Eban Fems Cid
Poeta fiel al portal
De piedra y trapo
Érase una vez una estatua,
de piedra gris como la niebla
y vacía estaba como la muerte.
Húmeda y silente erguida solemne
sobre una plataforma estaba,
de granitos añejos, verdoso musgo.
Era la imagen de un hombre
de cara dura y penetrantes ojos,
en ella se mantenia la memoria
de un antiguo y valiente caminante
que por amor perpetuo y galante,
murió soñando de nuevo verla.
Parte de los deseos del errabundo,
perdidos en la tierra quedaron
y rondando un día de primavera
se depositaron en las frías piedras;
dándole una picadura de amargura,
vida a sus ojos quietos y mudos.
Cerca del pequeño parque boscoso
donde se hallaba la estatua amargada
vivía un comerciante viejo y cansado,
este tenía un pequeño negocio
de juguetes, artes de trapo y hojalata;
y ella estaba encima del escaparate.
Una muñequita de trapo, ojos de botón,
tan hermosa como una reina de corazón,
las manitas apretadas sostenían rosas,
la cara dibujaba sonrisas coquetas,
su cuerpo de lana amarilla, vestía azul
y ella sin decir nada miraba derredor.
Una noche de abril con luna velada,
y de estrellas que brillaban distantes;
los ojos areniscos encontraron con ella
borrando amarguras de su alma de piedra,
súbito en él despertó un afecto dormido
por su princesa de un cuento ya ido.
Pero la muñequita tenía un amo,
el mercader deseaba siempre entre manos,
cual almohada de felpa contra su cara;
la muñequita decía que lo amaba, nada conocía,
toda su vida la llevaba y jamás vio otra mirada,
confundido corazón, la verdad de ser amada.
Al sentir la mirada que la buscada
en la muñequita algo nuevo despertaba,
por que de la piedra brotaba algo más que deseo,
algo que jamás había sentido de su viejo dueño,
no era aprensión ni tampoco simple pasión;
era un sentimiento que la roca horadaba.
Una mañana nublada la muñequita
busco la oscura silueta de su amante silente,
juntos al despuntar el alba cruzaron miradas
y ya nunca más pudieron apartarlas
eran días felices de risa callada,
la roca con lo ojos, poesía le recitaba.
Tan felices eran los días de enero
con un sol radiante y aires tan frescos,
luna mojada y noches tan bellas,
la muñeca y la piedra la compañía disfrutaban,
tan sólo verse de día, aun así felices estaban
en un amor tan partido y sin poder decir nada.
Entonces una noche la estatua impaciente
queriendo ser libre con su amada por siempre,
le pidió abandonar sus prisiones y juntos volar,
ir con sus espíritus al cosmos llegar,
dejando de lado cubiertas y formas
solo estar juntos sin techo, ni plataforma.
La muñequita muy asustada le dijo;
No puedo dejar a mi amo solito en este mundo,
tengo miedo de perderlo todo y sólo olvido ganar.
La piedra triste rompió su cáscara y sin palabras
arrastro su alma cansada fuera del alba,
se fue al vacio sin nada, solo un recuerdo guardaba...
Érase una vez una estatua,
de piedra gris como la niebla
y vacía estaba como la muerte.
Húmeda y silente erguida solemne
sobre una plataforma estaba,
de granitos añejos, verdoso musgo.
Era la imagen de un hombre
de cara dura y penetrantes ojos,
en ella se mantenia la memoria
de un antiguo y valiente caminante
que por amor perpetuo y galante,
murió soñando de nuevo verla.
Parte de los deseos del errabundo,
perdidos en la tierra quedaron
y rondando un día de primavera
se depositaron en las frías piedras;
dándole una picadura de amargura,
vida a sus ojos quietos y mudos.
Cerca del pequeño parque boscoso
donde se hallaba la estatua amargada
vivía un comerciante viejo y cansado,
este tenía un pequeño negocio
de juguetes, artes de trapo y hojalata;
y ella estaba encima del escaparate.
Una muñequita de trapo, ojos de botón,
tan hermosa como una reina de corazón,
las manitas apretadas sostenían rosas,
la cara dibujaba sonrisas coquetas,
su cuerpo de lana amarilla, vestía azul
y ella sin decir nada miraba derredor.
Una noche de abril con luna velada,
y de estrellas que brillaban distantes;
los ojos areniscos encontraron con ella
borrando amarguras de su alma de piedra,
súbito en él despertó un afecto dormido
por su princesa de un cuento ya ido.
Pero la muñequita tenía un amo,
el mercader deseaba siempre entre manos,
cual almohada de felpa contra su cara;
la muñequita decía que lo amaba, nada conocía,
toda su vida la llevaba y jamás vio otra mirada,
confundido corazón, la verdad de ser amada.
Al sentir la mirada que la buscada
en la muñequita algo nuevo despertaba,
por que de la piedra brotaba algo más que deseo,
algo que jamás había sentido de su viejo dueño,
no era aprensión ni tampoco simple pasión;
era un sentimiento que la roca horadaba.
Una mañana nublada la muñequita
busco la oscura silueta de su amante silente,
juntos al despuntar el alba cruzaron miradas
y ya nunca más pudieron apartarlas
eran días felices de risa callada,
la roca con lo ojos, poesía le recitaba.
Tan felices eran los días de enero
con un sol radiante y aires tan frescos,
luna mojada y noches tan bellas,
la muñeca y la piedra la compañía disfrutaban,
tan sólo verse de día, aun así felices estaban
en un amor tan partido y sin poder decir nada.
Entonces una noche la estatua impaciente
queriendo ser libre con su amada por siempre,
le pidió abandonar sus prisiones y juntos volar,
ir con sus espíritus al cosmos llegar,
dejando de lado cubiertas y formas
solo estar juntos sin techo, ni plataforma.
La muñequita muy asustada le dijo;
No puedo dejar a mi amo solito en este mundo,
tengo miedo de perderlo todo y sólo olvido ganar.
La piedra triste rompió su cáscara y sin palabras
arrastro su alma cansada fuera del alba,
se fue al vacio sin nada, solo un recuerdo guardaba...
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