BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Entre pilotos de tierra aire
formulando preguntas sencillas
obturando y rotulando territorios
tan vastos como hojas desnutridas
en aljibes metódicas y presumibles;
entre tierra y aire, luces interpuestas,
raíces oníricas que el amanuense recibe
con mensajes providenciales acariciando
tiernas solvencias de suelo y amatista preciosa.
Alterando órdenes y desacatos, perforando
busca minas las artes dichosas los espacios lumínicos,
los aviones ruidosos, las piedras eléctricas, las compulsiones
combativas, los robles desaparecidos, las lágrimas inaccesibles,
los cánticos emergentes, las silenciosas huéspedes de arriba
los mares, las cordilleras reticentes con sabor a destierro,
las parcelas de óxido y nitrato convertidas en acero y amianto,
los oblicuos rayos estelares que posicionan
las mentalidades obtusas que generan,
los mentecatos hostiles de ciudades pueblerinas,
los ríos amartillados con lechos de arena convertible,
las zonas próximas a las enredaderas de los techos,
los ojos originales buscando minas y gemas,
los reptiles obsequiosos penetrando arenas de azogue,
el prurito internacional que alaba ritmos sanguíneos,
la materia celeste transformada en himno solidario,
los pleonasmos de la avaricia que rompe el himen,
las parturientas largando trozos de saliva por su tráquea envolvente,
los anidamientos profundos en cuevas de semillas,
las acémilas devastadas de siglos pasados,
los llantos convergentes de silos amargos,
las petulancias arrabaleras de los herederos,
al gran hostigamiento de las flores protegidas por cetros
de helechos/ todo esto me divierte, me exagera y procura
divisiones de mi alma.
Lo que ocurre
mi sarmiento dividido,
mi olfato teñido de gas petróleo,
los latidos acompasados de buriles perforadores,
los lóbulos aplastados contra la corriente marítima,
los dormitorios exigentes de las ratas almohadilladas,
las consumiciones de elegantes hombres de negocios
muertos de risa ante el bestial empuje de las camareras,
los rastros de ojos enharinados que humillan a la prole
en su conquista de rayos láser y absorbentes,
las ladillas adheridas al tórax implacable,
los abdómenes sutiles que causan el río del espanto sonoro,
las piedras testiculares que inundan de fragancias el bosque,
las amatistas desmanteladas que originan la adecuación,
el amarillo reptar de oligarquías me divierten.
Es entonces
cuando ladrillos emergidos de un claro de oscuridad,
donde antiguamente rezaban inodoros y crepitaban
donde lazos de humillación pegaban los trozos de piel
consecutiva, y donde emergían los sexos ambarinos y dolientes,
erigíamos patriarcados de niebla entre los vetustos secretos
de las frondas. Era
entonces, cuando la mitad de la tierra
huía del este, cuando el orinal vaciado
explicaba su lección a ridículos señoritos
vestidos de opereta y canto, cuando los ruidos
de los alacranes al copularse entretenían a las multitudes,
y los fornidos gitanos ocupaban su trono de sangre y de pus,
eran la farola desvencijada y el rapto de los tigres,
eran los oscuros laberintos y la malformación del feto,
eran los tiempos convulsos y las alfombras ajardinadas,
los meticulosos dandis de vetustas farmacias y cuando
los mercachifles invadían de óxido las lagunas.
©
formulando preguntas sencillas
obturando y rotulando territorios
tan vastos como hojas desnutridas
en aljibes metódicas y presumibles;
entre tierra y aire, luces interpuestas,
raíces oníricas que el amanuense recibe
con mensajes providenciales acariciando
tiernas solvencias de suelo y amatista preciosa.
Alterando órdenes y desacatos, perforando
busca minas las artes dichosas los espacios lumínicos,
los aviones ruidosos, las piedras eléctricas, las compulsiones
combativas, los robles desaparecidos, las lágrimas inaccesibles,
los cánticos emergentes, las silenciosas huéspedes de arriba
los mares, las cordilleras reticentes con sabor a destierro,
las parcelas de óxido y nitrato convertidas en acero y amianto,
los oblicuos rayos estelares que posicionan
las mentalidades obtusas que generan,
los mentecatos hostiles de ciudades pueblerinas,
los ríos amartillados con lechos de arena convertible,
las zonas próximas a las enredaderas de los techos,
los ojos originales buscando minas y gemas,
los reptiles obsequiosos penetrando arenas de azogue,
el prurito internacional que alaba ritmos sanguíneos,
la materia celeste transformada en himno solidario,
los pleonasmos de la avaricia que rompe el himen,
las parturientas largando trozos de saliva por su tráquea envolvente,
los anidamientos profundos en cuevas de semillas,
las acémilas devastadas de siglos pasados,
los llantos convergentes de silos amargos,
las petulancias arrabaleras de los herederos,
al gran hostigamiento de las flores protegidas por cetros
de helechos/ todo esto me divierte, me exagera y procura
divisiones de mi alma.
Lo que ocurre
mi sarmiento dividido,
mi olfato teñido de gas petróleo,
los latidos acompasados de buriles perforadores,
los lóbulos aplastados contra la corriente marítima,
los dormitorios exigentes de las ratas almohadilladas,
las consumiciones de elegantes hombres de negocios
muertos de risa ante el bestial empuje de las camareras,
los rastros de ojos enharinados que humillan a la prole
en su conquista de rayos láser y absorbentes,
las ladillas adheridas al tórax implacable,
los abdómenes sutiles que causan el río del espanto sonoro,
las piedras testiculares que inundan de fragancias el bosque,
las amatistas desmanteladas que originan la adecuación,
el amarillo reptar de oligarquías me divierten.
Es entonces
cuando ladrillos emergidos de un claro de oscuridad,
donde antiguamente rezaban inodoros y crepitaban
donde lazos de humillación pegaban los trozos de piel
consecutiva, y donde emergían los sexos ambarinos y dolientes,
erigíamos patriarcados de niebla entre los vetustos secretos
de las frondas. Era
entonces, cuando la mitad de la tierra
huía del este, cuando el orinal vaciado
explicaba su lección a ridículos señoritos
vestidos de opereta y canto, cuando los ruidos
de los alacranes al copularse entretenían a las multitudes,
y los fornidos gitanos ocupaban su trono de sangre y de pus,
eran la farola desvencijada y el rapto de los tigres,
eran los oscuros laberintos y la malformación del feto,
eran los tiempos convulsos y las alfombras ajardinadas,
los meticulosos dandis de vetustas farmacias y cuando
los mercachifles invadían de óxido las lagunas.
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