angel gris
Poeta recién llegado
Mujer de años cortos,
lengua de hojaldre,
pies de virgen, pies de lluvia de trigo.
Cabello de flechas que lidian contra mis meses de vidrio,
cuello de ave que emigra,
cuello de torrente postergado.
Amenaza añeja, escondida en los rayos de los dioses.
Porte de alfileres fríos,
brazos de alquiler,
Piernas de confitería,
labios húmedos socios de los míos.
Caballo de mar que juzga al viento,
viento caído a tus caderas,
pupilas que no compro pero todavía demando.
En tanto bebiste aquel trago,
heriste el pan de la luna...
Yo comenzaba a jugar el juego de la duda.
Sin lugar para un olvido o dos reproches,
de visita, entre semana, tuve tus llamados y más mensajes,
Y yo que tan sólo esperaba algún sábado a la noche.
Estas gotas que hoy se olvidan del piloto,
solían guarecernos entre baldosas
de vez en cuando, y no por colecta,
para colgarnos el ropaje de la cercanía.
Chocolates y un poco de vino,
entusiastas tus lunares, viajeros a contramano.
El televisor alumbraba la silueta de la flaca,
vaya qué imagen tenía entre mis manos.
Y yo que tan sólo esperaba otro sábado a la noche.
Un próximo encuentro entre birras y vicios
mezclando cualquier boliche,
saqué boleto en ayunas,
para matarte con mi beso, para morirme en tu locura.
Con sábanas de testigo y una persiana como juez,
mi reloj marcó las diez, "hasta acá llegamos", me dijo.
Dejándome huérfano,
como lo hacen las balas de los pájaros del norte.
Sin embargo, saliste en el diario,
los viejos pasos de otra historia,
heriste el pan de la luna,
comenzaba a jugar tu juego sin los dados
y el saludo me costaba el orgullo de la banca.
Acompañando las desdichas de tu vuelta sin disfraces,
aposté pleno la mañana y sin avisos ni entreveres,
la partida había perdido.
lengua de hojaldre,
pies de virgen, pies de lluvia de trigo.
Cabello de flechas que lidian contra mis meses de vidrio,
cuello de ave que emigra,
cuello de torrente postergado.
Amenaza añeja, escondida en los rayos de los dioses.
Porte de alfileres fríos,
brazos de alquiler,
Piernas de confitería,
labios húmedos socios de los míos.
Caballo de mar que juzga al viento,
viento caído a tus caderas,
pupilas que no compro pero todavía demando.
En tanto bebiste aquel trago,
heriste el pan de la luna...
Yo comenzaba a jugar el juego de la duda.
Sin lugar para un olvido o dos reproches,
de visita, entre semana, tuve tus llamados y más mensajes,
Y yo que tan sólo esperaba algún sábado a la noche.
Estas gotas que hoy se olvidan del piloto,
solían guarecernos entre baldosas
de vez en cuando, y no por colecta,
para colgarnos el ropaje de la cercanía.
Chocolates y un poco de vino,
entusiastas tus lunares, viajeros a contramano.
El televisor alumbraba la silueta de la flaca,
vaya qué imagen tenía entre mis manos.
Y yo que tan sólo esperaba otro sábado a la noche.
Un próximo encuentro entre birras y vicios
mezclando cualquier boliche,
saqué boleto en ayunas,
para matarte con mi beso, para morirme en tu locura.
Con sábanas de testigo y una persiana como juez,
mi reloj marcó las diez, "hasta acá llegamos", me dijo.
Dejándome huérfano,
como lo hacen las balas de los pájaros del norte.
Sin embargo, saliste en el diario,
los viejos pasos de otra historia,
heriste el pan de la luna,
comenzaba a jugar tu juego sin los dados
y el saludo me costaba el orgullo de la banca.
Acompañando las desdichas de tu vuelta sin disfraces,
aposté pleno la mañana y sin avisos ni entreveres,
la partida había perdido.
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