Domingo Aranda
Poeta recién llegado
No quiero cantar con muros,
sino con el relámpago.
Con la plena conciencia del ciervo en fuga,
con gatos en los tejados
y golondrinas en el cielo del verso
y que el animal que llevo a cuestas
a penas y se confunda
con el gris de mi camisa.
Yo no quiero versos de almendra,
no,
sino de olivos,
y de romeros al aire fresco,
como una catarata de miles de cantos
que se mezclen en la anarquía de lo impoluto.
Y no es que no quiera el destello,
es que es más sencillo si se está a oscuras,
a tientas,
sin saber si el alma se escapa
o si corre a los trigales tendidos.
Por tanto yo no quiero la leve corona
de los labios que aplauden,
sino las voces que no se cansan,
que se sacuden en búsqueda loca,
que amplían,
para contar las marismas.
sino con el relámpago.
Con la plena conciencia del ciervo en fuga,
con gatos en los tejados
y golondrinas en el cielo del verso
y que el animal que llevo a cuestas
a penas y se confunda
con el gris de mi camisa.
Yo no quiero versos de almendra,
no,
sino de olivos,
y de romeros al aire fresco,
como una catarata de miles de cantos
que se mezclen en la anarquía de lo impoluto.
Y no es que no quiera el destello,
es que es más sencillo si se está a oscuras,
a tientas,
sin saber si el alma se escapa
o si corre a los trigales tendidos.
Por tanto yo no quiero la leve corona
de los labios que aplauden,
sino las voces que no se cansan,
que se sacuden en búsqueda loca,
que amplían,
para contar las marismas.
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