¿Cuántos años han pasado de mi muerte?

EPICTETO

Poeta adicto al portal
Estoy en la cama, parezco cansado, y un grito se oye entre las 4 paredes de la casa. Me levanto acongojado, sorprendido por la inmensa realidad de su voz, tan fuerte que, aún con la puerta cerrada, penetra mis oídos y mi pecho.
Tomo el arma, guardada en la mesita de luz (2 cajón); tenía algunas balas, pero, sinceramente, nunca se había pasado por mi mente escuchar su ruido, su atroz sonido, franco y directo.
Caminaba sigilosamente, pero la alfombra (que ya tenía algunos años) hacía que en cada paso mío, se oyera exageradamente el desquebrajo de su silueta malgastada. Y encima, mi torpeza, agudizaba todos los pasos que mis pies esgrimían traduciéndolos en nervios conscientes de sí mismos, pero no de su entorno; lo cierto es que el arma estaba cargada y eso me daba un poco de seguridad, por lo menos, como para tener una mínima defensa.
Mi cabeza daba vueltas como una ruleta, los gritos cada vez eran menores, hasta llegar aun silencio, que en verdad, me calaba los huesos.
El miedo atrapaba mis sentidos: mis manos temblaban, mi piel transpiraba más de lo normal y mis piernas no coordinaban como acostumbraban a hacerlo.
Abrí la puerta que dividía mi soledad del terror, ese trance al sufrimiento, a saber que la muerte me esperaba con sus brazos abiertos, a la tortura que me seguía consumiendo y ahondaba el vacío en mi pecho segundo tras segundo.
Me asomaba tenuemente y mis ojos asombrados, no hacían otra cosa que llorar, sin razón, llorar lágrimas fundidas en un deseo, en un -¡No quiero ver lo que estoy viendo!-. No soportaba esa imagen aterrante: un hombre voraz, desaforado, clavando unas tras otras las puñaladas en mi corazón. La imagen era perfecta, el se abalanzaba en sus hombros y apuntaba directo al centro de mi arrojo; la luz se acortaba, todo era gris y mi voz dislocada pendía de un hilo flaco y moribundo.
Lo sabía, me estaba muriendo, bañado en sangre, mi rostro se ahogaba, mi auxilio era más intenso, pero a la vez, más promiscuo, estaba por fallecer.
Veía su cara que sonreía en cada puntazo, en cada abrazo del filo de su daga y mi carne, juraba no morir por su engaño, ambos sabíamos que esto no podría terminar así nomás.
Logré alcanzar un rastro de luz en mis ojos en forma de unos quinqués. Era lo único que podía pretender, ya con mi cuerpo frío, a medio edén. Entonces tras ese atisbo conseguí abalanzarme sobre ellos y sin más remedio, apretar el gatillo, matarlos a ambos. No pensaba morir solo.
Francamente, nunca pudieron saberlo, murieron felices, llenos de amor, uno encima del otro, abrazados, “él todavía sonreía”; y mi sombra se perdía en el rojo de pasión y el fuego hecho cenizas, se perdía en el tiempo, sólo se perdía fugazmente aunque ese cuadro, pintado por mis propias manos quedaría grabado en mis años. ¿Cuántos años han pasado desde mi muerte?, ¿Cuántos, mi Dios?
 
Última edición:
Muy interesante. Narras muy bien la escena y describes muy bien la situación. Es apasionante el contenido, si no me equivoco, el de rememorar tu muerte.Saludos
 
¡Ups, Dany! Un tema escalofriante el que nos has traído hoy. Quizás por ver y vivir en medio una gran insegurida y cotidianamente ver como sufren tantas personas por las pérdidas de su seres queridos en manos de "personas" como el protagonista de tu relato... De todas maneras amigo, debo expresarte mi admiración hacia tus letras. Saludos, tu amiga Romi
 
aterradora azaña ,de una fuerza brutal del instito de la super vivencia
un relato fascinante ,,,,,,,,tofol
 
La pasión de tu lograda descripción es amplia y fortalecida por conquistadas imágenes, mis sinceras felicitaciones. Es un honor poder leerte y gracias por compartirlo.
 
