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Cuencos en la arena

Zulma Martínez

Mar azul...
Agotado litoral de arena blanca y fina...
El agua lo roza, latido tras latido,
como si intentara, vanamente, devolverle
un pretérito hálito de existencia,
mientras una brisa, desamorada y fría,
diseña y anticipa las asperezas del invierno.
El tiempo se estremece de soledad absurda
en las palmas agrietadas de mis manos,
en los árboles acobardados de desnudeces,
en la presencia silenciosa de olvidados nidos
y en la desazón y el hartazgo cansinos
de un alma que ya no entiende la tristeza,
que trata de reconocerse en espejos sombríos
para limpiar las heridas aún abiertas.
Ni siquiera alguna rezagada golondrina
cruza ese cielo agrisado por la pena.
Duele la piel zanjada que no cicatriza,
que no quiere recordar... ni arrebujarse,
de nuevo, entre sábanas calladas y frías
como esa brisa que, insistente, la perfora.
En la arena, alborozados cuencos se inauguran
con los primeros cristales afilados de la lluvia.
Pero no serán suficientes para albergar
el aluvión de angustias que me abruma.
 
Agotado litoral de arena blanca y fina...
El agua lo roza, latido tras latido,
como si intentara, vanamente, devolverle
un pretérito hálito de existencia,
mientras una brisa, desamorada y fría,
diseña y anticipa las asperezas del invierno.
El tiempo se estremece de soledad absurda
en las palmas agrietadas de mis manos,
en los árboles acobardados de desnudeces,
en la presencia silenciosa de olvidados nidos
y en la desazón y el hartazgo cansinos
de un alma que ya no entiende la tristeza,
que trata de reconocerse en espejos sombríos
para limpiar las heridas aún abiertas.
Ni siquiera alguna rezagada golondrina
cruza ese cielo agrisado por la pena.
Duele la piel zanjada que no cicatriza,
que no quiere recordar... ni arrebujarse,
de nuevo, entre sábanas calladas y frías
como esa brisa que, insistente, la perfora.
En la arena, alborozados cuencos se inauguran
con los primeros cristales afilados de la lluvia.
Pero no serán suficientes para albergar
el aluvión de angustias que me abruma.
Dulce melancolía.

Saludos
 
Preciosas metáforas conduciendo un tema hacia el mensaje con una coherencia y belleza inapelables, un punto de vista privilegiado y tan personal e intransferible que acaba desencadenando unos poemas de indeleble firma, un gusto leerlos. Un abrazo.
 
Agotado litoral de arena blanca y fina...
El agua lo roza, latido tras latido,
como si intentara, vanamente, devolverle
un pretérito hálito de existencia,
mientras una brisa, desamorada y fría,
diseña y anticipa las asperezas del invierno.
El tiempo se estremece de soledad absurda
en las palmas agrietadas de mis manos,
en los árboles acobardados de desnudeces,
en la presencia silenciosa de olvidados nidos
y en la desazón y el hartazgo cansinos
de un alma que ya no entiende la tristeza,
que trata de reconocerse en espejos sombríos
para limpiar las heridas aún abiertas.
Ni siquiera alguna rezagada golondrina
cruza ese cielo agrisado por la pena.
Duele la piel zanjada que no cicatriza,
que no quiere recordar... ni arrebujarse,
de nuevo, entre sábanas calladas y frías
como esa brisa que, insistente, la perfora.
En la arena, alborozados cuencos se inauguran
con los primeros cristales afilados de la lluvia.
Pero no serán suficientes para albergar
el aluvión de angustias que me abruma.
Hermosas imágenes es tu buen poema. Un placer leerte.
 
Agotado litoral de arena blanca y fina...
El agua lo roza, latido tras latido,
como si intentara, vanamente, devolverle
un pretérito hálito de existencia,
mientras una brisa, desamorada y fría,
diseña y anticipa las asperezas del invierno.
El tiempo se estremece de soledad absurda
en las palmas agrietadas de mis manos,
en los árboles acobardados de desnudeces,
en la presencia silenciosa de olvidados nidos
y en la desazón y el hartazgo cansinos
de un alma que ya no entiende la tristeza,
que trata de reconocerse en espejos sombríos
para limpiar las heridas aún abiertas.
Ni siquiera alguna rezagada golondrina
cruza ese cielo agrisado por la pena.
Duele la piel zanjada que no cicatriza,
que no quiere recordar... ni arrebujarse,
de nuevo, entre sábanas calladas y frías
como esa brisa que, insistente, la perfora.
En la arena, alborozados cuencos se inauguran
con los primeros cristales afilados de la lluvia.
Pero no serán suficientes para albergar
el aluvión de angustias que me abruma.
En la arena, alborozados cuencos se inauguran
con los primeros cristales afilados de la lluvia.
Pero no serán suficientes para albergar
el aluvión de angustias que me abruma


Muy buen poema y excelente cierre estimada Zulma. Un placer leerte. Un abrazo con la pluma del alma. Buen día
 
En la arena, alborozados cuencos se inauguran
con los primeros cristales afilados de la lluvia.
Pero no serán suficientes para albergar
el aluvión de angustias que me abruma

Muy buen poema y excelente cierre estimada Zulma. Un placer leerte. Un abrazo con la pluma del alma. Buen día
Muchas gracias por tu comentario, José! Abrazo y buen día a ti también...
 
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