Amarillas llamas de lengua de fuego se posan sobre las cabezas de alcornoque. En aquel bosque embrujado. La faz obscura de la luna bulle presagios manifiestos de divina mortandad a una humanidad que se ha entregado al vicio más insondable. Y mientras, el sol duerme amodorrado bajo la espinosa sierra cubierta de zarzales. Entonces, en el pueblo, situado en la ladera del valle encantado, hombres sin ojos sueltan de sus bocas famélicas espuma gris que es óbice de pánico para los inocentes niños. Que se encomiendan amedrentados a los pechos fornidos de sus madres. Éstas les susurran que tales sujetos fueron objeto nefasto de una vil maldición que acabó por des tragar su petulante visión onírica. Los infantes, entonces, envalentonados, les arrojan piedras de jade mientras ríen. En una gélida noche dibujada de macabro invierno.