Estoy en la cama, parezco cansado, y un grito se oye entre las 4 paredes de la casa. Me levanto acongojado, sorprendido por la inmensa realidad de su voz, tan fuerte que, aún con la puerta cerrada, penetra mis oídos y mi pecho.
Tomo el arma, guardada en la mesita de luz (2 cajón); tenía algunas balas, pero, sinceramente, nunca se había pasado por mi mente escuchar su ruido, su atroz sonido, franco y directo.
Caminaba sigilosamente, pero la alfombra (que ya tenía algunos años) hacía que en cada paso mío, se oyera exageradamente el desquebrajo de su silueta malgastada. Y encima, mi torpeza, agudizaba todos los pasos que mis pies esgrimían traduciéndolos en nervios conscientes de sí mismos, pero no de su entorno; lo cierto es que el arma estaba cargada y eso me daba un poco de seguridad, por lo menos, como para tener una mínima defensa.
Mi cabeza daba vueltas como una ruleta, los gritos cada vez eran menores, hasta llegar aun silencio, que en verdad, me calaba los huesos.
El miedo atrapaba mis sentidos: mis manos temblaban, mi piel transpiraba más de lo normal y mis piernas no coordinaban como acostumbraban a hacerlo.
Abrí la puerta que dividía mi soledad del terror, ese trance al sufrimiento, a saber que la muerte me esperaba con sus brazos abiertos, a la tortura que me seguía consumiendo y ahondaba el vacío en mi pecho segundo tras segundo.
Me asomaba tenuemente y mis ojos asombrados, no hacían otra cosa que llorar, sin razón, llorar lágrimas fundidas en un deseo, en un -¡No quiero ver lo que estoy viendo!-. No soportaba esa imagen aterrante: un hombre voraz, desaforado, clavando unas tras otras las puñaladas en mi corazón. La imagen era perfecta, el se abalanzaba en sus hombros y apuntaba directo al centro de mi arrojo; la luz se acortaba, todo era gris y mi voz dislocada pendía de un hilo flaco y moribundo.
Lo sabía, me estaba muriendo, bañado en sangre, mi rostro se ahogaba, mi auxilio era más intenso, pero a la vez, más promiscuo, estaba por fallecer.
Veía su cara que sonreía en cada puntazo, en cada abrazo del filo de su daga y mi carne, juraba no morir por su engaño, ambos sabíamos que esto no podría terminar así nomás.
Logré alcanzar un rastro de luz en mis ojos en forma de unos quinqués. Era lo único que podía pretender, ya con mi cuerpo frío, a medio edén. Entonces tras ese atisbo conseguí abalanzarme sobre ellos y sin más remedio, apretar el gatillo, matarlos a ambos. No pensaba morir solo.
Francamente, nunca pudieron saberlo, murieron felices, llenos de amor, uno encima del otro, abrazados, “él todavía sonreía”; y mi sombra se perdía en el rojo de pasión y el fuego hecho cenizas, se perdía en el tiempo, sólo se perdía fugazmente aunque ese cuadro, pintado por mis propias manos quedaría grabado en mis años. ¿Cuántos años han pasado desde mi muerte?, ¿Cuántos, mi Dios?


Vívido relato, estimado Epícteto, donde aparecen amenazas, miedos, algún ingrediente onírico y quizás surrealista, y finalmente acción e imaginación;
me ha gustado;
encuentro que tal vez el significado de la palabra promiscuo, no es apropiada para lo que quisiste decir,
un saludo cordial,
eelabarra
 
Geacias a todos por leer. Entiendo Edel, que promiscuo sig. mezcla abrupta. De ahí mi sentido. La sangre, los pensamientos, la alta de respiración. Saludos.
 
