scarlata
Poeta veterano en el portal.
Te puedo contar una historia, o tal vez varias. Sólo para curarte del miedo o curarme yo o para obligarte a recordar el momento justo en el que un corazón comenzó a latir en algún lugar del sur. Y enseñarte a ser quien eres, o que me enseñes tú. Después de todo, no concibo la escritura sin ti. Ahí va mi historia.
Hace algunos años estuve enfermo, fue entonces cuando comencé a odiar a Olga. No es que la enfermedad y Olga tuvieran nada que ver. El miedo a morir se instaló en mi vida de noche y de día, siempre el mismo miedo ácido hiriéndome con su aguijón envenenado. Estaba seguro de que iba a morir y, en medio de aquella premonición negra y certera, la imagen de Olga comenzó a dibujarse como la silueta tenue de un error.
Si entonces, cuando el fin parecía tan cercano e inminente, los pechos de Olga miraban indiferentes hacia otro lugar y sus cabellos perdían un poco de brillo cada instante, si podía sentirla ajena, sólo me quedaba caminar despacio hasta la estación de trenes, consultar los horarios hacia el sur y perderme sin equipaje en la evidencia de una muerte a solas.
Pero no me fui. Por qué huir de algo tan nimio si de todas formas iba a morir.
Y me quedé en nuestra casa, una casa que cada vez se parecía más a Olga y menos a mí, como si hasta las paredes se adaptasen con indiferencia a mi ausencia futura.
Ignoro si eres capaz de entender lo que implica el miedo a morir, el verdadero miedo a morir. No se si tú a quien no conozco- te has asomado alguna vez al abismo de la peor de las certezas. Podría escribir páginas y páginas intentado explicar las formas de angustia que se esconden en el interior de ese pozo oscuro.
La angustia por el tiempo perdido. La angustia culpable por el dolor que infliges a los demás. La angustia egoísta capaz de transformarte en la peor de las alimañas. La angustia rebelde que metamorfosea en ataques de ira un simple y bienintencionado buenos días. La angustia metafísica que lanza al viento preguntas imposibles. Y así hasta completar el círculo de la angustia total, un día tras otro, idénticos hoy, ayer y mañana, la resta imparable de horas robando con la complicidad de los espejos rotos, esta tonta esperanza que llamamos futuro.
Pues bien, ni aún así, ni aunque empleara el resto de mi vida en el intento de desmenuzar para ti los diferentes matices que el dolor dibujó en mi vida, sería capaz de hacerme entender, salvo que tú , hayas sentido, en tu propia piel, esa clase de miedo único.
Tampoco Olga supo entender y, aunque esa incapacidad nada tuviera que ver con mi recién descubierta falta de compasión hacia ella, la mirada vacía que sus ojos grises me dirigían cada día, se convirtió en la coartada perfecta para mi odio. Primero la indiferencia, y luego, reptando como una culebra húmeda por mis entrañas, la repulsión. La detestaba y no sólo a ella, también los rastros que su vida iba dejando en la mía.
Me provocaba náuseas la posibilidad de que su cepillo de dientes rozara por accidente el mío y lo contaminase con su repulsiva y viscosa saliva. Perseguía sus cabellos por el cuarto de baño con la misma saña que tú, hombre normal, perseguirías al más inmundo de los insectos.
Enfermé de odio, un odio tan cegador como la más oscura de las noches. La odiaba por tener que compartir con ella los últimos escalones de mi ya inútil vida pero, sobre todo, la odiaba por saber que, dentro de muy poco, cuando yo no fuera más que un recuerdo difuso que se apaga, ella seguiría allí, ilesa y victoriosa, cepillándose el cabello frente al espejo el baño, como si yo nunca hubiera existido.
