hugoescritor
Poeta que considera el portal su segunda casa
Con pasos de zamba carioca
(pero sin música)
el hombre trastabilló hasta la barra.
Dos pasos al frente,
uno a la derecha,
uno al centro
y se aferró fuertemente a ella.
Como si estuviese en alta mar
y la barra fuera el único salvavidas
en mil kilómetros a la redonda.
El cantinero lo miró de reojo,
mezcla de pena y desprecio.
Llenó un vaso hasta el borde,
con el licor más barato
y lo puso ante el sujeto.
A éste le temblaban las manos,
como si quisiesen escapársele.
Raramente,
cuando tomó la copa,
estaban tan firmes como las de un cirujano.
Echó la cabeza hacia atrás
y la vació de un trago.
Fue un milagro.
A los cinco minutos
estaba hablando y bromeando.
Meneando la cabeza,
el barman miraba a su cliente.
No podía comprender
que podría haberle pasado
a un hombre como el profesor.
De vida siempre intachable,
en muy poco tiempo,
estaba a un paso del delirium tremens.
Nadie se lo explicaba.
Siguió con su trabajo,
despues de todo era su deber
seguir envenenando con su pésimo licor
al resto de sus clientes.
Última edición: