BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tiraría las hojas del martirio
tan levemente acariciadas acantilados
por rotas manivelas de alcancías prefabricadas
completas e irreversibles hasta el claro de luna
especular figurantes de una inadmisible terquedad
del desamparo. Fingiría ante la crueldad suprema,
el hostigamiento de natalicios compendios de sangres superiores
enarbolados por metódicos rayos eléctricos.
Mi cuerpo era esa rosa abierta entre venas de olímpicas bestias,
abre su fosa con cajones de amplios versículos, de ropajes
atuendos de mucosas y muselinas dispares. Objetos e
injertos depauperados por la sola acción de un insecto fraticida,
que golpea con agua de nenúfares inquietos las naves desérticas
del cielo. En tu gloria de sangres superfluas, en tu nariz de hermético
temblor, mi agonía adquiriría necedad de alcoba y luz interna.
Y en los hospitales de necesaria hostilidad, el cuerpo cubriría
de asombro los capiteles de obras hermosas y barrocos atrios.
Oh, mi Débora imparcial, mi Dalila de sanguíneas fuentes estrelladas.
Cúbreme de tu ignominia sacrílega, señal del trémulo errar de los acuíferos
noctámbulos.
©
tan levemente acariciadas acantilados
por rotas manivelas de alcancías prefabricadas
completas e irreversibles hasta el claro de luna
especular figurantes de una inadmisible terquedad
del desamparo. Fingiría ante la crueldad suprema,
el hostigamiento de natalicios compendios de sangres superiores
enarbolados por metódicos rayos eléctricos.
Mi cuerpo era esa rosa abierta entre venas de olímpicas bestias,
abre su fosa con cajones de amplios versículos, de ropajes
atuendos de mucosas y muselinas dispares. Objetos e
injertos depauperados por la sola acción de un insecto fraticida,
que golpea con agua de nenúfares inquietos las naves desérticas
del cielo. En tu gloria de sangres superfluas, en tu nariz de hermético
temblor, mi agonía adquiriría necedad de alcoba y luz interna.
Y en los hospitales de necesaria hostilidad, el cuerpo cubriría
de asombro los capiteles de obras hermosas y barrocos atrios.
Oh, mi Débora imparcial, mi Dalila de sanguíneas fuentes estrelladas.
Cúbreme de tu ignominia sacrílega, señal del trémulo errar de los acuíferos
noctámbulos.
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