía nos pertenecemos.
—porque te juro que eso va a pasar aunque se nos mueran todos los relojes—
no quiero promesas ni discursos,
quiero tus manos viejas de ternura,
tu voz gastada de tantas noches sin mí,
y esa forma tan tuya de romper el silencio con un suspiro.
Nos vamos a mirar con los ojos heridos
de tanta espera, de tanto aguante,
con el corazón zurcido con hilos de otros
que no supieron cosernos.
Pero ahí estaremos.
Tú, yo,
y este amor que nunca aprendió a obedecer al calendario.
Cuando nos volvamos a encontrar,
no hablemos del tiempo.
No digamos “te extrañé”
porque nos va a doler hasta el aire.
Mejor dime algo simple, algo bobo,
como si apenas nos hubiéramos separado por un café.
Tal vez me abraces
como si estuvieras leyendo la última página del libro más triste,
y yo me calle,
porque la alegría también sabe morder la garganta.
Vamos a reír,
pero con esa risa que trae lágrimas escondidas.
Vamos a tocarnos despacio,
con miedo de romper lo que todavía tiembla.
Y no va a importar cuántos inviernos cargamos,
ni los nombres que escribimos en otras pieles,
ni los trenes que perdimos por no saber despedirnos.
Cuando nos volvamos a encontrar,
seremos dos sobrevivientes del amor.
Dos locos que aún creen
que lo imposible a veces regresa,
que lo perdido tiene memoria,
y que tú y yo,
aunque tarde,
aunque rotos,
todavía nos pertenecemos.
Última edición: