Ronald Bonilla
Poeta asiduo al portal

En aquella su sala
no había más que el piso frío.
Allí nos sentamos.
Giselle Bellomi estaba entonces
como un sueño surrealista,
entre el poeta ebrio que hablaba
solo verdades tan desnudas
y un viejo Ricardo, cronista de esta ciudad
desordenada.
Muy cerca los casi imberbes poetas,
poetas que queríamos ser mi amigo y yo,
fuimos cercando a la parisina
desde la imagen de un almohadón
horadado por coloquios.
-Déjala que se vaya con ellos- dijiste, Carlitos –
los jóvenes se la han ganado, siempre ganan.
En la pared solo estaba el viejo calendario,
y en todos sus días una calavera,
como si cada cuadrícula
fuese la bandera del pirata.
Solo el trece de junio no tenía el estigma.
-¿Por qué? – habíamos preguntado.
“La calavera marca los días que he bebido”.
Cuando salimos a la calle,
cerca del mercado y la basura
obsoleta de la madrugada,
Giselle reía con la ninfómana sonrisa
que soñamos,
y nosotros poseíamos el aire rancio
como jóvenes poetas
que creíamos que Carlitos
era un genio doloroso,
(qué sé yo a estas alturas),
marchando sereno hacia su calavera descarnada,
con una insurrección solitaria en el costado.
De mi libro inédito ALTAR DE DESCONCIERTOS
DERECHOS DE AUTOR reservados por ley
imagen: Filosofía en español.