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De sol de miel y de rosal bermejo

Último Poeta Maldito

Poeta asiduo al portal
¡Oh, amigo, garrido ruiseñor! En esta tarde en que empieza a desfallecer, con el ocaso agónico, el sol. Y antes de que tengas que irte; que os parece que narre una breve anécdota -revolotea-. Bien… pero dígame usted, ¿De qué le gustaría que trate? De un sueño, ¿Podría ser? De mis venturas primaverales, ¿Quizás? De las desventuras amorosas de mi niñez, ¿Tal vez?... -trina-. Oh, está bien. De mi primer encuentro con el amor y la vida le apetece.

… si no recuerdo mal, era primavera y…... sí, ya recuerdo.

Fue en una noche de luna llena y argentina, guarnida de estrellas, de viento lánguido y fresco, con naturaleza meteorizada por centelleantes luciérnagas. Distraído pasaba por una senda llana y tapizada por yerbas tiernas. De pronto, rompiendo el silencio nocturno de oro y plata, escuche risas, como de chicuelas, y susurros que cargaban intriga idílica, proveniente de una cercana estancia; después, un silbido. Me volví. Y las miré brillar, como si nimbos áureos les prendieran sus rosadas frentes. Eran bellas y rapazas, más una que la otra. A quien mis cafés miraran inocentes, puros y cristalinos, como a un tranquilo lago azul, a los suyos.

Me acerque, mientras pensativo me interrogaba: ¿Quiénes son ellas?... ¿Qué quieren ellas?... sus miradas altivas de diosas helenas creasen un silencio insostenible, que rompieran después con un beso, uno de pureza infinita, en mi mejillas ruborosa. Pues, mi sorpresa era gemela de la timidez. Mientras hablábamos sus películas esplendían dos colores: de sol de miel y de rosal bermejo; en ellas se escurrían los nimbos y rosados. La natura matizada cargaba ideales mágicos que mecían los ramajes y acariciaban las teces mullidas; las palabras se escapaban casi por gracias del hálito; y las miradas opalinas se perdían en pantallas de ensueños y en divagaciones del entorno de luz penumbrosa. Una de las muchachas, la mayor, sin justificado apuro me besó la mejilla; sonrió, como sugiriendo aún más intriga, y se marchó por un camino umbrío y monótono, entre vislumbre argentino y céfiros misteriosos. Se perdió de vista. Quedamos solos. Las estrellas le bañaban la piel canela; yo contemplaba nuevamente sus ojos cristalinos, como un mar de lapislázuli a quien hacia estela luminosa una luna de oro, que se enterrara en la inmensidad lineal de su horizonte. Entre suspiros tibios y palpitaciones líricas halló lugar el silencio nuevamente, esta vez era mágico e inefable; dejándonos, en un hondo tiempo, presos. Ella miraba mis labios secos; yo, su fresca boca rosada, ¡El cáliz de amor rociado de vida! Sin saber cómo o por qué, las manos se encontraron en caricias delicadas, como almas que se rozan; los cuerpos se juntaban lentamente, como en un abrazo inmortal de cielo y tierra; el contorno ya no era más: no había luna, estrellas ni cielo, ni árboles, ni siquiera el glauco suelo. Las miradas cada vez se hallaban más cerca, más hondas, más azules; su tez rozaba mi tez; sus ojos se hundían en los míos; su nimbo prendía mis cabellos sombríos; y entre tramas de luces y suspiros-¡sí, el lenguaje del amor!- sonó un beso…

La miré quedo. Su boca ardía aún; mi cabeza posaba en auras pensativas; y ella justificándose, prorrumpió: “¡Este es un agur parisino!”… y se marchó rápidamente por el mismo triste camino por do su hermana se marchó, como incrustándose un zafir en las sombras de un ébano... ¡Se marchó! y con ella, embelesada, mi alma detrás…

Ese fue mi primer encuentro con el frenesí que llamáis vida, quien me golpeo con su leve inocencia y la pureza de un beso lleno de vibraciones profundas y líricas, de una bella joven llamada Elieth.

Mi primer encuentro con el amor, amigo, eso te lo cuento otro día… pues, ya es tarde; cayó el ocaso y muere el sol fulminante en ese horizonte vislumbral. tienes que iros, llega la noche.
 
