Shinokoi Kikyo
Poeta recién llegado
La voz de las montañas me preguntó si lloré.
La imaginaria voz en mi cabeza creyendo que eras tú me preguntó si lloré.
Intenté no hacerlo. Lo intenté de mil formas diferentes.
Felicité a un pajarillo, para ver si me daba conversación; vagabundeé por Internet, a ver si en alguno de sus parajes conseguía distraerme; vi anime, con tal de pensar en otra cosa.
Escribí todos los versos posibles; edité imágenes tan profundamente como pude; dibujé en unos papeles que al cabo de unos instantes aparecieron desgarrados en el suelo. Todos ellos implícitos en la contrición, todos ellos miraban con el pesar propio de quien los había creado.
La música que me puse a escuchar no sirvió de nada, al contrario, generó más aflicción en el ámbito.
Entonces me senté en el suelo; di vueltas en mi habitación; divagué por los pasillos de la casa; arañé las paredes hasta que se me rompieron las uñas; caminé con los pies descalzos sobre los cristales fragmentados de la copa que arrojó mi padre al suelo cuando discutía con mi madre; me puse a gritar ahogándome en la almohada encima de mi cama; me quedé quieta en un rincón, sin hacer nada.
Todo eso hice.
Todo eso hice por mi excéntrica insensatez, por mi enajenación, por mi creciente demencia.
Todo eso lo hice porque no estabas conmigo; porque yo no quería; porque sé que es difícil; porque no puede ser; porque cuando te conectaste no me permití hablarte; no sé el porqué, pero por todo eso no sé que hice.
1-1-2010