Cuestión de tiempo

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Corrector
Corrector/a
En el consultorio tapizado de reconocimientos, certificados y constancias, me aburro enormemente. Estoy en espera de saber porque me han invitado en domingo a venir a ver al doctor.

Llega el facultativo, con trazas de persona instruida, mirar serio y andar apurado... Me invita a sentarme.

Al ver sus maneras cadenciosas, como en una ceremonia militar, auguro que sus noticias no serán nada buenas.

Evita mirarme a los ojos y menciona mi nombre como si se le pegara en el paladar, puntualiza que nos conocemos desde que yo era un pilluelo que huía de las inyecciones... su amistad con mi familia desde dos generaciones y otras cosas que no recuerdo ahora. Yo no doy importancia a su verborrea, mi atención se centra en que su frente se ha llenado de perlas.

Después de lo que pareció una eternidad se sienta en la orilla del escritorio, como temiendo alejarse de mi.

Percibo su aliento saturado de nicotina y bilis... a la vez que veo en sus ojos un asomo de lágrimas y lástima que me indigna más que otra cosa.

Por un momento, pienso que solo está dramatizando... pero adivino lo que está pasando cuando noto como late su pulso en el tamborilear de su yugular.

Me levanto del sillón y me coloco a su lado en el escritorio de madera... que está marcado por el paso de decenas de años y cientos de pequeños pacientes.

Lo miro a los ojos y pongo mi mano sobre su hombro.

Le digo las palabras que tardan en salir de la garganta ya que la siento espantosamente seca.

“¿Cuánto tiempo?”

Una hora después estoy otra vez en mi banca, esperando el ocaso. Planeando visitar al notario y abogado. Buscando enumerar las cartas que no he contestado. Atesorando cada segundo, que ahora están contados.

Tomo el celular y marco un número de la memoria:

“Hola cuñada. ¿Está mi hermano?”.

®Todos los derechos reservados bajo el nombre de Jorge de Córdoba, Cesarfco.cd​
 
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En el consultorio tapizado de reconocimientos, certificados y constancias, me aburro enormemente. Estoy en espera de saber porque me han invitado en domingo a venir a ver al doctor.

Llega el facultativo, con trazas de persona instruida, mirar serio y andar apurado... Me invita a sentarme.

Al ver sus maneras cadenciosas, como en una ceremonia militar, auguro que sus noticias no serán nada buenas.

Evita mirarme a los ojos y menciona mi nombre como si se le pegara en el paladar, puntualiza que nos conocemos desde que yo era un pilluelo que huía de las inyecciones... su amistad con mi familia desde dos generaciones y otras cosas que no recuerdo ahora. Yo no doy importancia a su verborrea, mi atención se centra en que su frente se ha llenado de perlas.

Después de lo que pareció una eternidad se sienta en la orilla del escritorio, como temiendo alejarse de mi.

Percibo su aliento saturado de nicotina y bilis... a la vez que veo en sus ojos un asomo de lágrimas y lástima que me indigna más que otra cosa.

Por un momento, pienso que solo está dramatizando... pero adivino lo que está pasando cuando noto como late su pulso en el tamborilear de su yugular.

Me levanto del sillón y me coloco a su lado en el escritorio de madera... que está marcado por el paso de decenas de años y cientos de pequeños pacientes.

Lo miro a los ojos y pongo mi mano sobre su hombro.

Le digo las palabras que tardan en salir de la garganta ya que la siento espantosamente seca.

“¿Cuánto tiempo?”

Una hora después estoy otra vez en mi banca, esperando el ocaso. Planeando visitar al notario y abogado. Buscando enumerar las cartas que no he contestado. Atesorando cada segundo, que ahora están contados.

Tomo el celular y marco un número de la memoria:

“Hola cuñada. ¿Está mi hermano?”.

®Todos los derechos reservados bajo el nombre de Jorge de Córdoba, Cesarfco.cd​
Tremenda situación donde das tantas imagenes, que te hacen vivir en primera persona lo que acontece, en tu magnifico escrito.
Un abrazo, César
Rosario
 

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