Estoy en la cama, parezco cansado, y un grito se oye entre las 4 paredes de la casa. Me levanto acongojado, sorprendido por la inmensa realidad de su voz, tan fuerte que, aún con la puerta cerrada, penetra mis oídos y mi pecho.
Tomo el arma, guardada en la mesita de luz (2 cajón); tenía algunas balas, pero, sinceramente, nunca se había pasado por mi mente escuchar su ruido, su atroz sonido, franco y directo.
Caminaba sigilosamente, pero la alfombra (que ya tenía algunos años) hacía que en cada paso mío, se oyera exageradamente el desquebrajo de su silueta malgastada. Y encima, mi torpeza, agudizaba todos los pasos que mis pies esgrimían traduciéndolos en nervios conscientes de sí mismos, pero no de su entorno; lo cierto es que el arma estaba cargada y eso me daba un poco de seguridad, por lo menos, como para tener una mínima defensa.
Mi cabeza daba vueltas como una ruleta, los gritos cada vez eran menores, hasta llegar aun silencio, que en verdad, me calaba los huesos.
El miedo atrapaba mis sentidos: mis manos temblaban, mi piel transpiraba más de lo normal y mis piernas no coordinaban como acostumbraban a hacerlo.
Abrí la puerta que dividía mi soledad del terror, ese trance al sufrimiento, a saber que la muerte me esperaba con sus brazos abiertos, a la tortura que me seguía consumiendo y ahondaba el vacío en mi pecho segundo tras segundo.
Me asomaba tenuemente y mis ojos asombrados, no hacían otra cosa que llorar, sin razón, llorar lágrimas fundidas en un deseo, en un -¡No quiero ver lo que estoy viendo!-. No soportaba esa imagen aterrante: un hombre voraz, desaforado, clavando unas tras otras las puñaladas en mi corazón. La imagen era perfecta, el se abalanzaba en sus hombros y apuntaba directo al centro de mi arrojo; la luz se acortaba, todo era gris y mi voz dislocada pendía de un hilo flaco y moribundo.
Lo sabía, me estaba muriendo, bañado en sangre, mi rostro se ahogaba, mi auxilio era más intenso, pero a la vez, más promiscuo, estaba por fallecer.
Veía su cara que sonreía en cada puntazo, en cada abrazo del filo de su daga y mi carne, juraba no morir por su engaño, ambos sabíamos que esto no podría terminar así nomás.
Logré alcanzar un rastro de luz en mis ojos en forma de unos quinqués. Era lo único que podía pretender, ya con mi cuerpo frío, a medio edén. Entonces tras ese atisbo conseguí abalanzarme sobre ellos y sin más remedio, apretar el gatillo, matarlos a ambos. No pensaba morir solo.
Francamente, nunca pudieron saberlo, murieron felices, llenos de amor, uno encima del otro, abrazados, “él todavía sonreía”; y mi sombra se perdía en el rojo de pasión y el fuego hecho cenizas, se perdía en el tiempo, sólo se perdía fugazmente aunque ese cuadro, pintado por mis propias manos quedaría grabado en mis años. ¿Cuántos años han pasado desde mi muerte?, ¿Cuántos, mi Dios?

Woooooooooooooow!!!. Te dejo todo un cielo de estrellas. De verdad!!! Que no me lo esperaba. Me sorprendio el final. Un fraternal abrazo amigo. Gracias por compartirlo. Marie,
 
Impresionante tu prosa , digna de tu inmensa creatividad y talento...me gusto muchisimo como manejaste sobre todo el suspenso, como mantuviste mi atencion alerta...te digo que mas que leer devore tu obra...el final de antologia...Una maravilla
Un placer visitarte amigo
Besos
Ximena
 
Bueno niño valla que esta muy bien redactado tu trabajo, acaso es basado en algo que te paso? si es asi creeme que te entiendo, cuantas veces uno se imagina exactamente lo mismo deceando tener las agallas...y un dia las tienes....miedo no?....me gusto mucho me siento conectada con este escrito, te felicito ^-^
 
A decir verdad fue mas alla de lo que esperaba, cada segundo del relato me mantuvo perpleja. eres muy bueno!!
 
