ALBUJA BRAVO GUILLERMO
Poeta que considera el portal su segunda casa
Estoy en la cama, parezco cansado, y un grito se oye entre las 4 paredes de la casa. Me levanto acongojado, sorprendido por la inmensa realidad de su voz, tan fuerte que, aún con la puerta cerrada, penetra mis oídos y mi pecho.
Tomo el arma, guardada en la mesita de luz (2 cajón); tenía algunas balas, pero, sinceramente, nunca se había pasado por mi mente escuchar su ruido, su atroz sonido, franco y directo.
Caminaba sigilosamente, pero la alfombra (que ya tenía algunos años) hacía que en cada paso mío, se oyera exageradamente el desquebrajo de su silueta malgastada. Y encima, mi torpeza, agudizaba todos los pasos que mis pies esgrimían traduciéndolos en nervios conscientes de sí mismos, pero no de su entorno; lo cierto es que el arma estaba cargada y eso me daba un poco de seguridad, por lo menos, como para tener una mínima defensa.
Mi cabeza daba vueltas como una ruleta, los gritos cada vez eran menores, hasta llegar aun silencio, que en verdad, me calaba los huesos.
El miedo atrapaba mis sentidos: mis manos temblaban, mi piel transpiraba más de lo normal y mis piernas no coordinaban como acostumbraban a hacerlo.
Abrí la puerta que dividía mi soledad del terror, ese trance al sufrimiento, a saber que la muerte me esperaba con sus brazos abiertos, a la tortura que me seguía consumiendo y ahondaba el vacío en mi pecho segundo tras segundo.
Me asomaba tenuemente y mis ojos asombrados, no hacían otra cosa que llorar, sin razón, llorar lágrimas fundidas en un deseo, en un -¡No quiero ver lo que estoy viendo!-. No soportaba esa imagen aterrante: un hombre voraz, desaforado, clavando unas tras otras las puñaladas en mi corazón. La imagen era perfecta, el se abalanzaba en sus hombros y apuntaba directo al centro de mi arrojo; la luz se acortaba, todo era gris y mi voz dislocada pendía de un hilo flaco y moribundo.
Lo sabía, me estaba muriendo, bañado en sangre, mi rostro se ahogaba, mi auxilio era más intenso, pero a la vez, más promiscuo, estaba por fallecer.
Veía su cara que sonreía en cada puntazo, en cada abrazo del filo de su daga y mi carne, juraba no morir por su engaño, ambos sabíamos que esto no podría terminar así nomás.
Logré alcanzar un rastro de luz en mis ojos en forma de unos quinqués. Era lo único que podía pretender, ya con mi cuerpo frío, a medio edén. Entonces tras ese atisbo conseguí abalanzarme sobre ellos y sin más remedio, apretar el gatillo, matarlos a ambos. No pensaba morir solo.
Francamente, nunca pudieron saberlo, murieron felices, llenos de amor, uno encima del otro, abrazados, él todavía sonreía; y mi sombra se perdía en el rojo de pasión y el fuego hecho cenizas, se perdía en el tiempo, sólo se perdía fugazmente aunque ese cuadro, pintado por mis propias manos quedaría grabado en mis años. ¿Cuántos años han pasado desde mi muerte?, ¿Cuántos, mi Dios?
Muy buenas imágenes y gran relato terrorífico-
Un saludo cordial con estrellas-