Sé lo que estás pensando. Crees que el dolor me hizo enloquecer e igual que unos locos enferman de risa y otros de llanto o de olvido, yo enfermé de odio. Puede que tengas razón. Nunca me he parado a pensarlo y menos aún entonces. No podía perder el tiempo elucubrando sobre los porqués de un sentimiento que absorbía todas mis energías.
Me gustaba odiar a Olga y, hoy por hoy, estoy convencido de que fue ese sentimiento y no otro el que logró mantenerme con vida.
La idea de matarla fue tomando cuerpo a medida que la enfermedad se instalaba en mi vida y los días se convertían en un largo infierno sin destino. Olga se preocupaba por mí. Cocinaba los platos que más me gustaban. Llenaba la casa de flores frescas y objetos exquisitos intentando que mi reclusión fuera lo más agradable posible. Alquilaba mis películas favoritas y me dejaba ver los partidos de fútbol. Pero ni uno sólo de sus gestos mitigaba mi repulsión hacia ella.
Cómo era Olga, te preguntarás.
Estatura mediana, ojos oscuros, pelo castaño y rizado, piel morena, delgada, habladora, inteligente. Pero no me casé con ella por ninguna de esas cualidades. Fueron su ausencia de pretensiones y su mirada práctica las que me decidieron.
He de confesar que nunca he creído en el amor. Al menos no en el amor entre dos seres del sexo opuesto, opuestos por lo tanto en todo. No conozco otro amor que el de mis libros y discos, objetos vivos que me hablan a través de los años, sonidos con los que me resulta fácil comulgar.
Huelga decir, por lo tanto, que nunca amé a Olga. Jamás he amado a ninguna mujer. La elegí porque el destino me hizo tropezar con ella en el momento y el lugar precisos. La elegí no porque me gustara sino, más bien, porque tanto su aspecto como su comportamiento me disgustaban menos que el aspecto y el comportamiento de otras mujeres.
Hacerle creer que esa ausencia de rechazo era amor, fue pan comido. Olga, como la inmensa mayoría de los miembros de su sexo, llevaba toda la vida esperando que alguien como yo irrumpiera en su vida con la promesa de llenarla de sentido.
Durante los primeros años no la decepcioné. Incluso hice de ella una mujer feliz. Interpreté el papel de amante perfecto y ella lo creyó. Todavía hoy creo que fui demasiado generoso, nunca estuvo en su mano compensarme por tanta insulsa felicidad. Nada que ella hiciera o dijera podría servir para cancelar ni siquiera una mínima parte de la deuda eterna que había contraído conmigo, porque mi felicidad no dependía ni dependería jamás de ella.
Me gusta el sexo, me agrada practicar el acto sexual. Un orgasmo es la mejor y, a veces, única recompensa que obtenemos de este cuerpo ingrato con el que estamos obligados a convivir pero jamás he caído en el error de confundir, lo que es simple placer físico, con un goce espiritual incapaz de residir ni en nuestro cuerpo ni en ningún cuerpo ajeno. Durante un tiempo, obtuve placer de Olga y Olga obtuvo placer de mí. Luego ni siquiera eso.
Resultaba cómodo continuar viviendo con ella pero ya no la deseaba. Podría haberla abandonado y haber comenzado una historia nueva pero no creía en las historias nuevas. El principio y el final condenados a repetirse una y otra vez hasta el fin de los tiempos. Demasiado trabajo para un resultado tan pobre y un espíritu tan perezoso como el mío.
Por eso decidí seguir viviendo con ella y tal vez hubiéramos compartido el resto de nuestros días si un tumor de garganta no se hubiera interpuesto en el camino.
Después de la operación los médicos me ofrecieron una larga lista de motivos para seguir viviendo con un margen razonable de esperanza pero no importa lo que ningún médico diga. Si tú no crees en la curación, la curación no es posible. Hice oídos sordos a los diagnósticos y recomendaciones y me instalé en la certeza de la muerte y en el terror irracional de la peor de las pesadillas.
