darwinsin
Poeta que considera el portal su segunda casa
El sol calcinaba la tierra y el espacio enfermaba diariamente a los transeúntes. Una blusa color frambuesa tendida en el cordel de la aurora decía que su dueña lavaba recuerdos. Sus tiernas manos y su corazón denotaban la frescura de su mocedad.
No era tan bella, pero tenía ciertas dotes que disfrazaban rasgos no muy agraciados, sus ojos un día empezaron a enlutarse, su alma se ensombrecía paulatinamente, palidecían sus mejillas, su mirada lánguida exigía un don de algo inexplicable.
Un día estuvo deambulando aquella niña por el parque de la soledad, se detuvo a cavilar y a preocuparse por los caprichos que le tocaba satisfacer de sus padres. Aunque el corazón le palpitaba aceleradamente, ella fingía para que aquel hombre no se diera cuenta de su sentir, él la vio tratando de conseguir algún contacto visual, sin embargo ella se asustó y caminó a su casa, de pronto sintió que aquel hombre la tomó del brazo tratando de persuadirla preguntándole su nombre:
-Me llamo Azaleya, le dijo titubeando.
-En cambio yo me llamo Javier, tan solo deseo acompañarte, qué te parece.
-No se moleste, después pensarán que usted es algo para mí, mejor quédese por favor.
-Está bien, pero la dejo con la condición de que usted me dé su número telefónico.
A la semana Azaleya recibió un mensaje de texto con muchas interrogantes por parte de aquel sujeto misterioso.
La luna se escondía con vergüenza en la ventana del amor. Quizás el destino escribiría un discurso sentimental, de pronto el gato empuja una caja de colonia y evita que continúe escribiendo esta historia.
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