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cuento del mantequero

dffiomme

Poeta asiduo al portal
Camino del Sacromonte, en el puente los suspiros, hablando de las leyendas con un viejo “granaino”, me comentó esta historia que conociera de niño.
Era la historia de un hombre que a los pequeños asustaba, con ojos fundidos en negro de pupilas aceradas, como grietas asesinas en descarada mirada, con hilachas de cabellos en deforme calabaza, con miembros largos y huesudos, corvado sobre su espalda.
Un siniestro personaje al que Mantequero llaman, me contaron su leyenda en la ciudad de Granada.
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Iluminaba la luna de aquella noche serena, sobre el cristal de las aguas que entre murmullos corría en sus eternas acequias. El adoquín de la calle en su humedad reflejaba el brillo de las farolas que las aceras empedradas, como si fuesen espejo, sus luces multiplicaban, formando estela de luz que los pasos señalaba.
Por el final de la calle, desde la sombra surgió, un siniestro personaje rápido como un ratón que, escondiéndose en portales, por la calle recorrió. Era de cuerpo huesudo, corvado sobre su espalda, vestido de unos harapos y con una cruel mirada. Portaba una saca al hombro y a su victima buscaba, para cortarle las manos con una sucia navaja y rasparle la manteca que poseía sus palmas. Debido a esa labor, el mantequero llamaban.
En tiempos antes pasado, fue un hermoso zagalón que, en el vigor de su sangre y herido por el amor, al tener tan mala suerte la muerte le arrebató.
Se reveló contra el cielo y en lo oscuro de su instinto, por conseguir se querer, convocó mediante hechizo al demonio Lucifer, al que rogó por la vida de su preciosa mujer. El diablo apareció y mostrándose importante revivió a aquel su amor, concediéndole su ruego, más con una condición: habría de ofrecer la muerte de todo niño varón antes de ser bautizado, y el mantequero aceptó.
Tendría que hacer lo primero, para que no le mirara, sacar sus brillantes ojos con una vieja cuchara sin importarle los gritos, mientras el bebé lloraba; después rajarle las manos con oxidada navaja y de sus pequeñas palmas la manteca le raspara, que le arrancase el cabello y cortase su garganta para acallar aquel llanto que el pequeño derramara y, tras meterle en un saco, como a un perro le enterrara.
Con la grasa del bebé habría de untarle la carne a su difunta mujer y, al menos, por algún tiempo, viva la podría tener.
Después de muchos pequeños, la sorpresa le invadió pues por su amor consiguiera que le naciera un varón. Al fin tendría su hijo, ese al que tanto se quiere, al que le ofreces tu vida, por quien disfrutas la muerte, el motivo de tus risas, al que te das poco a poco a lo largo de tu vida,
El que al llamarte papá te va colmando de dicha. Un hijo que resultó la mayor de sus desdichas
Al cumplir los cuatro meses, se le apareció el demonio y le pidió que le diera a aquel su mayor tesoro. Al plantearse la idea, el mantequero negó, pues no podía matar a su propio corazón; y Lucifer, enfadado, a aquel hombre condenó, quemándole la mirada con encendido carbón, arrancándole el cabello dejándole algún mechón y con tremendos dolores el cuerpo en dos le dobló, colocándole joroba por los sacos que cargó.
 

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