Alberto Alcoventosa
Poeta adicto al portal
DE AMOR Y MUERTE
I
Afuera, anochece por instantes,
la creciente oscuridad invade
la penumbra de nuestros aposentos,
en el lecho, nuestros cuerpos yacen
de placer adormecidos y ya prestos
a rogar a Morfeo dulces sueños.
La oigo respirar, siento su aliento,
alargo el brazo hasta palpar su pecho,
percibo, de su corazón, latidos quedos.
Soy muy feliz y, dichoso, me duermo.
II
Una tarde oscura,
de duelo y quebranto,
le dan sepultura
en el camposanto.
Dos tristes figuras
presiden el duelo,
lucen vestiduras
de enlutado negro.
Llevan la amargura
pintada en el gesto.
Son amante y padre
que, tristes, apuran
el final del trance.
Se extingue la tarde
Soledad que inunda
el gris cementerio,
la lóbrega tumba
envuelve su cuerpo.
Y, así, fría y sola,
dormirá en silencio.
¡Pobre criatura,
en qué corto tiempo
se truncó su sueño!
I
Afuera, anochece por instantes,
la creciente oscuridad invade
la penumbra de nuestros aposentos,
en el lecho, nuestros cuerpos yacen
de placer adormecidos y ya prestos
a rogar a Morfeo dulces sueños.
La oigo respirar, siento su aliento,
alargo el brazo hasta palpar su pecho,
percibo, de su corazón, latidos quedos.
Soy muy feliz y, dichoso, me duermo.
II
Una tarde oscura,
de duelo y quebranto,
le dan sepultura
en el camposanto.
Dos tristes figuras
presiden el duelo,
lucen vestiduras
de enlutado negro.
Llevan la amargura
pintada en el gesto.
Son amante y padre
que, tristes, apuran
el final del trance.
Se extingue la tarde
Soledad que inunda
el gris cementerio,
la lóbrega tumba
envuelve su cuerpo.
Y, así, fría y sola,
dormirá en silencio.
¡Pobre criatura,
en qué corto tiempo
se truncó su sueño!