Su pulso se debilitaba a cada instante. Un trocito de vida se marchaba a cada suspiro que su boca exhalaba, débil y maltrecha. Y es que el tiempo hace mella en todos los seres vivos, y ella no era excepción.
Ahi restaba, en su baja cama, confidente de noches de locura, donde era capaz de ver como la noche se abrazaba con el dia, mientras ella abrazaba a sus enriquecidos amantes, cada dia diferentes.
Entre sábanas era fuerte, y más con el vil metal de compañero de juegos, de carícias vacías de cariño y llenas de frustración, por ser estas las únicas muestras de amor que jamás tuvo.
Me parecia increible que, tan majestuosa dama en tiempos pasados, se fuera marchitando a cada segundo, haciéndose pequeñita, menguando rapidamente, buscando las sombras con la mirada perdida, e intentando apretar mi mano como si el último mesías salvador de tan desbocada vida fuera yo. Ella que se reia de Dios en vida, parecía estremecer al pensar en no verlo en sus últimas horas en este mundo.
Y yo, impasible, solo podía que acompañarla en su viaje final, sin poder hacer más nada que observar, como los suspiros enmudecian cada vez más, hasta que en uno de ellos, sus fríos dedos dejaron de hacer presión en mis manos.
Y en silencio quedó la habitación
Ahi restaba, en su baja cama, confidente de noches de locura, donde era capaz de ver como la noche se abrazaba con el dia, mientras ella abrazaba a sus enriquecidos amantes, cada dia diferentes.
Entre sábanas era fuerte, y más con el vil metal de compañero de juegos, de carícias vacías de cariño y llenas de frustración, por ser estas las únicas muestras de amor que jamás tuvo.
Me parecia increible que, tan majestuosa dama en tiempos pasados, se fuera marchitando a cada segundo, haciéndose pequeñita, menguando rapidamente, buscando las sombras con la mirada perdida, e intentando apretar mi mano como si el último mesías salvador de tan desbocada vida fuera yo. Ella que se reia de Dios en vida, parecía estremecer al pensar en no verlo en sus últimas horas en este mundo.
Y yo, impasible, solo podía que acompañarla en su viaje final, sin poder hacer más nada que observar, como los suspiros enmudecian cada vez más, hasta que en uno de ellos, sus fríos dedos dejaron de hacer presión en mis manos.
Y en silencio quedó la habitación