Mario Francisco LG
Un error en la Matrix
Del río, las hadas
© Andrés Amendizábal
© Vianne Dpraux
Eranse cánticos tenues, lanzados al viento
entre brisas de níveas risas sin cesar
aquellas hadas que danzaban sobre el río
agitando serenidad eclipsándola en felicidad.
Agitaban tan misteriosas cálidas alas
que en la penumbra parecían soles,
se acercaron a mí, posando su tímida mirada
intentando contar leyendas, de obvios amores.
Posaron sus ojos de zafiros perpetuos
en un estridente silencio, relator de sueños
que entre tibios susurros, siempre tan ligeros
llenaban almas de imperturbables recuerdos.
Tan simples y llanas cubrieron de caricias
mi rostro entumecido de polvoriento granizo,
más sus manos enloquecían como humildes ánimas
que dejaron inertes y quedos mis suplicios.
Gráciles luces brillaban en sus cuerpos
Y sus manos, como fina seda sin hilar
Dabanme del mar de caricias, tiernas sin nostalgias
Algo más de vida cálida, exuberante de paz.
Tomaron de mi cuerpo yerto, una pizca de bien
y jugaron a contarme en el oído sus leyendas,
dejaron de acariciarme y de jugar con mi piel
e interesarse por el fuego que producían mis quimeras.
Buscaron en lo más profundo de mis sueños rotos
Y de cada lindero, mis vivaces fantasías obtuvieron
Entretejiéndolo a plateados rayos de luna en un sendero
Dando al cielo mis memorias de estrellas en señuelos.
Y se alejaron tal cual vinieron en su escándalo.
Me atacó el sueño que yacía postrado sobre el nido,
y me alejé de la fábula de los sueños en años,
que fui olvidando lastimosamente
a aquellas hadas de mi humilde río.
Y mis estrellas se fueron apagando,
como aquellas, mis niñas gráciles del lago...
aquellas hadas, que en mi memoria se tallaron,
son ahora rezagos de una ilusión en vientos alejados,
más aún entre sueños, las sigo esperando.
© Andrés Amendizábal
© Vianne Dpraux
Eranse cánticos tenues, lanzados al viento
entre brisas de níveas risas sin cesar
aquellas hadas que danzaban sobre el río
agitando serenidad eclipsándola en felicidad.
Agitaban tan misteriosas cálidas alas
que en la penumbra parecían soles,
se acercaron a mí, posando su tímida mirada
intentando contar leyendas, de obvios amores.
Posaron sus ojos de zafiros perpetuos
en un estridente silencio, relator de sueños
que entre tibios susurros, siempre tan ligeros
llenaban almas de imperturbables recuerdos.
Tan simples y llanas cubrieron de caricias
mi rostro entumecido de polvoriento granizo,
más sus manos enloquecían como humildes ánimas
que dejaron inertes y quedos mis suplicios.
Gráciles luces brillaban en sus cuerpos
Y sus manos, como fina seda sin hilar
Dabanme del mar de caricias, tiernas sin nostalgias
Algo más de vida cálida, exuberante de paz.
Tomaron de mi cuerpo yerto, una pizca de bien
y jugaron a contarme en el oído sus leyendas,
dejaron de acariciarme y de jugar con mi piel
e interesarse por el fuego que producían mis quimeras.
Buscaron en lo más profundo de mis sueños rotos
Y de cada lindero, mis vivaces fantasías obtuvieron
Entretejiéndolo a plateados rayos de luna en un sendero
Dando al cielo mis memorias de estrellas en señuelos.
Y se alejaron tal cual vinieron en su escándalo.
Me atacó el sueño que yacía postrado sobre el nido,
y me alejé de la fábula de los sueños en años,
que fui olvidando lastimosamente
a aquellas hadas de mi humilde río.
Y mis estrellas se fueron apagando,
como aquellas, mis niñas gráciles del lago...
aquellas hadas, que en mi memoria se tallaron,
son ahora rezagos de una ilusión en vientos alejados,
más aún entre sueños, las sigo esperando.