Manejas el tema de la muerte de forma magistral, uno como lector se ve atrapado en cada una de las descripciones que haces y el cierre el estupendo. Mis felicitaciones.
 
Gracias Caballero (jejej). Un orgullo poder escribir para Uds. mis amigos del portal. Besos y abrazos de Epícteto.
 
Inmensa prosa, laconica pero con muchas descripciones y un tema poco usual y muy bien manejado por ti.
 
Estoy en la cama, parezco cansado, y un grito se oye entre las 4 paredes de la casa. Me levanto acongojado, sorprendido por la inmensa realidad de su voz, tan fuerte que, aún con la puerta cerrada, penetra mis oídos y mi pecho.
Tomo el arma, guardada en la mesita de luz (2 cajón); tenía algunas balas, pero, sinceramente, nunca se había pasado por mi mente escuchar su ruido, su atroz sonido, franco y directo.
Caminaba sigilosamente, pero la alfombra (que ya tenía algunos años) hacía que en cada paso mío, se oyera exageradamente el desquebrajo de su silueta malgastada. Y encima, mi torpeza, agudizaba todos los pasos que mis pies esgrimían traduciéndolos en nervios conscientes de sí mismos, pero no de su entorno; lo cierto es que el arma estaba cargada y eso me daba un poco de seguridad, por lo menos, como para tener una mínima defensa.
Mi cabeza daba vueltas como una ruleta, los gritos cada vez eran menores, hasta llegar aun silencio, que en verdad, me calaba los huesos.
El miedo atrapaba mis sentidos: mis manos temblaban, mi piel transpiraba más de lo normal y mis piernas no coordinaban como acostumbraban a hacerlo.
Abrí la puerta que dividía mi soledad del terror, ese trance al sufrimiento, a saber que la muerte me esperaba con sus brazos abiertos, a la tortura que me seguía consumiendo y ahondaba el vacío en mi pecho segundo tras segundo.
Me asomaba tenuemente y mis ojos asombrados, no hacían otra cosa que llorar, sin razón, llorar lágrimas fundidas en un deseo, en un -¡No quiero ver lo que estoy viendo!-. No soportaba esa imagen aterrante: un hombre voraz, desaforado, clavando unas tras otras las puñaladas en mi corazón. La imagen era perfecta, el se abalanzaba en sus hombros y apuntaba directo al centro de mi arrojo; la luz se acortaba, todo era gris y mi voz dislocada pendía de un hilo flaco y moribundo.
Lo sabía, me estaba muriendo, bañado en sangre, mi rostro se ahogaba, mi auxilio era más intenso, pero a la vez, más promiscuo, estaba por fallecer.
Veía su cara que sonreía en cada puntazo, en cada abrazo del filo de su daga y mi carne, juraba no morir por su engaño, ambos sabíamos que esto no podría terminar así nomás.
Logré alcanzar un rastro de luz en mis ojos en forma de unos quinqués. Era lo único que podía pretender, ya con mi cuerpo frío, a medio edén. Entonces tras ese atisbo conseguí abalanzarme sobre ellos y sin más remedio, apretar el gatillo, matarlos a ambos. No pensaba morir solo.
Francamente, nunca pudieron saberlo, murieron felices, llenos de amor, uno encima del otro, abrazados, “él todavía sonreía”; y mi sombra se perdía en el rojo de pasión y el fuego hecho cenizas, se perdía en el tiempo, sólo se perdía fugazmente aunque ese cuadro, pintado por mis propias manos quedaría grabado en mis años. ¿Cuántos años han pasado desde mi muerte?, ¿Cuántos, mi Dios?


magnifica tu prosa fue para mis ojos.
´es mejor dejar de existir que andar
viviendo muerto.´!
 