Ya no tenía sentido seguir engañando a Olga. La representación estaba a punto de concluir y, o me daba prisa, o muy pronto, dejaría de interpretar el papel protagonista. No importa lo bien que hayas jugado la partida, el que llega hasta el final gana. Basta un breve despiste en el último tramo para echar por tierra la más magistral de las carreras. Siempre pensé que Olga moriría primero y no estaba dispuesto a permitir que un tumor de garganta alterara mi bien construido destino.
Sólo tenía que decidir cómo y cuándo. Sabía que no usaría navajas ni tijeras, ni ningún otro objeto cortante que implicara el menor contacto físico. Tocar a Olga me producía náuseas. Imposible estrangularla, ahogarla en la bañera, asfixiarla con la almohada, empujarla por el hueco del ascensor, degollarla o desnucarla. No tuve que pensar demasiado para decidir que, en mi caso, el veneno suponía la única y perfecta solución. Pero, qué veneno.
No sabía nada de venenos, había oído hablar de algunos pero mis conocimientos eran más literarios que científicos y, si uno se propone matar a alguien de verdad, no puede documentarse en las páginas de una novela.
Al fin tenía algo que hacer. Cada día, durante dos largas e instructivas semanas, me levantaba temprano, abandonaba la casa y me dirigía a la Biblioteca con la intención de encontrar la receta mágica que me ayudara a librarme de Olga. Sólo sabía que deseaba matarla lentamente, no tenía prisa, me conformaba con poder acudir a su entierro.
Todo aquello estaba empezando a divertirme, era necesario prolongar la diversión, actuar con calma, no cometer errores, dejar que la muerte se tomara su tiempo. Me sentía como un Dios malvado decidiendo con firmeza la duración o el término de una vida. Era una lástima que no pudiera ser la mía, pero era una vida.
Elegí un veneno y elegí un método: el de la lentitud. Dosis pequeñas administradas en las comidas y, luego, me senté a contemplar los resultados. Cada día un poco más de cansancio, unas ojeras más pronunciadas, un sueño más profundo y menos reparador, una náusea más, y las frases que todos deseamos oír cuando estamos enfermos: no es nada, cariño, sólo nervios, descansa un poco y se te pasará. Y así hasta el día que no despertó.
Oculté su cadáver. No entraba dentro de mis planes iniciales, pero lo hice. En el último momento, cuando tuve que tomar una decisión, me pareció la solución más acertada. Si había decidido convertirme en un asesino lo sería hasta el final.
Me puse unos guantes y, de madrugada, la envolví en unas mantas y la bajé hasta el coche. Luego conduje hasta el campo y me pasé toda la noche cavando una fosa capaz de albergar diez o doce cuerpos como el suyo. La enterré junto con una maleta que había llevado conmigo y que me había encargado de llenar con algunas de sus ropas y pertenencias.
Volví a casa y dormí doce horas seguidas. Hacía tiempo que no tenía un sueño tan reparador. No hice llamadas. Esperé que el tiempo se encargara y las circunstancias se hicieran dueñas de mi vida. Lo que siguió, a pesar de lo previsible, fue divertido. Visitas de la policía, interrogatorios, llanto de la familia, llamadas de compañeros de trabajo y conocidos.... La larga e interminable lista de la tragedia.
Milagrosamente su cadáver nunca apareció, al menos no ha aparecido hasta el día de hoy. Creo que la falta de experiencia y la casualidad se aliaron para ayudarme a elegir el sitio perfecto, el crimen perfecto, el móvil perfecto. Todavía hoy, tres años después me siguen compadeciendo.
A ella, en el fondo, la desprecian. Están convencidos de que huyó para no tener que cuidarme. Susurraron nombres de amantes ficticios, de hipotéticos viajes.... Al final, la vida es sólo eso, lo que quieras imaginar. Y, milagrosamente, yo sigo vivo. Salvado por el odio, rescatado de la certeza del final por la dulce hiel del triunfo.
