Enfermedad de Chagas
Poeta recién llegado
Me despierto de un solo salto y ya hubo una matanza.
No me dedicaré a describir las atrocidades que allí bullían
en un caldo de demencia.
Con un primer objeto limpio el sueño de mis ojos restados.
Me esfuerzo en trabajar mi sed y la amplitud de su afán.
Bajando los escalones como un cobarde
veo arder la tarde a la intemperie, suplicando.
A fuerza de permanecer aún en mi disgusto, ciego,
encima ahora de un sofá que escurre náusea,
nado a contracorriente remolinos y cobijas.
Algo hay allí que bufa levemente mis sentidos, mis recuerdos;
filos punzocortantes; épocas que no pueden esperar más.
A través de redes, tuercas y ríos que considero abrumadores,
sin que mi deslizamiento los obligue a cortar el ritmo,
veo unos seres de placer; hormigas rojas,
hediondos, minerales, enroscándose en torno a las masas putrefactas y roídas
o en busca de succiones, sangre subterránea: vanidades lamedoras.
Viajan, abren sus túneles en mi declinante cansancio,
abandonan párpados y desfilan reposabrazos, parten mis piernas,
sueltan su progenie caótica en el transcurso de la noche prematura,
en el claroscuro fétido de la primavera.
La tarde es roja y la mañana…
Abro los ojos de nuevo y pesadamente descubro que los cuerpos
avanzan unos cuantos pasos cada día, pintan de morado y ahogan
pequeños seres que nacieron de mi vista agonizante.
Saliendo por la puerta que a la vez se me adelanta, trato no rozar
la hinchazón que afecta puntas de cuchillos y oxígenos envenenados.
A veces refunfuñando, a veces pisando cigarros malditos
que fervientemente anhelan engordar en una boca, o pateando
piedrezuelas cuadradas y accidentales parabrisas húmedos en las orillas,
vago calles negras y desvestidas de banqueta, de lo que se dice leprosas;
vaciadas de alcohol y farándula.
Flores de carne yerguen muros pálidos y estacionamientos sin nombre,
y a lo lejos, familias de parque muerden mariposas ácidas, y ríen y cocinan
llantas adentro de los túneles.
Tras oír un breve ronroneo casi magenta me percato…
Sin apenas echar ojo, huyo una esquina y me aseguro perder
los desmembrados y atroces cadáveres que reptan.
Algo perseguido, medio enfermo, resquebrajado, somnoliento y con un afán
de persignarme cada vez que observo un ruido, pero a la vez sin aspirar cerrar los ojos nunca,
trato de perder de vista el equilibrio, pero la concentración y el agua
abismal ahogan todo y me asfixian sin remedio…
No me dedicaré a describir las atrocidades que allí bullían
en un caldo de demencia.
Con un primer objeto limpio el sueño de mis ojos restados.
Me esfuerzo en trabajar mi sed y la amplitud de su afán.
Bajando los escalones como un cobarde
veo arder la tarde a la intemperie, suplicando.
A fuerza de permanecer aún en mi disgusto, ciego,
encima ahora de un sofá que escurre náusea,
nado a contracorriente remolinos y cobijas.
Algo hay allí que bufa levemente mis sentidos, mis recuerdos;
filos punzocortantes; épocas que no pueden esperar más.
A través de redes, tuercas y ríos que considero abrumadores,
sin que mi deslizamiento los obligue a cortar el ritmo,
veo unos seres de placer; hormigas rojas,
hediondos, minerales, enroscándose en torno a las masas putrefactas y roídas
o en busca de succiones, sangre subterránea: vanidades lamedoras.
Viajan, abren sus túneles en mi declinante cansancio,
abandonan párpados y desfilan reposabrazos, parten mis piernas,
sueltan su progenie caótica en el transcurso de la noche prematura,
en el claroscuro fétido de la primavera.
La tarde es roja y la mañana…
Abro los ojos de nuevo y pesadamente descubro que los cuerpos
avanzan unos cuantos pasos cada día, pintan de morado y ahogan
pequeños seres que nacieron de mi vista agonizante.
Saliendo por la puerta que a la vez se me adelanta, trato no rozar
la hinchazón que afecta puntas de cuchillos y oxígenos envenenados.
A veces refunfuñando, a veces pisando cigarros malditos
que fervientemente anhelan engordar en una boca, o pateando
piedrezuelas cuadradas y accidentales parabrisas húmedos en las orillas,
vago calles negras y desvestidas de banqueta, de lo que se dice leprosas;
vaciadas de alcohol y farándula.
Flores de carne yerguen muros pálidos y estacionamientos sin nombre,
y a lo lejos, familias de parque muerden mariposas ácidas, y ríen y cocinan
llantas adentro de los túneles.
Tras oír un breve ronroneo casi magenta me percato…
Sin apenas echar ojo, huyo una esquina y me aseguro perder
los desmembrados y atroces cadáveres que reptan.
Algo perseguido, medio enfermo, resquebrajado, somnoliento y con un afán
de persignarme cada vez que observo un ruido, pero a la vez sin aspirar cerrar los ojos nunca,
trato de perder de vista el equilibrio, pero la concentración y el agua
abismal ahogan todo y me asfixian sin remedio…