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¡Oh, amigo, garrido ruiseñor! En esta tarde en que empieza a desfallecer, con el ocaso agónico, el sol. Y antes de que tengáis que iros; que os parece que narre una breve anécdota (revolotea). Bien… pero dígame usted, ¿De qué le gustaría que trate? De un sueño, ¿Podría ser? De mis venturas primaverales, ¿Quizás? De las desventuras amorosas de mi niñez, ¿Talvez?... (Trina). Oh, está bien. De mi primer encuentro con el amor y la vida deseáis.

… si no recuerdo mal, era primavera y… sí, ya recuerdo.

Fue en una noche de luna llena y argentina, guarnida de estrellas, de viento lánguido y fresco, con naturaleza meteorizada por centelleantes luciérnagas. Distraído pasaba por una senda llana y tapizada por yerbas tiernas. De pronto, rompiendo el silencio nocturno de oro y plata, escuche risas, como de chicuelas, y susurros que cargaban intriga idílica, proveniente de una cercana estancia; después, un silbido. Me volví. Y las miré brillar, como si nimbos áureos les prendieran sus rosadas frentes. Eran bellas y rapazas, más una que la otra. A quien mis cafés miraran inocentes, puros y cristalinos, como a un tranquilo lago azul, a los suyos.

Me acerque, mientras pensativo me interrogaba: ¿Quiénes son ellas?... ¿Qué quieren ellas?... sus miradas altivas de diosas helenas creasen un silencio insostenible, que rompieran después con un beso, uno de pureza infinita, en mi mejillas ruborosa. Pues, mi sorpresa era gemela de la timidez. Mientras hablábamos sus películas esplendían dos colores: de sol de miel y de rosal bermejo; en ellas se escurrían los nimbos y rosados. La natura matizada cargaba ideales mágicos que mecían los ramajes y acariciaban las teces mullidas; las palabras se escapaban casi por gracias del hálito; y las miradas opalinas se perdían en pantallas de ensueños y en divagaciones del entorno de luz penumbrosa. Una de las muchachas, la mayor, sin justificado apuro me besó la mejilla; sonrió, como sugiriendo aún más intriga, y se marchó por un camino umbrío y monótono, entre vislumbre argentino y céfiros misteriosos. Se perdió de vista. Quedamos solos. Las estrellas le bañaban la piel canela; yo contemplaba nuevamente sus ojos cristalinos, como un mar de lapislázuli a quien hacia estela luminosa una luna de oro, que se enterrara en la inmensidad lineal de su horizonte. Entre suspiros tibios y palpitaciones líricas halló lugar el silencio nuevamente, esta vez era mágico e inefable; dejándonos, en un hondo tiempo, presos. Ella miraba mis labios secos; yo, su fresca boca rosada, ¡El cáliz de amor rociado de vida! Sin saber cómo o por qué, las manos se encontraron en caricias delicadas, como almas que se rozan; los cuerpos se juntaban lentamente, como en un abrazo inmortal de cielo y tierra; el contorno ya no era más: no había luna, estrellas ni cielo, ni árboles, ni siquiera el glauco suelo. Las miradas cada vez se hallaban más cerca, más hondas, más azules; su tez rozaba mi tez; sus ojos se hundían en los míos; su nimbo prendía mis cabellos sombríos; y entre tramas de luces y suspiros-¡sí, el lenguaje del amor!- sonó un beso…

La miré quedo. Su boca ardía aún; mi cabeza posaba en auras pensativas; y ella justificándose, prorrumpió: “¡Este es un agur parisino!”… y se marchó rápidamente por el mismo triste camino por do su hermana se marchó, como incrustándose un zafir en las sombras de un ébano... ¡Se marchó! y con ella, embelesada, mi alma detrás…

Ese fue mi primer encuentro con el frenesí que llamáis vida, quien me golpeo con su leve inocencia y la pureza de un beso lleno de vibraciones profundas y líricas, de una bella joven llamada Elieth.

Mi primer encuentro con el amor, amigo, eso te lo cuento otro día… pues, ya es tarde; cayó el ocaso y muere el sol fulminante en ese horizonte vislumbral. Tenéis que iros, llega la noche.


bienvenido al portal ! se ve tu encanto por la literatura, y haces obras largas, señal de tu interés por la prosa que a veces parece indiferente a los demás, pero leyendo todo con atención, tiene grandes méritos

saludos
 

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