De carmín el viento

ivoralgor

Poeta fiel al portal
Esa tarde, Raúl Iturbe salía de su casa algo iracundo. Por enésima ocasión no podía localizar a Carlos Magaña para matarlo. Le había robado, según Raúl Iturbe, el mayor de sus tesoros: el amor de su ex-esposa. La búsqueda no tenía cansancio, ni tiempo, era cuestión de venganza.

Carlos Mañana viajaba mucho al interior del país y no le preocupaba la última amenaza que recibió de parte de Raúl Iturbe. Esa misma tarde llegaba, después de dos meses, a su casa. Tuvo las ansias de tomar unas cervezas en el bar de siempre y se dirigió ahí. Llegó con aires cansinos, pero complaciente.

- Un dos equis – le solicitó al Bar Tender.

Una llamada alertó a Raúl Iturbe del paradero de Carlos Magaña. Después de un par de cervezas, Carlos Magaña sintió en el hombro izquierdo una mano temblorosa.

- Hasta que te encuentro puto – le dijo irónicamente Raúl Iturbe.

Instintivamente saltó de su asiento Carlos Magaña, derramando su cerveza. En la mano derecha de Raúl Iturbe relucía una pistola calibre .38 Super.

- Salgamos despacito hijo de puta, muy despacito – sentenció Raúl Iturbe.

Un silencio incómodo inundó el bar “Lily”. Las miradas se centraron en el arma y en Carlos Magaña, que ya tenía la frente sudada. En el estacionamiento del bar, Raúl Iturbe le pegó un tiro en el pierna derecha a Carlos Magaña. Tiró el arma y se le fue encima.

- ¡Maldito! ¡Debes morir! – vociferó Raúl Iturbe al tiempo que le saltaban las venas.

Con saña arremetía una y otra vez los golpes en el rostro de Carlos Magaña. La sangre teñía la manos, el rostro, el viento. Morir era la única esperanza para tanta ira contenida y lo sabía Carlos Magaña.

- Creíste que te ibas a burlar de mí. Ni madre, maldito.

De súbito, una detonación detuvo el tiempo.

- Si lo matas, te mato – con firmeza gritó Alma Pedrero, la ex-esposa de Raúl Iturbe.
- Pues mátame puta porque el ya está muerto – dijo con furia Raúl Iturbe.
- Entonces te irás al infierno, hijo de puta, impotente. Él es más hombre que tú – sentenció Alma Pedrero.

Se acercó Alma Pedrero un par de metros para no fallar el tiro. La detonación salpicó con sangre al viento que era casi imperceptible.

- Chinga tu re-puta madre Raúl, chinga tu re-puta madre – gritaba desolada Alma Pedrero.

Angustiosamente corrió hacia Carlos Magaña. Ya estaba muerto.

- De qué me sirve vivir si ya estás muerto, mi amor – musitó Alma Pedrero antes de encañonarse la boca y apretar el gatillo por última vez.
 

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