Tremendas letras estimado amigo. Te felicito te destacas muy bien en la prosa, algo que yo no hago. Sigue adelante que tienes mucho talento. Un cordial saludo y mis respetos.
 
interesante y a la vez desconcertante tema el de tu prosa, me quede sin palabras, manegas muy bien la descripcion que pueden aparecer imagenes en la mente al leer tus lineas.
un placer leer tu prosa
 
Estoy en la cama, parezco cansado, y un grito se oye entre las 4 paredes de la casa. Me levanto acongojado, sorprendido por la inmensa realidad de su voz, tan fuerte que, aún con la puerta cerrada, penetra mis oídos y mi pecho.
Tomo el arma, guardada en la mesita de luz (2 cajón); tenía algunas balas, pero, sinceramente, nunca se había pasado por mi mente escuchar su ruido, su atroz sonido, franco y directo.
Caminaba sigilosamente, pero la alfombra (que ya tenía algunos años) hacía que en cada paso mío, se oyera exageradamente el desquebrajo de su silueta malgastada. Y encima, mi torpeza, agudizaba todos los pasos que mis pies esgrimían traduciéndolos en nervios conscientes de sí mismos, pero no de su entorno; lo cierto es que el arma estaba cargada y eso me daba un poco de seguridad, por lo menos, como para tener una mínima defensa.
Mi cabeza daba vueltas como una ruleta, los gritos cada vez eran menores, hasta llegar aun silencio, que en verdad, me calaba los huesos.
El miedo atrapaba mis sentidos: mis manos temblaban, mi piel transpiraba más de lo normal y mis piernas no coordinaban como acostumbraban a hacerlo.
Abrí la puerta que dividía mi soledad del terror, ese trance al sufrimiento, a saber que la muerte me esperaba con sus brazos abiertos, a la tortura que me seguía consumiendo y ahondaba el vacío en mi pecho segundo tras segundo.
Me asomaba tenuemente y mis ojos asombrados, no hacían otra cosa que llorar, sin razón, llorar lágrimas fundidas en un deseo, en un -¡No quiero ver lo que estoy viendo!-. No soportaba esa imagen aterrante: un hombre voraz, desaforado, clavando unas tras otras las puñaladas en mi corazón. La imagen era perfecta, el se abalanzaba en sus hombros y apuntaba directo al centro de mi arrojo; la luz se acortaba, todo era gris y mi voz dislocada pendía de un hilo flaco y moribundo.
Lo sabía, me estaba muriendo, bañado en sangre, mi rostro se ahogaba, mi auxilio era más intenso, pero a la vez, más promiscuo, estaba por fallecer.
Veía su cara que sonreía en cada puntazo, en cada abrazo del filo de su daga y mi carne, juraba no morir por su engaño, ambos sabíamos que esto no podría terminar así nomás.
Logré alcanzar un rastro de luz en mis ojos en forma de unos quinqués. Era lo único que podía pretender, ya con mi cuerpo frío, a medio edén. Entonces tras ese atisbo conseguí abalanzarme sobre ellos y sin más remedio, apretar el gatillo, matarlos a ambos. No pensaba morir solo.
Francamente, nunca pudieron saberlo, murieron felices, llenos de amor, uno encima del otro, abrazados, “él todavía sonreía”; y mi sombra se perdía en el rojo de pasión y el fuego hecho cenizas, se perdía en el tiempo, sólo se perdía fugazmente aunque ese cuadro, pintado por mis propias manos quedaría grabado en mis años. ¿Cuántos años han pasado desde mi muerte?, ¿Cuántos, mi Dios?
Epicteto, a decir verdad no suelo venir a leer prosas porque sinceramente no considero interesante o minimamente bueno casi nada de lo que se escribe aqui (y con esto no digo que yo sea mejor, porque realmente no lo soy), pero por curiosidad acerca de ti pues... vine a leerte y sabes? ha sido grato.
Me ha encantado la imagen entera que pintas en tu escrito y la descripción completa, la llebaste de una forma muy mental, tanto que me temo que muchos de los que te lean no la entenderán... pero bueno lo que importa es decirte que ha valido la pena leerte y mucho, tu contenido estubo genial a mi gusto personal.
Epicteto, gracias, tenia mucho que no leia algo intereante en prosas.
Saludos.
 
