El Poeta del Asfalto
Poeta adicto al portal
(¿poesía, prosa?)
Leyenda bajo los Talas (árboles)no se qué y sombra.
Herencia del fuego,
no se calla el cantor despechado.
Cuenta la historia de su alma en pena.
Murió una noche apagando soledades
dormido en vino,
recostado en los fogones
Guitarra de madera vieja
no descansa desde entonces.
Sonadora,
está lejos pero se escucha.
Nadie ve nada.
El tiempo pasa,
pero el cantor no se calla.
Canta cada vez más alto
llamando a la amada bajo el árbol
a la hora de la siesta.
Bombo la tarde,
acompañado por violines de chicharras
que siguen borrachas de Sol
el rasguear de la viola.
Bailan descalzos los pastizales.
Se suman volando en círculos las aves,
y la guitarra, hace un sonido más ancho.
Como si ella también,
transparente,
se acordara que fue árbol y dio sombra.
Esa cosa tan necesaria al verano.
Y se prolonga esa farra en la tarde,
como si a todos, un duende de pronto,
los habitara.
Llega el eco hasta las casas,
y los paisanos, de tanto en tanto le dejan:
torta frita y vino, al pie del árbol.
Los perros ladran al aire allá, bajo los Talas.
Dónde se escucha,
pero nadie ve nada.
Leyenda,
reminiscencia del ausente.
Anochece,
acompañan ahora grillos a ese canto.
No se qué y sombra,
guitarra aún sonando.
Herencia del fuego
con triste grito de alma en pena.
Se escucha hasta encenderse la noche
hasta que nace la última estrella.
Luego calla.
Niña de trenzas,
cuentan,
te nombra el cantor despechado.
Dormido en vino,
consumido en los fogones,
lleno de pena.
Te llama todas las tardes.
Tu presencia implora.
Repite tu nombre
como una plegaria que lleva el viento
acompañado por chicharras.
Nadie se arrima en el día,
cuenta la gente la leyenda.
Los perros ladran al aire allá bajo los Talas.
Los paisanos de tanto en tanto,
en la noche,
le dejan torta frita y vino al pie del árbol.
O le encienden una vela
al que les encanta las tardes.
No conocen su dolor,
pero se apiadan.
Cielo constelado ahora,
grillos solos son los violines
reminiscencia del ausente.
Niña de trenzas,
dicen no recordar tu nombre.
Pero nadie llama Consuelo a su hija
en el pago desde entonces.
Nadie dice recordar la letra:
pero
“Llevame Chacarera,
no te olvides de mí.
No puedo más.”
aún resuena
Noche ya, cerrada,
aún bailan y bailan los pastizales
Se ve que el Sol ya no es el Sol,
pero algo queda cantando al amor.
Esperando que un corazón se abra.
El tiempo pasa y el cantor no se calla.
Grillos,
y junto al árbol una vela.
Me agacho en silencio a encenderla.
Hijo del monte:
Leyenda,
preguntas que nadie responde.
Dios,
que no nos mira,
bendiga su alma en pena.
(Antes que alguien se enloquezca buscando, la leyenda es un invento.)