La muerte pasa, humilde, entre los hombres,
sin preguntar al rey por su corona,
sin exigir al pobre sus harapos,
sin distinguir la lágrima o la gloria.
Llega igual para todos, silenciosa,
como un juez sin orgullo ni malicia;
abre la misma puerta a cada vida
y borra de la arena toda cifra.
Democracia perfecta de la sombra:
un gesto, un último aliento compartido,
la ley que iguala rostros y destinos
en la verdad final del mismo polvo.
Mas la eternidad —esa tirana—
no concede permiso al cambio humano.
Impone su decreto irrenunciable:
“Serás el mismo siempre, sin descanso”.
Dictadura sin tiempo y sin fronteras,
donde los días pierden su estatura,
donde el amor se vuelve repetido
y el alma se fatiga de su duda.
Prefiero, pues, la muerte, que es camino,
a la prisión dorada del “sin término”;
prefiero ser un soplo que se apaga
antes que un dios sin lágrimas ni anhelos.
Porque en la luz del límite encontramos
el brillo verdadero de la vida:
solo lo que termina nos despierta,
solo lo que se acaba nos habita.
sin preguntar al rey por su corona,
sin exigir al pobre sus harapos,
sin distinguir la lágrima o la gloria.
Llega igual para todos, silenciosa,
como un juez sin orgullo ni malicia;
abre la misma puerta a cada vida
y borra de la arena toda cifra.
Democracia perfecta de la sombra:
un gesto, un último aliento compartido,
la ley que iguala rostros y destinos
en la verdad final del mismo polvo.
Mas la eternidad —esa tirana—
no concede permiso al cambio humano.
Impone su decreto irrenunciable:
“Serás el mismo siempre, sin descanso”.
Dictadura sin tiempo y sin fronteras,
donde los días pierden su estatura,
donde el amor se vuelve repetido
y el alma se fatiga de su duda.
Prefiero, pues, la muerte, que es camino,
a la prisión dorada del “sin término”;
prefiero ser un soplo que se apaga
antes que un dios sin lágrimas ni anhelos.
Porque en la luz del límite encontramos
el brillo verdadero de la vida:
solo lo que termina nos despierta,
solo lo que se acaba nos habita.