Alberto Alcoventosa
Poeta adicto al portal
DE HOJAS Y ARBOLES
De hojas
Cae la tarde, de estrellas aún desierta,
por el bosque otoñal me paseaba,
iba pisando yacientes hojas secas
que, a mi paso, ruidosas crepitaban.
Con la rabia prendida en su mirada
y el odio apoderado de su ceño,
un árbol, indignado, me espetaba
a voces, tan fuertes como truenos:
-Pisando las hojas de este suelo,
profanas una parte de mi cuerpo,
pues antes que hojarasca fueron
mis vástagos queridos y ahora muertos-
Y de árboles
El blanco álamo que crece en la ribera
del caudaloso río somontano,
con los rayos de sol, en el verano,
sus hojas plateadas reverberan.
El viento que sopla de la sierra,
barriendo la neblina tempranera,
sus frondas con tal saña cimbrea,
que muchas de sus hojas caen a tierra.
Cuando los fríos invernales llegan,
se desnuda su espléndido ramaje,
y en los albores de la primavera,
recuperan, de nuevo, su follaje.
Cae la tarde, de estrellas aún desierta,
por el bosque otoñal me paseaba,
iba pisando yacientes hojas secas
que, a mi paso, ruidosas crepitaban.
Con la rabia prendida en su mirada
y el odio apoderado de su ceño,
un árbol, indignado, me espetaba
a voces, tan fuertes como truenos:
-Pisando las hojas de este suelo,
profanas una parte de mi cuerpo,
pues antes que hojarasca fueron
mis vástagos queridos y ahora muertos-
Y de árboles
El blanco álamo que crece en la ribera
del caudaloso río somontano,
con los rayos de sol, en el verano,
sus hojas plateadas reverberan.
El viento que sopla de la sierra,
barriendo la neblina tempranera,
sus frondas con tal saña cimbrea,
que muchas de sus hojas caen a tierra.
Cuando los fríos invernales llegan,
se desnuda su espléndido ramaje,
y en los albores de la primavera,
recuperan, de nuevo, su follaje.