Hola, interesante escrito, del que nacen diversas interpretaciones, apunto a lo siguiente ¿cuántas veces morimos durante nuestra vida?, caemos nos levantamos, quedamos sin energia para segur, nuevamente tomamos impulso, el título me lleva a pensar que vives intensamente, porque sólo viviendo así, puedes darte cuenta de las veces en que has muerto. Mil gracias por compartir, me reflejé en tus letras, he muerto muchas veces y vuelvo a surgir de la nada, Saludos y estrellas
¡SONRIE!
 
Estoy en la cama, parezco cansado, y un grito se oye entre las 4 paredes de la casa. Me levanto acongojado, sorprendido por la inmensa realidad de su voz, tan fuerte que, aún con la puerta cerrada, penetra mis oídos y mi pecho.
Tomo el arma, guardada en la mesita de luz (2 cajón); tenía algunas balas, pero, sinceramente, nunca se había pasado por mi mente escuchar su ruido, su atroz sonido, franco y directo.
Caminaba sigilosamente, pero la alfombra (que ya tenía algunos años) hacía que en cada paso mío, se oyera exageradamente el desquebrajo de su silueta malgastada. Y encima, mi torpeza, agudizaba todos los pasos que mis pies esgrimían traduciéndolos en nervios conscientes de sí mismos, pero no de su entorno; lo cierto es que el arma estaba cargada y eso me daba un poco de seguridad, por lo menos, como para tener una mínima defensa.
Mi cabeza daba vueltas como una ruleta, los gritos cada vez eran menores, hasta llegar aun silencio, que en verdad, me calaba los huesos.
El miedo atrapaba mis sentidos: mis manos temblaban, mi piel transpiraba más de lo normal y mis piernas no coordinaban como acostumbraban a hacerlo.
Abrí la puerta que dividía mi soledad del terror, ese trance al sufrimiento, a saber que la muerte me esperaba con sus brazos abiertos, a la tortura que me seguía consumiendo y ahondaba el vacío en mi pecho segundo tras segundo.
Me asomaba tenuemente y mis ojos asombrados, no hacían otra cosa que llorar, sin razón, llorar lágrimas fundidas en un deseo, en un -¡No quiero ver lo que estoy viendo!-. No soportaba esa imagen aterrante: un hombre voraz, desaforado, clavando unas tras otras las puñaladas en mi corazón. La imagen era perfecta, el se abalanzaba en sus hombros y apuntaba directo al centro de mi arrojo; la luz se acortaba, todo era gris y mi voz dislocada pendía de un hilo flaco y moribundo.
Lo sabía, me estaba muriendo, bañado en sangre, mi rostro se ahogaba, mi auxilio era más intenso, pero a la vez, más promiscuo, estaba por fallecer.
Veía su cara que sonreía en cada puntazo, en cada abrazo del filo de su daga y mi carne, juraba no morir por su engaño, ambos sabíamos que esto no podría terminar así nomás.
Logré alcanzar un rastro de luz en mis ojos en forma de unos quinqués. Era lo único que podía pretender, ya con mi cuerpo frío, a medio edén. Entonces tras ese atisbo conseguí abalanzarme sobre ellos y sin más remedio, apretar el gatillo, matarlos a ambos. No pensaba morir solo.
Francamente, nunca pudieron saberlo, murieron felices, llenos de amor, uno encima del otro, abrazados, “él todavía sonreía”; y mi sombra se perdía en el rojo de pasión y el fuego hecho cenizas, se perdía en el tiempo, sólo se perdía fugazmente aunque ese cuadro, pintado por mis propias manos quedaría grabado en mis años. ¿Cuántos años han pasado desde mi muerte?, ¿Cuántos, mi Dios?

