prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
No sé por qué mi padre guardaba las escorias de los perros que tuvimos.
Tal vez ese barril no tenia otra necesidad.
Antes que el alba, adentro, resonaban aullidos.
Era la hora cuando mi padre solía despertarse
a afilar las guadañas.
Después el rezo atroz de las venas que brotaban de su brazo.
Duraba por horas.
Creo que pensaba en la nada mientras, arrodillado
y a golpes de martillo recibía los primeros rayos del sol.
Y los perros del barril aullaban.
La representación de sus edades era un coro perfecto de la muerte.
Doce, cuatro, siete, dos meses, 3 minutos.
3 minutos no alcanzan para verle los ojos a un perro recién nacido,
3 minutos, a veces, no son siquiera un párpado.
(Dios, has hecho las cosas muy mal,
hay demasiado barriles y demasiada fruta podrida en los otoños.
Yo quisiera
lamer Tu sien
como un perro sin ojos
como un hombre que tiene todos los amaneceres vendidos
para conseguirles a sus hijos una luna de maíz.)
Mi padre tenía una primavera diferente, más temprana que la nuestra.
Veía a sus manos alargarse para oprimir la tristeza de los duraznos.
Ciertos arboles decaían y los usábamos para colgar ropa de sus ramas.
Por la mañana lavaba su lengua en el silencio, el silencio era muy líquido.
No le hablaba a mi madre porque ella salía a responderle despelucada
y con ángeles en la garganta.
Tal vez ese barril no tenia otra necesidad.
Antes que el alba, adentro, resonaban aullidos.
Era la hora cuando mi padre solía despertarse
a afilar las guadañas.
Después el rezo atroz de las venas que brotaban de su brazo.
Duraba por horas.
Creo que pensaba en la nada mientras, arrodillado
y a golpes de martillo recibía los primeros rayos del sol.
Y los perros del barril aullaban.
La representación de sus edades era un coro perfecto de la muerte.
Doce, cuatro, siete, dos meses, 3 minutos.
3 minutos no alcanzan para verle los ojos a un perro recién nacido,
3 minutos, a veces, no son siquiera un párpado.
(Dios, has hecho las cosas muy mal,
hay demasiado barriles y demasiada fruta podrida en los otoños.
Yo quisiera
lamer Tu sien
como un perro sin ojos
como un hombre que tiene todos los amaneceres vendidos
para conseguirles a sus hijos una luna de maíz.)
Mi padre tenía una primavera diferente, más temprana que la nuestra.
Veía a sus manos alargarse para oprimir la tristeza de los duraznos.
Ciertos arboles decaían y los usábamos para colgar ropa de sus ramas.
Por la mañana lavaba su lengua en el silencio, el silencio era muy líquido.
No le hablaba a mi madre porque ella salía a responderle despelucada
y con ángeles en la garganta.