Oona
Poeta recién llegado
Hubo un tiempo en que yo, rostro tenía, era un tiempo en que todos lo veían pero yo nunca pude verlo, a veces me asomaba al reflejo del agua cristalina, pero era poco el tiempo que disponía para distinguirlo en realidad. Yo siempre ví la forma en la mirada de los otros, creyendo que sus ojos eran así para con todos y nunca tuve respecto a mi apariencia una pizca de engreimiento, porque era mi atención hacia lo imperecedero y nací ya de por sí con un alma vieja.
Dice el oráculo que antes de ser humana, yo era águila y aún antes, muy antes fui un helecho, yo solo sé que uno se cansa de ser estático y entonces le da por irse a volar, aunque ello implique a veces pasar hambre y soledad, pero esa soledad en los aires, allá muy alto ni se siente; eso sí, encuentra rápidamente uno, la naturaleza en la cadena alimentaria y sin dudarlo se adapta a ella, más allá de todo ese veganismo antinatura, yo entendí la sabiduría en la boca del hambre. En las estaciones secas y en el tiempo, jamás supe lo que era la tristeza, hasta que me volví humana y vi como mataban a las ballenas; siendo una niña lloré y nadie pudo darme consuelo, ví a mis congéneres matar sin piedad a las aves, mis hermanas del cielo, pero lo hacían sin ningún propósito, las dejaban allí tiradas sin comerlas y no pude entenderlo. Fue así que recordé ser hace siglos un rey estéril cansado, recordé haber sido un ser amargado y sanguinario, pude recordar entonces mi naturaleza cobarde y ambiciosa, y sentí mucha vergüenza, lloré como nunca tal vez se ha llorado. ¿Porque era ahora yo una hembra humana, cuando merecía ser gusano?
Hubo un tiempo, cuando yo rostro tenía, pero jamás pude en realidad verlo, era un ser hermoso y luminoso, pero jamás pude disfrutar mi luz, porque mi rostro fue siempre para otros, yo a mi misma nunca pude sonreírme, ni percatarme de mi real naturaleza... La apacibilidad del helecho, la agudeza del águila, la sabiduría de un rey anciano, la humildad de ser estéril, de no trascender más que en la mente y corazón de los hombres, porque mi estirpe acabaría conmigo, porque no pude con cien hembras tener tener ni un solo hijo.
Entonces fui helecho, fui águila, rey y hembra, cuando un rostro tenía y todos podían verlo, menos yo porque a un águila, a un helecho y a un rey no les importa su apariencia, pero a una hembra humana si que debía importarle y lloraba por no ser nunca suficiente. Hasta que un día recordé quien era y mis lágrimas se secaron por siempre, entonces ya nadie parecía notarme, me sentí tranquila y libre, con suficientes fuerzas para aún llegar muy lejos, aunque ya sin rostro, siendo casi invisible.
Dice el oráculo que antes de ser humana, yo era águila y aún antes, muy antes fui un helecho, yo solo sé que uno se cansa de ser estático y entonces le da por irse a volar, aunque ello implique a veces pasar hambre y soledad, pero esa soledad en los aires, allá muy alto ni se siente; eso sí, encuentra rápidamente uno, la naturaleza en la cadena alimentaria y sin dudarlo se adapta a ella, más allá de todo ese veganismo antinatura, yo entendí la sabiduría en la boca del hambre. En las estaciones secas y en el tiempo, jamás supe lo que era la tristeza, hasta que me volví humana y vi como mataban a las ballenas; siendo una niña lloré y nadie pudo darme consuelo, ví a mis congéneres matar sin piedad a las aves, mis hermanas del cielo, pero lo hacían sin ningún propósito, las dejaban allí tiradas sin comerlas y no pude entenderlo. Fue así que recordé ser hace siglos un rey estéril cansado, recordé haber sido un ser amargado y sanguinario, pude recordar entonces mi naturaleza cobarde y ambiciosa, y sentí mucha vergüenza, lloré como nunca tal vez se ha llorado. ¿Porque era ahora yo una hembra humana, cuando merecía ser gusano?
Hubo un tiempo, cuando yo rostro tenía, pero jamás pude en realidad verlo, era un ser hermoso y luminoso, pero jamás pude disfrutar mi luz, porque mi rostro fue siempre para otros, yo a mi misma nunca pude sonreírme, ni percatarme de mi real naturaleza... La apacibilidad del helecho, la agudeza del águila, la sabiduría de un rey anciano, la humildad de ser estéril, de no trascender más que en la mente y corazón de los hombres, porque mi estirpe acabaría conmigo, porque no pude con cien hembras tener tener ni un solo hijo.
Entonces fui helecho, fui águila, rey y hembra, cuando un rostro tenía y todos podían verlo, menos yo porque a un águila, a un helecho y a un rey no les importa su apariencia, pero a una hembra humana si que debía importarle y lloraba por no ser nunca suficiente. Hasta que un día recordé quien era y mis lágrimas se secaron por siempre, entonces ya nadie parecía notarme, me sentí tranquila y libre, con suficientes fuerzas para aún llegar muy lejos, aunque ya sin rostro, siendo casi invisible.