Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Dejé mi amor en Monterrey,
entre calles que saben de mis pasos,
y noches que guardaron nuestros abrazos,
en la esquina de la luna y el olvido.
Era amor de esos que no se piden,
que se cuelan por ventanas entreabiertas
y te despiertan en madrugada
con un susurro que te quema los labios.
Monterrey, montaña que miraba,
testigo de los besos, los te quieros,
y de los miedos que, como ríos,
surcaban el valle de nuestros cuerpos.
Ella, imposible como la bruma en el Cerro de la Silla,
se diluyó en la distancia,
como la neblina que se traga la montaña,
dejándome solo, con manos llenas de nada.
Amor que se queda en las plazas,
en cada rincón de la Macroplaza,
esperando que vuelva, que la busque,
en cada paso que doy hacia la nada.
Monterrey, mi amor imposible,
ciudad que se llevó mi corazón sin pedirme,
me dejó amando sombras y recuerdos,
en este eterno retorno, sin ella, sin olvido.
entre calles que saben de mis pasos,
y noches que guardaron nuestros abrazos,
en la esquina de la luna y el olvido.
Era amor de esos que no se piden,
que se cuelan por ventanas entreabiertas
y te despiertan en madrugada
con un susurro que te quema los labios.
Monterrey, montaña que miraba,
testigo de los besos, los te quieros,
y de los miedos que, como ríos,
surcaban el valle de nuestros cuerpos.
Ella, imposible como la bruma en el Cerro de la Silla,
se diluyó en la distancia,
como la neblina que se traga la montaña,
dejándome solo, con manos llenas de nada.
Amor que se queda en las plazas,
en cada rincón de la Macroplaza,
esperando que vuelva, que la busque,
en cada paso que doy hacia la nada.
Monterrey, mi amor imposible,
ciudad que se llevó mi corazón sin pedirme,
me dejó amando sombras y recuerdos,
en este eterno retorno, sin ella, sin olvido.