Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Cómo sacarme de las tripas un amor,
antes oro, ahora plomo,
a través del sentimiento abordo a Dios.
Sentimiento de rechazo, indiferencia.
No es que la superficialidad me asuste, no.
Es que me causa pavor.
Afloran sensaciones en mí.
Nunca he sido capaz de conformarme.
Y el desamor ocupa la primera escala de mi conocimiento.
Es una subida larga -cada vez más corta-,
suscitada quizá por el inconsciente.
Traumas y trastornos componen la parte inabordable de mi ser.
Por desearte, mujer.
Por desear e ilusionarme.
Ahora quizá valga más un espejismo que todo lo que abarco.
El mecanismo es bien sencillo.
Soy amo y señor de mis desengaños porque he decidido no ilusionarme.
No mientras no sepa lo que sucede con mis dos amores platónicos.
Las buenas cosas vienen a mí, en ocasiones, pero no las valoro.
Es decir, no las reconozco como buenas ni como malas.
Tengo un caparazón que me da la razón en todo.
Y los manda a todos a hacer puñetas.
No necesito ayuda, creo.
Necesito elegir.
A veces no distingo el sufrimiento.
Ya no digo dolor.
Para eso tendría que descender unos cuantos peldaños.
No quiero ser Dios si no me quieres.
No quiero estar cuerdo ni admitir la irrealidad de mis ideas si no te tengo.
De amarte intensamente he pasado a tergiversar lo que percibo y siento.
He llegado a pensar que no siento nada.
Pero nunca he pensado eso con respecto a ti.
Hace muchos años de la última vez que hablamos en común, el mismo idioma, por así decirlo.
Ahora somos distancia, humo, o Dios sabe qué.
Si me creo Dios sé lo que es.
Pero Ricardo está en horas bajas.
No sé si necesito algo que me vuelva a la vida.
Llevo tanto tiempo sin enchufarme a la realidad que te doy por imposible.
Tú fuiste la que borraste mis sentidos.