No sé que pensarás de mí, desconocido. Puedes juzgarme y despreciarme, no me importa porque yo he vencido.
Hace algunos años estuve enfermo, fue entonces cuando comencé a odiar a Olga. No es que la enfermedad y Olga tuvieran nada que ver. El miedo a morir se instaló en mi vida de noche y de día, siempre el mismo miedo ácido hiriéndome con su aguijón envenenado. Estaba seguro de que iba a morir y, en medio de aquella premonición negra y certera, la imagen de Olga comenzó a dibujarse como la silueta tenue de un error.
Si entonces, cuando el fin parecía tan cercano e inminente, los pechos de Olga miraban indiferentes hacia otro lugar y sus cabellos perdían un poco de brillo cada instante, si podía sentirla ajena, sólo me quedaba caminar despacio hasta la estación de trenes, consultar los horarios hacia el sur y perderme sin equipaje en la evidencia de una muerte a solas.
Pero no me fui. Por qué huir de algo tan nimio si de todas formas iba a morir.
Y me quedé en nuestra casa, una casa que cada vez se parecía más a Olga y menos a mí, como si hasta las paredes se adaptasen con indiferencia a mi ausencia futura.
Ignoro si eres capaz de entender lo que implica el miedo a morir, el verdadero miedo a morir. No se si tú a quien no conozco- te has asomado alguna vez al abismo de la peor de las certezas. Podría escribir páginas y páginas intentado explicar las formas de angustia que se esconden en el interior de ese pozo oscuro.
La angustia por el tiempo perdido. La angustia culpable por el dolor que infliges a los demás. La angustia egoísta capaz de transformarte en la peor de las alimañas. La angustia rebelde que metamorfosea en ataques de ira un simple y bienintencionado buenos días. La angustia metafísica que lanza al viento preguntas imposibles. Y así hasta completar el círculo de la angustia total, un día tras otro, idénticos hoy, ayer y mañana, la resta imparable de horas robando con la complicidad de los espejos rotos, esta tonta esperanza que llamamos futuro.
Pues bien, ni aún así, ni aunque empleara el resto de mi vida en el intento de desmenuzar para ti los diferentes matices que el dolor dibujó en mi vida, sería capaz de hacerme entender, salvo que tú , hayas sentido, en tu propia piel, esa clase de miedo único.
Tampoco Olga supo entender y, aunque esa incapacidad nada tuviera que ver con mi recién descubierta falta de compasión hacia ella, la mirada vacía que sus ojos grises me dirigían cada día, se convirtió en la coartada perfecta para mi odio. Primero la indiferencia, y luego, reptando como una culebra húmeda por mis entrañas, la repulsión. La detestaba y no sólo a ella, también los rastros que su vida iba dejando en la mía.
Me provocaba náuseas la posibilidad de que su cepillo de dientes rozara por accidente el mío y lo contaminase con su repulsiva y viscosa saliva. Perseguía sus cabellos por el cuarto de baño con la misma saña que tú, hombre normal, perseguirías al más inmundo de los insectos.
Enfermé de odio, un odio tan cegador como la más oscura de las noches. La odiaba por tener que compartir con ella los últimos escalones de mi ya inútil vida pero, sobre todo, la odiaba por saber que, dentro de muy poco, cuando yo no fuera más que un recuerdo difuso que se apaga, ella seguiría allí, ilesa y victoriosa, cepillándose el cabello frente al espejo el baño, como si yo nunca hubiera existido.
Sé lo que estás pensando. Crees que el dolor me hizo enloquecer e igual que unos locos enferman de risa y otros de llanto o de olvido, yo enfermé de odio. Puede que tengas razón. Nunca me he parado a pensarlo y menos aún entonces. No podía perder el tiempo elucubrando sobre los porqués de un sentimiento que absorbía todas mis energías.
