Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
Hilván de callejones tristes.
Ardid de cuerpos suturándose nostalgias,
hurgando camino a casa panes rancios.
Y los niños jugando a deshoras a los sinos,
desatan la cuenta regresiva de los viejos
Y es la noche.
Germinan entonces los párpados azules
en los surcos de las máscaras.
Germinan las rosas sangrantes en los labios.
Y el ébano del pubis sueña orillas,
mientras los ojos resignados
acechan cicatrices en las puertas,
naufragan en cualquier jacuzzi atormentado.
Graduando los sofismas del paisaje y el gemido,
se exhuman en blanco y negro las historias,
de tíos marcianos o chiflados que se juntan;
de caballos parlantes o brujas con marido.
Y cambian los canales de la luna,
inundando o menguando las ventanas,
mientras los peces fulguran o se asfixian
en la sábana infinita de las dudas.
La ciudad palía entonces
la desnudez terrible de los lechos.
Sometida por las órbitas de asfalto,
triplica rostros,
triplica ecos,
vaga a puntas por la vida
detonando cicatrices y adioses en la acera.
Y las horas mutiladas tras las puertas
dispensan desafueros en el alma colectiva.
Mientras, sus índices perforan las paredes,
sojuzgan al adicto a los placebos.
Y es el día.
Ardid de cuerpos suturándose nostalgias,
hurgando camino a casa panes rancios.
Y los niños jugando a deshoras a los sinos,
desatan la cuenta regresiva de los viejos
Y es la noche.
Germinan entonces los párpados azules
en los surcos de las máscaras.
Germinan las rosas sangrantes en los labios.
Y el ébano del pubis sueña orillas,
mientras los ojos resignados
acechan cicatrices en las puertas,
naufragan en cualquier jacuzzi atormentado.
Graduando los sofismas del paisaje y el gemido,
se exhuman en blanco y negro las historias,
de tíos marcianos o chiflados que se juntan;
de caballos parlantes o brujas con marido.
Y cambian los canales de la luna,
inundando o menguando las ventanas,
mientras los peces fulguran o se asfixian
en la sábana infinita de las dudas.
La ciudad palía entonces
la desnudez terrible de los lechos.
Sometida por las órbitas de asfalto,
triplica rostros,
triplica ecos,
vaga a puntas por la vida
detonando cicatrices y adioses en la acera.
Y las horas mutiladas tras las puertas
dispensan desafueros en el alma colectiva.
Mientras, sus índices perforan las paredes,
sojuzgan al adicto a los placebos.
Y es el día.