me ha parecido, magistral
estrellas y reconocimientos con un abrazo
Rosario
 
estoy en la cama, parezco cansado, y un grito se oye entre las 4 paredes de la casa. Me levanto acongojado, sorprendido por la inmensa realidad de su voz, tan fuerte que, aún con la puerta cerrada, penetra mis oídos y mi pecho.
tomo el arma, guardada en la mesita de luz (2 cajón); tenía algunas balas, pero, sinceramente, nunca se había pasado por mi mente escuchar su ruido, su atroz sonido, franco y directo.
caminaba sigilosamente, pero la alfombra (que ya tenía algunos años) hacía que en cada paso mío, se oyera exageradamente el desquebrajo de su silueta malgastada. Y encima, mi torpeza, agudizaba todos los pasos que mis pies esgrimían traduciéndolos en nervios conscientes de sí mismos, pero no de su entorno; lo cierto es que el arma estaba cargada y eso me daba un poco de seguridad, por lo menos, como para tener una mínima defensa.
mi cabeza daba vueltas como una ruleta, los gritos cada vez eran menores, hasta llegar aun silencio, que en verdad, me calaba los huesos.
el miedo atrapaba mis sentidos: Mis manos temblaban, mi piel transpiraba más de lo normal y mis piernas no coordinaban como acostumbraban a hacerlo.
abrí la puerta que dividía mi soledad del terror, ese trance al sufrimiento, a saber que la muerte me esperaba con sus brazos abiertos, a la tortura que me seguía consumiendo y ahondaba el vacío en mi pecho segundo tras segundo.
me asomaba tenuemente y mis ojos asombrados, no hacían otra cosa que llorar, sin razón, llorar lágrimas fundidas en un deseo, en un -¡no quiero ver lo que estoy viendo!-. No soportaba esa imagen aterrante: Un hombre voraz, desaforado, clavando unas tras otras las puñaladas en mi corazón. La imagen era perfecta, el se abalanzaba en sus hombros y apuntaba directo al centro de mi arrojo; la luz se acortaba, todo era gris y mi voz dislocada pendía de un hilo flaco y moribundo.
lo sabía, me estaba muriendo, bañado en sangre, mi rostro se ahogaba, mi auxilio era más intenso, pero a la vez, más promiscuo, estaba por fallecer.
veía su cara que sonreía en cada puntazo, en cada abrazo del filo de su daga y mi carne, juraba no morir por su engaño, ambos sabíamos que esto no podría terminar así nomás.
logré alcanzar un rastro de luz en mis ojos en forma de unos quinqués. Era lo único que podía pretender, ya con mi cuerpo frío, a medio edén. Entonces tras ese atisbo conseguí abalanzarme sobre ellos y sin más remedio, apretar el gatillo, matarlos a ambos. No pensaba morir solo.
francamente, nunca pudieron saberlo, murieron felices, llenos de amor, uno encima del otro, abrazados, “él todavía sonreía”; y mi sombra se perdía en el rojo de pasión y el fuego hecho cenizas, se perdía en el tiempo, sólo se perdía fugazmente aunque ese cuadro, pintado por mis propias manos quedaría grabado en mis años. ¿cuántos años han pasado desde mi muerte?, ¿cuántos, mi dios?

o ando muy lerdo en las lecturas o este me mareo, un relato de una sola persona, luego menciona a su asesino, pero me pierdo, no se si entra una tercera o es el mismo. Pero bueno, tiene algo, y le falta poco. Buen intento, no te rindas. Un abrazo...
 
Gracias por la invitación. Me parece una historia bien construída en la que lo esencial no son los elementos fantásticos sino las sensaciones y de ahi que te impliques tanto en la descripción. Aunque no juegas con las sorpresas hay una cierta intriga o suspense narrativo. Gracias por compartirlo. Luís.
 
Triste historia, creo que habrán pasado muchos años en un segundo.
Es un dolor que hace que se pierda el vértice del tiempo, y se viva como en un sin vivir.
Un beso.
 

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