Me gustaba odiar a Olga y, hoy por hoy, estoy convencido de que fue ese sentimiento y no otro el que logró mantenerme con vida.
La idea de matarla fue tomando cuerpo a medida que la enfermedad se instalaba en mi vida y los días se convertían en un largo infierno sin destino. Olga se preocupaba por mí. Cocinaba los platos que más me gustaban. Llenaba la casa de flores frescas y objetos exquisitos intentando que mi reclusión fuera lo más agradable posible. Alquilaba mis películas favoritas y me dejaba ver los partidos de fútbol. Pero ni uno sólo de sus gestos mitigaba mi repulsión hacia ella.
Cómo era Olga, te preguntarás.
Estatura mediana, ojos oscuros, pelo castaño y rizado, piel morena, delgada, habladora, inteligente. Pero no me casé con ella por ninguna de esas cualidades. Fueron su ausencia de pretensiones y su mirada práctica las que me decidieron.
He de confesar que nunca he creído en el amor. Al menos no en el amor entre dos seres del sexo opuesto, opuestos por lo tanto en todo. No conozco otro amor que el de mis libros y discos, objetos vivos que me hablan a través de los años, sonidos con los que me resulta fácil comulgar.
Huelga decir, por lo tanto, que nunca amé a Olga. Jamás he amado a ninguna mujer. La elegí porque el destino me hizo tropezar con ella en el momento y el lugar precisos. La elegí no porque me gustara sino, más bien, porque tanto su aspecto como su comportamiento me disgustaban menos que el aspecto y el comportamiento de otras mujeres.
Hacerle creer que esa ausencia de rechazo era amor, fue pan comido. Olga, como la inmensa mayoría de los miembros de su sexo, llevaba toda la vida esperando que alguien como yo irrumpiera en su vida con la promesa de llenarla de sentido.
Durante los primeros años no la decepcioné. Incluso hice de ella una mujer feliz. Interpreté el papel de amante perfecto y ella lo creyó. Todavía hoy creo que fui demasiado generoso, nunca estuvo en su mano compensarme por tanta insulsa felicidad. Nada que ella hiciera o dijera podría servir para cancelar ni siquiera una mínima parte de la deuda eterna que había contraído conmigo, porque mi felicidad no dependía ni dependería jamás de ella.
Me gusta el sexo, me agrada practicar el acto sexual. Un orgasmo es la mejor y, a veces, única recompensa que obtenemos de este cuerpo ingrato con el que estamos obligados a convivir pero jamás he caído en el error de confundir, lo que es simple placer físico, con un goce espiritual incapaz de residir ni en nuestro cuerpo ni en ningún cuerpo ajeno. Durante un tiempo, obtuve placer de Olga y Olga obtuvo placer de mí. Luego ni siquiera eso.
Resultaba cómodo continuar viviendo con ella pero ya no la deseaba. Podría haberla abandonado y haber comenzado una historia nueva pero no creía en las historias nuevas. El principio y el final condenados a repetirse una y otra vez hasta el fin de los tiempos. Demasiado trabajo para un resultado tan pobre y un espíritu tan perezoso como el mío.
Por eso decidí seguir viviendo con ella y tal vez hubiéramos compartido el resto de nuestros días si un tumor de garganta no se hubiera interpuesto en el camino.
Después de la operación los médicos me ofrecieron una larga lista de motivos para seguir viviendo con un margen razonable de esperanza pero no importa lo que ningún médico diga. Si tú no crees en la curación, la curación no es posible. Hice oídos sordos a los diagnósticos y recomendaciones y me instalé en la certeza de la muerte y en el terror irracional de la peor de las pesadillas.
Ya no tenía sentido seguir engañando a Olga. La representación estaba a punto de concluir y, o me daba prisa, o muy pronto, dejaría de interpretar el papel protagonista. No importa lo bien que hayas jugado la partida, el que llega hasta el final gana. Basta un breve despiste en el último tramo para echar por tierra la más magistral de las carreras. Siempre pensé que Olga moriría primero y no estaba dispuesto a permitir que un tumor de garganta alterara mi bien construido destino.
