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Dentro de mí

AnonimamenteYo

Poeta adicto al portal
Dentro de mí,
solo quedaba intemperie,
sin más morada que mis huesos,
y un corazón cuarteado de cartón
flaco y hambriento.
La soledad me miraba con piedad,
como a un perro en la puerta de un bar,
hurgaba con sus manos sobre mis bolsillos
y solo hallaba restos de viento.
Pero entonces, poco a poco,
las palabras fueron llegando,
me rodearon con sus brazos y me adoptaron.
Me ofrecieron un espacio
donde el Verbo fuera mío,
a darle nombre al dolor.
Juntos abrimos todos esos vacíos de mi interior,
y me enseñaron a alimentarlos,
uno a uno, sin miedo a ser consumido.
Juntamos los trozos que quedaron
y me enseñaron a ser
lo que yo quisiera en un verso,
aunque yo no supiera bien qué era eso,
pero con tantos verbos y adjetivos
latiendo a mi alrededor,
comencé a existir sobre mis propias palabras,
y devoré la noche con la boca de mi alma.
Ahora escribo,
no sé vivir sin ellas,
las palabras me apuntalan por dentro,
temo que si las abandono,
la soledad regrese y me extienda su brazo,
que el silencio se hospede y me apague los ojos.
 
Dentro de mí,
solo quedaba intemperie,
sin más morada que mis huesos,
y un corazón cuarteado de cartón
flaco y hambriento.
La soledad me miraba con piedad,
como a un perro en la puerta de un bar,
hurgaba con sus manos sobre mis bolsillos
y solo hallaba restos de viento.
Pero entonces, poco a poco,
las palabras fueron llegando,
me rodearon con sus brazos y me adoptaron.
Me ofrecieron un espacio
donde el Verbo fuera mío,
a darle nombre al dolor.
Juntos abrimos todos esos vacíos de mi interior,
y me enseñaron a alimentarlos,
uno a uno, sin miedo a ser consumido.
Juntamos los trozos que quedaron
y me enseñaron a ser
lo que yo quisiera en un verso,
aunque yo no supiera bien qué era eso,
pero con tantos verbos y adjetivos
latiendo a mi alrededor,
comencé a existir sobre mis propias palabras,
y devoré la noche con la boca de mi alma.
Ahora escribo,
no sé vivir sin ellas,
las palabras me apuntalan por dentro,
temo que si las abandono,
la soledad regrese y me extienda su brazo,
que el silencio se hospede y me apague los ojos.
A muchos nos pasa.
Suerte los que pueden desde su interior, erigir grandes pensamientos.

Saludos
 
Dentro de mí,
solo quedaba intemperie,
sin más morada que mis huesos,
y un corazón cuarteado de cartón
flaco y hambriento.
La soledad me miraba con piedad,
como a un perro en la puerta de un bar,
hurgaba con sus manos sobre mis bolsillos
y solo hallaba restos de viento.
Pero entonces, poco a poco,
las palabras fueron llegando,
me rodearon con sus brazos y me adoptaron.
Me ofrecieron un espacio
donde el Verbo fuera mío,
a darle nombre al dolor.
Juntos abrimos todos esos vacíos de mi interior,
y me enseñaron a alimentarlos,
uno a uno, sin miedo a ser consumido.
Juntamos los trozos que quedaron
y me enseñaron a ser
lo que yo quisiera en un verso,
aunque yo no supiera bien qué era eso,
pero con tantos verbos y adjetivos
latiendo a mi alrededor,
comencé a existir sobre mis propias palabras,
y devoré la noche con la boca de mi alma.
Ahora escribo,
no sé vivir sin ellas,
las palabras me apuntalan por dentro,
temo que si las abandono,
la soledad regrese y me extienda su brazo,
que el silencio se hospede y me apague los ojos.
Muchas veces las palabras transforman la soledad en refugio. Que nos lo pregunten a nosotros que utilizamos las palabras para intentar combatir el dolor y poder seguir viviendo a través de los versos.
Poder expresarse es vital para el ser humano.
Hermoso poema, AnonimamenteYo.
Un abrazo cordial.
 
Muchas veces las palabras transforman la soledad en refugio. Que nos lo pregunten a nosotros que utilizamos las palabras para intentar combatir el dolor y poder seguir viviendo a través de los versos.
Poder expresarse es vital para el ser humano.
Hermoso poema, AnonimamenteYo.
Un abrazo cordial.
Para mi son como mi terapia de grupo :)
Gracias por tus amables palabras
Mis mejores deseos
Un saludo
 
Dentro de mí,
solo quedaba intemperie,
sin más morada que mis huesos,
y un corazón cuarteado de cartón
flaco y hambriento.
La soledad me miraba con piedad,
como a un perro en la puerta de un bar,
hurgaba con sus manos sobre mis bolsillos
y solo hallaba restos de viento.
Pero entonces, poco a poco,
las palabras fueron llegando,
me rodearon con sus brazos y me adoptaron.
Me ofrecieron un espacio
donde el Verbo fuera mío,
a darle nombre al dolor.
Juntos abrimos todos esos vacíos de mi interior,
y me enseñaron a alimentarlos,
uno a uno, sin miedo a ser consumido.
Juntamos los trozos que quedaron
y me enseñaron a ser
lo que yo quisiera en un verso,
aunque yo no supiera bien qué era eso,
pero con tantos verbos y adjetivos
latiendo a mi alrededor,
comencé a existir sobre mis propias palabras,
y devoré la noche con la boca de mi alma.
Ahora escribo,
no sé vivir sin ellas,
las palabras me apuntalan por dentro,
temo que si las abandono,
la soledad regrese y me extienda su brazo,
que el silencio se hospede y me apague los ojos.
Cuando las palabras viven el autor es solo un instrumento.
Un saludo.
 
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