Sólo tenía que decidir cómo y cuándo. Sabía que no usaría navajas ni tijeras, ni ningún otro objeto cortante que implicara el menor contacto físico. Tocar a Olga me producía náuseas. Imposible estrangularla, ahogarla en la bañera, asfixiarla con la almohada, empujarla por el hueco del ascensor, degollarla o desnucarla. No tuve que pensar demasiado para decidir que, en mi caso, el veneno suponía la única y perfecta solución. Pero, qué veneno.
No sabía nada de venenos, había oído hablar de algunos pero mis conocimientos eran más literarios que científicos y, si uno se propone matar a alguien de verdad, no puede documentarse en las páginas de una novela.
Al fin tenía algo que hacer. Cada día, durante dos largas e instructivas semanas, me levantaba temprano, abandonaba la casa y me dirigía a la Biblioteca con la intención de encontrar la receta mágica que me ayudara a librarme de Olga. Sólo sabía que deseaba matarla lentamente, no tenía prisa, me conformaba con poder acudir a su entierro.
Todo aquello estaba empezando a divertirme, era necesario prolongar la diversión, actuar con calma, no cometer errores, dejar que la muerte se tomara su tiempo. Me sentía como un Dios malvado decidiendo con firmeza la duración o el término de una vida. Era una lástima que no pudiera ser la mía, pero era una vida.
Elegí un veneno y elegí un método: el de la lentitud. Dosis pequeñas administradas en las comidas y, luego, me senté a contemplar los resultados. Cada día un poco más de cansancio, unas ojeras más pronunciadas, un sueño más profundo y menos reparador, una náusea más, y las frases que todos deseamos oír cuando estamos enfermos: no es nada, cariño, sólo nervios, descansa un poco y se te pasará. Y así hasta el día que no despertó.
Oculté su cadáver. No entraba dentro de mis planes iniciales, pero lo hice. En el último momento, cuando tuve que tomar una decisión, me pareció la solución más acertada. Si había decidido convertirme en un asesino lo sería hasta el final.
Me puse unos guantes y, de madrugada, la envolví en unas mantas y la bajé hasta el coche. Luego conduje hasta el campo y me pasé toda la noche cavando una fosa capaz de albergar diez o doce cuerpos como el suyo. La enterré junto con una maleta que había llevado conmigo y que me había encargado de llenar con algunas de sus ropas y pertenencias.
Volví a casa y dormí doce horas seguidas. Hacía tiempo que no tenía un sueño tan reparador. No hice llamadas. Esperé que el tiempo se encargara y las circunstancias se hicieran dueñas de mi vida. Lo que siguió, a pesar de lo previsible, fue divertido. Visitas de la policía, interrogatorios, llanto de la familia, llamadas de compañeros de trabajo y conocidos.... La larga e interminable lista de la tragedia.
Milagrosamente su cadáver nunca apareció, al menos no ha aparecido hasta el día de hoy. Creo que la falta de experiencia y la casualidad se aliaron para ayudarme a elegir el sitio perfecto, el crimen perfecto, el móvil perfecto. Todavía hoy, tres años después me siguen compadeciendo.
A ella, en el fondo, la desprecian. Están convencidos de que huyó para no tener que cuidarme. Susurraron nombres de amantes ficticios, de hipotéticos viajes.... Al final, la vida es sólo eso, lo que quieras imaginar. Y, milagrosamente, yo sigo vivo. Salvado por el odio, rescatado de la certeza del final por la dulce hiel del triunfo.
No sé que pensarás de mí, desconocido. Puedes juzgarme y despreciarme, no me importa porque yo he vencido.

:: Ò SI? ::
:: BUENO CREO QUE NO, ASI QUE ESPERO LA SEGUNDA PARTE.
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